La Plaga, una película de pool-horror
Este fin de semana ha llegado por fin a nuestros cines La Plaga (The Plague), el primer largometraje del director Charlie Polinger: una película de terror psicológico, drama adolescente y un poquito de body-horror, que refleja los terrores propios del bullying adolescente. Es, además, una puesta en escena alrededor de uno de mis escenarios favoritos: una piscina. Porque las piscinas son uno de los elementos más carismáticos del fantástico, y más en concreto, del terror.
En La Plaga, un grupo de adolescentes de entre doce y trece años acuden a un campamento de verano de waterpolo. A pesar de los esfuerzos de su entrenador, un tipo mediocre pero con buenas intenciones, estos chavales desarrollan una serie de dinámicas de poder donde inventan una enfermedad llamada la plaga. Esta invención nace a raíz del propio bullying que recibe Eli (Kenny Rasmussen), un muchacho del equipo al que dejan de lado y del que se ríen constantemente.
Eli tiene que llevar manga larga porque su espalda, torso y brazos presentan una serie de eccemas y erupciones, de modo que los bullies se aprovechan de este problema cutáneo para crear la narrativa de que tiene una infección contagiosa a la que bautizan con el nombre que da título a la película. Pero esta plaga, se cuentan los unos a los otros, no afecta solo a tu piel: te vuelve torpe y hace que vayas perdiendo poco a poco la razón. Si un infectado te toca, tienes que ir a lavarte tan rápido como puedas, o también te infectarás y te pasará lo mismo.
El protagonista, Ben (Everett Blunck) se enfrenta a la dicotomía de querer pertenecer al grupo y pasarlo bien con sus amigos mientras observa la injusticia que cometen contra el pobre Eli, al que aislan deliberadamente y del que se mofan un día tras otro. Ben, durante la historia, afirma que "podría volver buenos a todos los Sith” e intenta ayudar a Eli, y aquí es donde empiezan sus problemas. Aunque la realidad es que el body-horror de La Plaga no comienza con el bullying hacia Eli, sino mucho antes.
Comienza, por supuesto, en la piscina.

Una piscina es un espacio limitado que construye un mundo autocontenido donde las características físicas cambian con respecto a lo que lo rodea: el cuerpo pesa menos, la temperatura es diferente, la refracción hace que los objetos y los cuerpos se vean deformes. La diferencias entre las dimensiones “dentro” y “fuera” del agua conviven en una lucha constante. No podemos respirar bajo el agua, pero sí podemos dejarnos caer en esta sin hacernos daño. Nos vemos obligados a patalear para mantenernos a flote, nuestro movimiento se vuelve errático y tomamos contacto con los cuerpos ajenos de una manera que jamás haríamos fuera del agua.
En un diálogo entre Jake (Kayo Martin) y Ben sobre qué es lo que marca la diferencia en un buen juego de waterpolo, Jake le dice que lo que importa es dominar el juego debajo del agua. Y no se trata de patalear más fuerte o de ser más atlético, sino de hacer uso de aquello que no está contemplado en el propio deporte. Como, por ejemplo, en llevar las uñas lo suficientemente largas para arañar a tu oponente, o en estirarle del vello para causarle dolor. The undergame. El juego que no se ve. Además, en este escenario, la piscina actúa como un salvoconducto ya que no puedes contagiarte de la plaga en el agua.
Esta película ofrece muchos planos de la piscina porque la piscina adquiere un papel fundamental más allá de ser un simple escenario. Si bien La Plaga habla del bullying en la adolescencia y hace homenaje a obras como el Señor de las Moscas (William Golding, 1954) o Carrie (Stephen King, 1974), también es una oda al pool-horror. Al terror de las piscinas. A las dinámicas que se dan lugar en un entorno tan fantástico y maravilloso, y al mismo tiempo tan hostil.
Con todo esto sobre la mesa, La Plaga es una película muy bien hecha que denuncia el bullying a través de una narrativa de body-horror en un escenario que no sería el mismo si le faltara la piscina.
Quizá hasta ahora no habías prestado demasiada atención a las piscinas, pero si haces memoria, verás cómo en It Follows, The Faculty, Stranger Things, La Llorona o Devuélvemela, aparece una piscina que, además, tiene un rol significativo.


Una de las películas que más honor hace al género de pool-horror es Night Swim (Bryce McGuire, 2024), donde desde el minuto cero sabes que la piscina es un personaje protagonista y que quizá no sea buena idea darse un baño, ni por la noche ni a cualquier otra hora del día.
Y sí, quizá una piscina se presta más al género de terror por lo que representa: un horror cósmico encapsulado en un microclima específico y a la vez canónico. Pero también tienen su papel en lo fantástico: La joven del agua, El protegido, La forma del agua o Zima Blue son ejemplos de narrativas fantásticas cuya historia sería impensable sin una piscina de por medio.



Si quieres ir un poquito más allá del sector audiovisual, también encontramos referencias directas y cercanas a las piscinas en la literatura fantástica:
En Cuatro dormitorios con piscina (Inés Galiano, 2025), lo más importante del verano (dicho textualmente por la protagonista) es bañarse en una piscina. «Hasta que no metí el pie en el agua de la piscina no me creí del todo que fuera por fin a suceder», y lo que sucede es que a una pobre muchacha le viene la regla en la propia piscina (más o menos), causando el pánico en los niños y ricos turistas que se estaban bañando en ese momento. Esta escena lo tiene todo: body-horror, pool horror y crítica a las urbanizaciones vacacionales de turismo estacional.
Del mismo modo, en El número 33 de la Calle Orquídea (Talita Isla, 2025), la protagonista intenta escabullirse de las clases de natación que tanto detesta y a las que, debido a la enfermedad que está deformando su cuerpo, debe acudir con un bañador que ha tenido que arreglar para que se ajuste a este nuevo cuerpo extraño y cambiante. Es el escenario que utiliza para la primera escena de su historia, otro escenario de puro pool-horror.
Por último, Mariana Enríquez, en su relato El Aljibe, ensalza como protagonista a este elemento, un aljibe, que es en esencia una piscina: «Si ella nunca había pensado en tirarse. Si nadie iba a empujarla. Si ella sólo quería ver si el agua reflejaba su cara, como siempre sucedía en los aljibes de los cuentos, su cara como una luna con cabello rubio en el agua negra». Este relato es, con diferencia, uno de los relatos de terror que más terror me han producido jamás.
Para acabar, si crees que estás empezando a desarrollar un interés hacia las piscinas a raíz de este artículo, te recomiendo el ensayo Piscinosofía (Anabel Vázquez, 2023), un refugio para los amantes de las piscinas: «Ya he llamado al agua líquido amniótico, pero lo voy a repetir. Flotar tiene una cara oscura: nos coloca cerca de la muerte, un lugar al que no queremos asomarnos».
Quizá, a partir de ahora, te pase como a mí, que no puedo dejar de ver piscinas por todas partes.