¿Es la 'magical girl' la heroína feminista definitiva?

¿Es la 'magical girl' la heroína feminista definitiva?
Ilustración de Kim Sanho de la cubierta de 'Esta magical girl se retira' (Duermevela).

En su primera acepción, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define al héroe como una persona que realiza una acción «muy abnegada» en beneficio de una causa noble. Lo que es noble y lo que es abnegado varía en función del tiempo y del lugar, lo que lleva a la incómoda conclusión de que quienes fueron retratados como héroes en épocas lejanas tal vez hoy serían considerados simple y llanamente criminales de guerra.

Hay también otra pregunta incómoda: ¿qué ocurre con las heroínas? ¿Debe la lucha feminista formar parte de la concepción del mundo de una protagonista femenina que batalla, en el sentido más amplio de la palabra, por un mundo más justo? ¿Es ecuánime, por el contrario, exigirle a ella que sea más buena, menos cruel y más piadosa que a su homólogo masculino?

Antes de zambullirnos en esos interrogantes conviene aclarar un par de cosas. Por supuesto que Juana de Arco existió antes de que las mujeres pudieran votar, y por supuesto que Atenea es el ejemplo favorito de quienes señalan que hubo figuras femeninas empoderadas antes de la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft. Pero a quienes esgrimen estos nombres hay que recordarles que Juana de Arco conquistó ese reconocimiento blandiendo una lanza en nombre de Dios, y que Atenea, la diosa virgen, era a su vez la diosa de la guerra. Ninguna lucha noble, según el canon que servía para ungir al héroe, podía librarse en un sitio distinto al campo de batalla (o su evolución contemporánea y civilizada: las instituciones políticas).

Recordemos, también, que no es lo mismo una protagonista femenina que una heroína. Es difícil considerar a Medea o Clitemnestra heroínas, si tomamos como definición de héroe la que encabeza este artículo. Sí lo es, en cambio, Antígona. Sin embargo, no hay que olvidar que Antígona empieza a jugar en la liga de las heroínas en el instante en el que sale de la oikos, la casa griega, y se posiciona en un terreno, el de las leyes, que la sociedad ateniense reservaba a los hombres. Por eso el feminismo no solo ha buscado conquistar para la mujer los mismos espacios que ya ocupaba el hombre, sino también alertar de que es un error excluir lo doméstico de lo universal considerándolo algo exclusivamente femenino.

De lo anterior no hay que deducir que la guerra sea una cosa de hombres (aunque, históricamente, lo haya sido), ni que aquello que ocurre en las sociedades cuando los soldados van al frente sea, en cambio, cosa de mujeres (como, por otra parte, sigue ocurriendo en tantos lugares del mundo). No obstante, existe una tensión innegable en el reto de construir personajes femeninos que batallan por causas nobles y hacerlo sorteando los esquemas patriarcales que han guiado esa lucha durante siglos.

El dilema se repite cuando un escritor o escritora toma un bolígrafo y piensa en la que va a ser su heroína: ¿debe ser de algún modo relevante su género en la construcción de aquello a lo que aspira o, más importante aún, en la definición de aquello que está dispuesta a hacer para conseguirlo?

«Yo no soy un hombre»

La literatura feminista es consciente de esos debates, para los que probablemente no existe una solución, o una única solución. Al escritor o escritora debe decírsele decirle siempre lo mismo: lo prioritario es que el personaje tenga matices, que no caiga en tópicos, y que posea cierta profundidad. Pero, sin quitarle ni una brizna de razón a ese argumento, hay que decir con claridad que todos los héroes informan una forma concreta de ver el mundo, y que de ahí es tan legítimo extraer conclusiones como lo es que su autor o autora se sustraiga de ellas. Eso es así incluso cuando se logra el memorable hito de crear un personaje inolvidable. Recuperemos el ejemplo de Antígona: en la sociedad ateniense, la hija de Edipo solo podía ser heroína en la misma medida en que, al hacerlo, se convertía en una víctima del sistema que quería combatir.

Por suerte, han transcurrido muchos siglos dese que Sófocles escribió Antígona. Puede discutirse si las protagonistas de la literatura victoriana, cuya lucha suele tener más con la libertad individual que con una vocación de cambio social, encajan o no dentro del concepto estricto de heroína. Pero, en cualquier caso, los siglos XX y XXI dieron paso a historias de mujeres que cuestionan el lugar que el sistema quiere que ocupen y salen victoriosas de esa batalla, aunque no indemnes. Es el caso de Eowyn (quien declara, orgullosa: «Yo no soy un hombre»), pero también de Tenar o Essun. Todas tienen un poder por el que en algún momento han tenido que pelear, al menos, para ejercerlo según sus deseos e ideales.

De Sailor Moon a Madoka

Sin embargo, y lejos de los entornos culturales donde tradicionalmente se han forjado los héroes, en las últimas décadas ha emergido una figura que ya se sitúa fuera del debate sobre el lugar que debe o no debe ocupar la mujer heroína, y sencillamente lo ocupa. Ellas son las magical girls y, probablemente, son el primer arquetipo de heroína feminista de la historia.

Las sailors de Sailor Moon S.

Según un artículo del portal Nippon.com, la decana de las magical girls es Sally de Mahōtsukai Sarī, que hizo su primera aparición en Japón en un anime de 1966. En los años 90, fue Sailor Moon la que popularizó el género y asentó sus características principales. Entre ellas, compaginar la difícil labor de salvar el mundo con la de aprobar los exámenes de la Secundaria o intentar no perder los papeles cuando tú y tu mascota mágica os cruzáis con el chico más guapo del barrio. Le siguieron títulos tan célebres como Sakura, cazadora de cartas, Pretty Cure o Mágica Doremi (y, en otro orden estético y geográfico, también las Witch).

La consagración absoluta del arquetipo de la magical girl se produce con el primer producto que, en un ejercicio de autoconsciencia, lo recoge para explorar qué puede haber más allá de la magia que se concede a las elegidas para salvar el mundo. Hablamos, por supuesto, de Puella Magi Madoka Magica. La mención de honor se la lleva Utena, la 'chica revolucionaria' que blandió una espada para desafiar al destino y la eternidad (y a quien es casi obligatorio reivindicar a fecha 26 de abril, Día de la Visibilidad Lésbica).

Utena, la chica revolucionaria (Be Papas)

Esas magical girls son las heroínas de infancia de los millennials, y eso es más importante de lo que pudiera parecer al contemplar este fenómeno solamente bajo el prisma de la nostalgia. Por primera vez, una generación de niñas fue testigo ( ¡y en capítulos diarios!) de que un grupo de chicas con buenas intenciones y grandes poderes podían salvar el mundo. Esas chicas crecieron viendo a mujeres que ejercían un poder en espacios eminentemente femeninos y que, en la mayoría de casos, no tenían que disputarle a ningún hombre. Un mensaje así tiene efectos extremadamente positivos en una sociedad en la que la promoción de la igualdad ya no es un desideratum, sino un consenso político transversal (al menos, lo era hasta hace no mucho). Creerte en tu derecho de conquistar algo sin necesidad de pedir perdón ni permiso es seguramente el primer paso para conquistarlo.

No todo el monte es orégano y por supuesto esa generación no tardó en ver que, en el mundo real, el monster of the week es tu jefe, el portal de Idealista o la factura de la electricidad en veranos que cada vez son más calurosos. Sin embargo, quizás no es aventurado pensar que la semilla está sembrada para una revolución en la que no solo importe aniquilar al malo, sino hacerlo sin sacrificar a ningún inocente. Cuando en el final de Sailor Moon S Bunny se niega a ejecutar a la bebé Hotaru Tomoe, destinada a convertirse en Sailor Saturno, lo hace a sabiendas de que su existencia condenará a la humanidad al apocalipsis. Es una vida contra la de los 8.300 millones de personas que habitan la Tierra. En contra del criterio de sus amigas, Bunny defiende que tiene que haber otra manera de salvarlos a todos. Tal vez no la hubiera hasta que ella decidió buscarla. Y eso también es una decisión política.

La lucidez de Park Seolyeon

Quien ha descrito mejor los elementos distintivos de las magical girls y su diálogo con la generación millennial es la coreana Park Seolyeon, autora de Esta magical girl se retira (Duermevela). «Las magical girls son aquellas que nunca dejan de pensar en su relación con el mundo», escribe en el epílogo de su novela. «Deciden usar el asombroso poder que se les ha concedido no solo para su propia comodidad, sino para el bien común. Me gustaría que esta propuesta sea recibida como una ilusión comunitaria», concluye. Las resonancias con el feminismo son indiscutibles, porque ninguna mujer hizo la revolución sola, y ni siquiera solo con otras mujeres. Un dato: los otros colectivos a los que la polis griega excluía de la política eran los extranjeros, los esclavos y los jóvenes.

Seolyeon da en el clavo de algo que probablemente explica por qué esta figura es infravalorada por muchas personas que, pese a considerarla un referente en su infancia, hoy piensan en ella como algo «para niños». O más bien, «para niñas», y ahí, reflexiona la autora, está el quid del asunto: «Que en el género de las magical girls apenas se muestre destrucción no habla de su debilidad ni de su condición femenina, sino que debe entenderse como señal de su capacidad, de su infancia».

La edición de Duermevela, con ilustraciones en el interior.

Y añade Seolyeon, con grandísima lucidez: «Si cada vez que se libra una batalla se derrumban los rascacielos, las vías del tren se rompen y las explosiones se suceden en cadena, ¿cómo puede llamarse a eso proteger la Tierra?». Esa reflexión ilustra como ninguna que la cultura pop ha logrado producir con ellas un auténtico icono feminista, una encarnación auténtica y genuina del girl power.

La magical girl no debe su poder a la fuerza física, pero tampoco a la promesa de que luchará por una causa con estricta obediencia a quien le concede ciertas facultades, a la usanza de los paladines. La magical girl tiene poder: es la premisa de su existencia como heroína. Lo importante no es cómo viste o qué armas tiene, cómo se transforma o cuánto llora cuando las cosas no salen como espera, sino que, siempre y en todo caso, usará esa fuerza para cambiar el mundo. Para que sea un lugar más habitable y mejor. ¿Y acaso no es ese también el objetivo último del feminismo?