Casas malditas y malditas casas
(Este artículo se publicó en febrero de 2025 dentro del volumen La maldita casa de los Ulloa y es nominable a los Premios Ignotus de 2026)
Cierra los ojos. Bueno, no, no los cierres porque entonces no puedes leer este artículo. Sigue leyendo, sí, e imagina una casa encantada. Te dejo unos segundos para imaginarla en tu cabeza. ¿Ya? ¿Has creado ya esa imagen? Posiblemente si acabas de terminar de leer La maldita casa de los Ulloa, te permitas la originalidad de imaginar un piso gallego en un edificio de dos plantas, ordinario, casi predeterminado. Incluso quizá imagines el gotelé. Sin embargo, la otra opción más común sería una casa de madera oscura o ladrillo negro, señorial, de dos pisos, tintes victorianos o ingleses, con tejas lúgubres y verjas de hierro forjado y puntas en lo más alto. Puede que hasta un cielo nublado de fondo o lluvia con rayos. Esto sería lo común, lo casi predeterminado que tenemos cuando hablamos de «casas encantadas». Y es extraño, porque personalmente conozco pocas casas o pequeñas mansiones parecidas a esto, aunque también es cierto que conozco pocos casos paranormales o sobrenaturales en mi zona.
En cualquier caso, ahora que tenemos nuestra casa encantada en mente, indaguemos un poco en la definición de estas. A grandes rasgos y sin una definición común y canónica, podríamos definir la casa encantada como «una casa donde ocurren supuestos fenómenos paranormales». Digo «supuestos» porque la superstición infundada y rumoreada también puede convertir una casa algo ruinosa en un lugar al que preferiblemente no acudir.
En literatura, centrándonos un poco en el ámbito que nos concierne, la casa encantada llegó de la mano de El castillo de Otranto, de Horace Walpole, de 1764. Se la considera la precursora de la novela gótica y, con ella, toda una tradición literaria en torno a las casas encantadas. En este caso, castillos, claro, porque el príncipe de Otranto no iba a vivir en un piso de 90 m2. Del mismo modo, tampoco el fantasma de Canterville sería tan fantasma sin un buen castillo a sus espaldas, ni Drácula (aunque no responda al género de las casas encantadas) daría tanto miedo si viviera en una pequeña casa acogedora en mitad del prado. No, nuestro conde vampírico necesita un castillo oscuro, sórdido y opresor, claro.
Con el paso del tiempo, los castillos dieron paso a las casas señoriales y las mansiones. El castillo se alejaba poco a poco del imaginario popular y, por supuesto, de su cercanía cotidiana. Así, llegó la casa de campo en Bly, Essex, donde la institutriz «vio» fantasmas que buscaban corromper a Miles y Flora en Otra vuelta de tuerca, de Henry James, en 1898; y también la mansión Hill House, construida por el difunto Hugh Crain, donde Eleanor Vance se enfrentó a sus propios fantasmas en la novela de Shirley Jackson La maldición de Hill House, en 1959.

No obstante, nuestro análisis no puede quedarse en este tipo de casas encantadas (aunque haya hecho un poco de trampa y jugado haciéndoos imaginar exactamente este tipo de casa). No puede porque no podemos anclarnos a arquitecturas desfasadas y que ni conocemos. Por ello, las casas señoriales y mansiones dieron paso a… bueno, a las casas. Casas más normales y ordinarias, no necesariamente esa vieja mansión de varios pisos y escaleras aristócratas en lo alto de la colina. Por ejemplo, encontramos el cuento de Casa tomada, de Julio Cortázar, en 1946, donde los protagonistas, dos hermanos, poco a poco van siendo empujados, presionados, expulsados de su hogar por fuerzas ambiguas que nunca llegamos a terminar de comprender. También la casa de barrio en el cuento La casa de Adela, de Mariana Enríquez, en 2012, en la que desaparece la niña Adela. Esta misma historia, esta misma casa (con algunos cambios), aparece como parte de una pequeña trama en Nuestra parte de noche, también de Mariana Enríquez, en 2019. La casa ya no es lejana, sino una vivienda de barrio, con un peligro cotidiano y real, crudo, sin artificios románticos, porque Mariana Enríquez suele situar sus terrores en un marco crítico alusivo a realidades sociales e históricas de Argentina (Díez, 2019). Y esto da miedo, mucho, porque nos toca algo que conocemos. Como veremos más adelante, el terror se acerca cada vez más a nosotros a través de la cotidianeidad. Del mismo modo, el hotel Overlook, de la famosa novela de El resplandor, de Stephen King, en 1977, nos resulta en parte familiar y terrorífico porque quién no ha estado nunca en un hotel. La casa encantada no necesariamente debe ser una casa, sino un lugar que habitar.

Así, el género de casas encantadas o malditas ha evolucionado a lo largo del tiempo, desde castillos hasta hoteles, pasando por casas y cabañas en mitad del bosque, desde el más absoluto terror hasta la inocencia, como en la mansión encantada donde habitaban Casper y sus malvados pero cómicos tíos. Incluso ha llegado hasta los pisos, como en las películas Malasaña 32, de 2020, o echando un vistazo a la saga Evil Dead: de la cabaña en el bosque donde moraba el Necronomicón en Posesión infernal (1981) y Terroríficamente muertos (1987) hasta el piso absolutamente cotidiano en Evil Dead Rise (2023).
Eso sí. El castillo encantado, la casa encantada, la cabaña en el bosque encantada, el hotel encantado y el piso encantado siempre tienen algo en común: ahí ha sucedido algo malo. Porque nada se embruja por gusto. El género surge de crímenes, asesinatos, entidades malvadas o demoníacas, energías negativas que corrompen y convierten un hogar en una absoluta pesadilla. Y es que la casa encantada se presenta como un contra-espacio. En la Poética del espacio, Gaston Bachelard nos dice: «Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia— nuestro primer universo. Es realmente un cosmos» (1965). Si la casa es universo y refugio, la casa maldita es aquello que debería ser refugio pero no es, por lo que el miedo es doble. Primero por peligro y segundo porque no debería ser peligro. Díez Cobo indica que:
Si convenimos en que hay algo de sacro en el concepto de hogar, la potencial ruptura de este espacio sagrado, su violación, su profanación, puede desembocar en la peor de las perversiones imaginables, en la alteración más dolorosa y horrífica del orden de cosas que estimamos como recto y deseable (2019).
Aquí es donde entra La maldita casa de los Ulloa, porque, vaya, aquí no ha habido crímenes ni asesinatos, pero sí ha habido algo peor, que nos afecta y nos carga de negatividad: la turistificación, el impacto que tiene sobre una comunidad local la llegada masiva del turismo y, por ende, el enfoque en cubrir las necesidades turistas en lugar de las locales. Andrea Valeiras, así, da una vuelta de tuerca e inserta los fantasmas no como consecuencia de un acto malvado, sino como ataque y venganza por el acto malvado. El fantasma no aparece para maldecir la casa Ulloa, sino que nuestra protagonista llama a «los fantasmas» (no más que sucesos extraños y estéticamente muy fantasmagóricos y demoníacos) para que su tío, arrendador, vuelva al cauce de la vivienda justa. La maldad de la maldita casa Ulloa es la codicia humana.

¿Recuerdas la casa encantada que te he hecho imaginar en un principio? Señorial, lúgubre, con rayos y hasta murciélagos, ¡qué miedo! Pues no es nada en comparación con el terror del cierre de tiendas pequeñas de toda la vida en tu barrio, del desahucio de familias alquiladas porque los beneficios son mayores para turistas, del miedo infundado y casi grotesco que las cadenas de televisión quieren que tengamos a los okupas, de la subida de precios, de la expulsión (una Casa tomada en toda regla) de familias natales en ciudades turísticas como Ibiza o Marbella por no poder permitirse vivir allí ahora. Eso sí da miedo, porque es real, diario y silencioso. Y es que: «el riesgo que suponía la turistificación […] ha devenido en amenaza directa, que afecta piso a piso, bloque a bloque, barrio a barrio» (Calle Vaquero, 2019). A todos nos gusta una buena historia de terror ambientada en un castillo o una casa perdida en mitad del monte, donde ocurrieron asesinatos que asustarían a cualquiera, pero lo que de verdad da miedo es mirar por la ventana y que la panadería de siempre esté cerrada, con un cartel de «se vende local».
El miedo no es la casa maldita, sino que te echen de tu maldita casa.
Bibliografía
- Bachelard, G. (1965) La poética del espacio.
- Calle Vaquero, M. D. L. (2019) «Turistificación de centros urbanos: clarificando el debate».
- Díez Cobo, R. M. (2019) «Arquitecturas del hogar invertido: reescribiendo la casa encantada».