Comerse el mundo (narrativo)

Comerse el mundo (narrativo)
Imagen de Calcifer, el fuego animado de El Castillo Ambulante, sobre el que se está cocinando una sartenada de huevos y bacon.

¿Quién no ha querido traspasar la pantalla y probar la comida de las películas de Ghibli? ¿Alguien no se ha preguntado qué era la “cosa gris” de La Bella y la Bestia?

Lumière de La Bella y la Bestia ofreciendo a la protagonista una bandeja de pequeños aperitivos.

Por cierto, la respuesta oficial a eso es: galletas Oreo con pudding de vainilla. Suena bastante anacrónico, pero las Oreo se inventaron en 1912 y, aunque el cuento original, de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve se publicó en 1740, en la película podemos ver una imagen de la Torre Eiffel, terminada en 1889. Por tanto, no es descabellado que la adaptación tenga lugar en una época en la que existían las Oreo y, por lo que sea, la realeza las compraba para ofrecer a sus invitados en los banquetes improvisados de madrugada (ahora estoy pensando en cómo funcionaba el tema del abastecimiento en un castillo con una bestia y un plantel de empleados convertidos en muebles y objetos decorativos, tendré que investigarlo). Ya, no había reyes en Francia desde la Revolución, pero estamos hablando de un mundo en el que el un candelabro te ofrece la cena, suspensión de incredulidad, gente. Además, el siglo XX es la era dorada de la romantización de las monarquías europeas por parte de Disney. Pero eso es un tema para otro día.

La comida tiene una gran importancia en las historias de ficción, por motivos muy diversos. Por ejemplo, las galletas y las bebidas misteriosas que provocan los cambios de tamaño de Alicia en su viaje por el País de las Maravillas, los banquetes que reúnen a una comunidad (no necesariamente LA Comunidad) en El Señor de los Anillos o el importantísimo mensaje que envía en El Menú, película que no voy a spoilear ahora porque es necesario que la veáis si no lo habéis hecho ya. Y no hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos en los que un alimento puede ser el principal disparador de la trama: la manzana que hace que Blancanieves se eche una siesta muy, muy larga.

Pero este no es un artículo analizando el tema de la gastronomía fantástica en general (porque no acabaría nunca), sino que voy a hablar de algo más concreto: las recetas. Más específicamente, cómo las recetas nos cuentan cosas del mundo narrativo en que nos encontramos. Y voy a empezar por un ejemplo personal: mi primer contacto con Astérix fue este libro, que me llamó la atención (sí, me gusta la cocina desde que tengo memoria) y que pedí a mis padres que me compraran. Gracias papis, sigo usándolo.

La Cocina con Astérix, de Círculo de Lectores.

Yo no sabía nada de los irreductibles galos y, a través de las páginas del recetario, aprendí que a Obélix le gustan mucho los jabalíes, que el pescadero vende ejemplares de dudosa calidad, el gag recurrente con los piratas, que el bardo es un pesado, que al dúo protagonista es muy dado a viajar, las movidas con el César y Cleopatra… Todo gracias a un compendio de recetas ilustradas por Albert Uderzo de las cuales he probado muchas. Porque la comida de este libro es realista y las preparaciones se pueden llevar a cabo sin ingredientes raros ni procedimientos imposibles. Bien por los irreductibles galos.

Hay muchos libros de recetas inspiradas en obras fantásticas, pero se trata de compendios extraoficiales o merchandising. Que sí, que se venden, pero hay maneras más creativas de hacer esto (¡teniendo los derechos!) y todas ellas nos llevan a lo que yo llamo el “narrador social”. ¿Qué es esto? Pues una manera de salir del narrador-personaje durante distintos pasajes de la historia (aunque también se puede escribir un relato entero con este método), incluyendo textos como noticias, entrevistas, reseñas, artículos académicos, memes y, sí, recetas. Gracias a esto podemos ofrecer al lector perspectivas externas a la acción central y más datos sobre el mundo narrativo sin caer en el temido info-dumping ni forzando conversaciones entre personajes que comentan las reglas de su mundo. ¿Tú dirías “voy a encender la luz dándole al interruptor, que activará la corriente eléctrica a través de los cables que conducen la energía?”? No, ¿verdad? Pues los personajes tampoco deberían explicar así las normas de su magia o de su tecnología ni remarcar detalles que, en el universo en el que se mueven, son obviedades. En el caso de las recetas, pueden aportar mucha información adicional de una manera muy sutil: los ingredientes nos hablan de qué materias primas son accesibles económica y logísticamente, si algo está extinto o existen especies que no conocemos y también nos da pistas acerca de las costumbres de los personajes: ¿Hacen varias comidas al día? ¿Son vegetarianos o veganos? ¿Tienen alguna alergia, intolerancia o restricción alimentaria? (muy útil para los “envenenamientos” que recurren a vulnerabilidades de la víctima). Las técnicas de preparación nos indican cómo funcionan la magia y la tecnología del mundo y qué recursos energéticos están disponibles, tanto por entorno como por situación (durante una historia post-apocalíptica por ejemplo, las posibilidades se reducen). Incluso se puede utilizar la comida para hablar de festividades y tradiciones: ¿hay cumpleaños? ¿Se juntan las familias (elegidas o no) para celebrar el Solsticio? Una vez que le pillas el truco al formato “receta narrativa” encuentras nuevas posibilidades.

He hablado de libros de cocina relacionados con obras fantásticas y también del narrador social, así que ahora vamos con un ejemplo que combina ambas cosas. Aunque no es estrictamente único en su especie, escasea bastante y creo que podría ser más aprovechado, porque es un recurso muy interesante. Estoy hablando de los libros de recetas integrados en el mundo narrativo e incluso en la trama. Y el ejemplo que traigo es este recetario firmado ni más ni menos que por Tata Ogg (o Nanny Ogg en inglés):

Nanny Ogg's Cookbook

 Este libro forma parte del Mundodisco, el universo narrativo creado por Terry Pratchett. Y digo que forma parte de él porque es canon que Tata Ogg escribió un libro de recetas, y que lo hizo tal y como llega a nuestras manos… O no: además del contenido que (en ficción) redactó nuestra querida bruja, se incluyen comentarios, correspondencia anotaciones e incluso censura por parte de los editores, lo cual lo hace aún más real. Porque, seamos realistas: Tata Ogg es poco políticamente correcta y muy dada a los dobles sentidos nada sutiles, incluyendo un capítulo sobre protocolo en el dormitorio, el cual aparece censuradísimo por parte de los horrorizados editores. Como si no supiesen cómo se las gasta la buena señora. Y no es el único capítulo dedicado al protocolo: hay diferentes secciones acerca de cómo relacionarse con enanos, trolls, seres feéricos y otras criaturas del mundo creado por Pratchett, así como normas de etiqueta en bodas, bailes y otras festividades. Así descubrimos costumbres como que el padrino de una boda debe casarse con la novia si el novio no aparece, que está permitido secar ropa encima de un espantapájaros porque les gusta sentirse útiles o que todo banquete de enanos debe terminar con una buena pelea. Como he mencionado antes, este tipo de cosas enriquece el universo narrativo en el que se ambientan las novelas sin sobrecargar, porque el modo de presentación (en forma de guía y consejos para visitantes) es natural y, gracias a la voz de un personaje como Tata Ogg, extremadamente ameno y divertido.

¿Y las recetas? Muchas y variadas. Hay para todos los gustos, algunas obra de la propia autora ficticia y otras “prestadas” por algunos de los principales personajes de la serie (cincuenta novelas dan para mucho). Algunas de las preparaciones son sencillísimas, como la “receta” de bananas del Bibliotecario o el pan y agua de Lord Vetinari, Patricio de Ankh-Morpork. Otras resultan, digamos, inquietantes, como los ojos de oveja (paradójicamente, es un plato vegetariano o incluso vegano si se sustituye la crema de queso), las píldoras de rana o las “gachas perfectamente inocentes con una mezcla de mieles que  no deberían hacer reír a la mujer de nadie”. Y como, entre broma y broma, la verdad asoma, hay recetas que pueden tener mucho potencial y no hace falta ir al mercado de Ankh-Morpork a comprar los ingredientes ni pedirle a los magos de la Universidad Invisible que le echen un conjuro de cocción, como la sopa primigenia (con mucho marisco), el gumbo clarividente o distintos tipos de curry.

Como veis, el narrador social puede aportar tanto a nivel narrativo como gastronómico, así que lo de “devorar un libro” puede hacerse un poco menos metafórico. No del todo, claro, a no ser que se imprima en papel de arroz y con tinta comestible, lo cual sería una alternativa interesante a los cantos pintados. Yo ahí lo dejo.

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