Fortalecer el acervo
Relato de Vania T. Curtidor.
—¡Ya voy! —Silvia grita desde el baño.
Aunque sabe que el teléfono no dejará de sonar solo porque lo diga, repite su respuesta mientras camina por el pasillo. Como cansado de oír lo mismo, el aparato deja de sonar. Qué maravilloso sería que obedeciera sus órdenes, pero esos tiempos ya han pasado.
Coge el móvil y escucha el mensaje de voz:
—Señora Domingo, soy la directora Parker. —La voz suena alterada, nada propio de ella—. Disculpe que la moleste, pero ha pasado algo grave. Nos hemos enterado de que el gobierno ha detectado anomalías, datos de GPS que aparecen de repente en la zona. Nos ha dicho una fuente fiable que mañana vendrán un par de detectives a investigar. Las guardas de protección no funcionan y nos estamos quedando sin tiempo. Lamentamos pedirle esto, pero, ¿podría venir? Sabemos que tardará unas horas, no se lo pediría si no estuviéramos desesperados. Espero verla luego. Muchas gracias y disculpe una vez más.
Sin perder tiempo, Silvia se dirige a la habitación. Abre el ropero y escoge un par de mudas cómodas. En el maletín también mete el libro electrónico, el neceser y los cargadores. No sabe cuánto tiempo se tendrá que quedar en la escuela, pero espera que no sean más de dos días. Le gustaría estar de vuelta en Glasgow el jueves para la reunión de su club de lectura. Pasa por la cocina y llena una bolsa con galletas, fruta y chocolatinas para el viaje. Por último, toma el jersey más abrigado que tiene y se dirige hacia el garaje.
No deja tiempo para que las dudas puedan cambiar su determinación. Lleva casi diez años retirada, tanto de su papel en la escuela como del trabajo de detective, pero eso no cambia sus habilidades de investigación.
«Puedo hacerlo», se dice a sí misma. «Vamos a evitar que la policía escocesa descubra la escuela de magia Overscaig». Pone el coche en marcha, agarra el volante con fuerza y respira hondo.
***
Ni siquiera tras casi treinta años ahí se ha acostumbrado al verano escoceś. Cuanto más al norte se dirige, más nota el aire húmedo y fresco que nunca abandona la región. El navegador marca unas cuatro horas para llegar al lago Shin. Después tendrá que conducir por caminos no asfaltados hasta llegar a la escuela. Una zona en la que no funcionan los GPS. O eso es lo que habían creído.
De todos modos, Silvia ha visitado el lugar lo suficiente como para encontrar el camino hasta la escuela sin necesidad de ningún hechizo localizador ni un anclaje mágico. Haber llevado a sus dos hijas cada año durante tanto tiempo también ayuda. Sin embargo, eso no le quita la sorpresa al encontrarse de frente con los portones de Overscaig.
—¡Mierda! —El exabrupto sale de su boca sin que pueda contenerlo.
No imaginó que sin guardas que lo escondan el edificio fuera tan fácil de encontrar. En medio de la noche, los faros del coche iluminan el escudo que estaba forjado en la reja de entrada al terreno de la escuela. Pese a la presbicia, puede leer sin ninguna dificultad el lema de la institución: «Fortaleciendo el acervo de la comunidad mágica desde 1432».
Antes de poder reaccionar, una figura se materializa junto al coche. Una mujer joven de piel morena y cabello rizado, tan alta que tiene que arrodillarse para quedar a la altura de la cara de Silvia.
—¡No sabemos qué ha pasado con las guardas! —la directora Parker habla en cuanto cristal de la ventanilla empieza a bajar. Su susurro suena a grito—. Nada de lo que hemos probado ha funcionado. ¡Gracias por venir!
***
De camino al despacho de la directora, Silvia intenta no mirar hacia la vitrina de personas notables. No quiere ver su versión joven y sonriente mientras su espalda se queja por haber conducido cuatro horas seguidas y la artritis le va dejando los dedos igual de curvados que las garras del demonio que había vencido en batalla. Volver a ese edificio siempre le trae sentimientos agridulces para los que en esta ocasión no tiene tiempo.
—Desde el escándalo en el que sorprendieron al grupo de nigromantes in fraganti hemos aumentado las guardas. Y ahora pasa esto. —La directora no ha parado de hablar y dar explicaciones—. No podemos permitir que cierren la escuela o que nos lleven a centros de investigación. Todavía no se sabe lo que ha pasado con más de la mitad de los que pillaron en el cementerio esa noche.
El miedo es palpable en el ambiente. En muchas de las aulas hay grupos de personas, tanto profesores como alumnos, ocupados con pruebas y planes. Desde encantamientos y hechizos a la vieja usanza hasta aparatos retocados mágicamente.
—Tenemos esta noche. Seguro que encontramos una solución —asegura Silvia cuando la directora abre la puerta de su despacho.
No dice más porque la escena que encuentra hace que quiera volver a su coche y conducir otras cuatro horas. En las pomposas sillas de cuero le sonríen cuatro caras que toda la comunidad mágica conoce a la perfección: los otros héroes de la zona que, por supuesto, han llegado antes porque se han teletransportado.
Así que, después de saludos afectuosos y de recibir una taza de té de alguno de ellos, Silvia se sienta junto a un grupo de personas que discuten cientos de ideas mágicas para solucionar el problema. Perdida entre esas voces, con los ojos clavados en la tabla llena de pistas y conexiones que se materializan y desaparecen a la vez que discuten, se pregunta para qué ha ido hasta allí.
La seguridad que la invadió por la tarde se ha desvanecido y, sobre todo, se pregunta una y otra vez cómo va a poder siquiera empezar a ayudar ahora que solo es una vieja que ha perdido sus poderes mágicos.
***
—Perdón, tengo que ir al baño. —Las primeras palabras que Silvia pronuncia en casi media hora son una mezcla de excusa y hecho vergonzoso. Había hecho esa parada antes de entrar en esa habitación.
A nadie parece importarle. Siguen enfrascados en la tabla que reconstruye diferentes teorías de qué es lo que ha provocado esta situación.
Una vez fuera de la habitación, Silvia decide que no quiere volver, aunque tampoco puede marcharse. Recorre el pasillo con lentitud y, de nuevo, evita mirar dentro de la vitrina. Todos los retratados están dentro del despacho aportando ideas a las que ella no podría contribuir.
Aunque está cansada, decide recorrer el pasillo. No quiere volver al despacho, donde los que no la ignoran tanto como permiten los buenos modales la miran de tanto en tanto con cara de preocupación.
Desde la pérdida de sus poderes sabe que, aunque lo intenten, nadie se comporta con normalidad cerca de ella. Diez años no son tanto tiempo para asumir que una interacción con el tipo equivocado de magia puede tener consecuencias terribles para una hechicera humana. Entonces ella todavía tenía energía, a menudo se pregunta si la magia la había ayudado a sentirse así con casi sesenta años, y nunca imaginó que unos duendecillos pudieran cambiar su vida de esa manera. Quizás a causa de no haber crecido con conocimiento de su naturaleza ni con advertencias constantes de los mayores. Hasta los treinta y pico, cuando se había cambiado de país, todo lo que asociaba a un brownie había sido un postre de chocolate, no una especie de goblin.
Enfrascada en esos recuerdos pasea por las aulas, ya vacías. Pasea la mirada por todas ellas, sin saber bien lo que busca. Si algo le queda de su juventud es el instinto de investigadora y ese le dice que hay algo importante que no ha visto en las tablas del despacho de la directora.
—¿Se encuentra bien? —Una voz joven le hace dar un respingo.
Un chico de no más de quince años la mira algo preocupado desde el interior de un aula poco iluminada. Sin ningún espejo cerca sabe la pinta que debe de tener: el dolor del recuerdo reflejado en la cara, el cuello tenso, el jersey de colores desabotonado y torcido sobre la espalda encogida y el cabello cano lleno de estática, como siempre que está preocupada. Se yergue todo lo que puede y se aclara la garganta antes de contestar:
—Sí, solo ha sido un día largo. Como para vosotros también, supongo.
Silvia está tentada de seguir con su paseo en silencio. Sin embargo, una mirada a la cara del chico le revela una verdad obvia. Está asustado. Como seguramente lo estén todos los alumnos.
—¿Cómo está yendo el día? —Se acerca y se sienta en una silla frente a él.
—Largo —suspira—. Los del club de informática llevamos horas intentando entender qué pasa. Pensábamos que quizás habíamos configurado mal el equipo nuevo, pero nada. Nadie sabe a qué se debe el fallo. Si es que es un fallo.
—¿Los ordenadores internos también muestran la ubicación?
—No exactamente, pero sí que a veces mandan señales que no deberían. Además, parte de las guardas está automatizada.
—¿Y no podéis usar el equipo viejo?
—No, ese lo donaron. Lo que quedaba, al menos. —La cara pálida del muchacho se pone un poco más blanca—. Bueno, debería volver con mis compañeros —añade mientras se levanta.
—Claro. Y yo a la reunión —contesta Silvia con el pensamiento ya en otro lado.
¿Es posible que el fallo de las guardas tenga que ver con los robos que han tenido lugar los meses anteriores? Las desapariciones habían sido lo suficientemente grandes como para que la información circulara en la comunidad, pero la escuela había acallado los rumores con rapidez y había achacado los incidentes a un grupo de alumnos rebeldes. ¿Podría haber algo más detrás?
Con energía, Silvia entra de nuevo en el despacho, fija la vista en la tabla que reúne las conjeturas y las posibles soluciones. No hay ni una mención a los objetos desaparecidos. Alza la voz para hacerse oír en medio de la discusión:
—Disculpad que interrumpa. Pero, ¿no podría tener algo que ver con los recientes robos?
—Para nada —contesta la directora de inmediato—. Eso fue vandalismo y los culpables ya fueron disciplinados.
—Aparte de ordenadores y libros, ¿qué se sustrajo? —insiste Silvia—. ¿Algo de ropa?
—No entiendo qué tiene que ver con el fallo de las guardas —interrumpe la directora. Su reticencia a hablar confirma que ahí hay más de lo que podría parecer.
—Sé que parecerá que estoy obsesionada. —Siente cómo le tiemblan las manos, pero su corazonada es más grande que su miedo—. Y admito que desde lo que me pasó pienso en ellos más de lo que debería. —Las caras de los presentes le indican que saben lo que va a decir, así que no lo alarga más—. Creo que los brownies pueden estar relacionados con todo esto.
La sala se llena de comentarios y quejas. Nadie quiere contemplar la posibilidad de que los duendes sean los responsables. Hasta donde Silvia sabe, la estrategia de los hechiceros escoceses siempre ha sido fingir que las criaturas no existen. «Hay poderes que no deben juntarse», repetían a menudo.
Y ahora Silvia los enfrenta con una posibilidad real: los brownies son conocidos por su naturaleza traviesa. Aunque en general no se acercan a sitios habitados por humanos, pues se niegan a que se los siga considerando duendes del hogar de forma errónea, hay casos bien documentados en los que roban objetos como represalia por alguna afrenta.
—Voy a ir a buscarlos —grita Silvia. Antes de que alguien se recupere de la sorpresa y vuelva a hablar, aclara—: Soy la única de aquí que conoce la zona donde habitan. Además, ya no tengo nada que perder.
***
Con una linterna mágica, el camino por el bosque se hace más fácil. Al menos la parte física, porque con cada paso Silvia siente el miedo en los huesos. Aunque no recordara la ruta que tiene que seguir, no le cabe duda de que es la correcta por los calcetines, bolígrafos, bufandas y hasta medicamentos que encuentra esparcidos de tanto en tanto.
Volver al lugar en el que perdió la magia no estaba en sus actividades previstas para esta vida, pero sabe que es la única que puede hacerlo.
Después de sus palabras, la directora Parker no había tenido más remedio que admitir que las desapariciones habían sido más seguidas y más grandes de lo que habían dejado saber. Aunque insistía en que no veía cómo podían estar relacionadas con el problema que tenían entre manos, también les contó que un grupo de alumnos rebeldes había planeado una escapada para ir a buscar a los brownies y demostrar que no les temían. Esos estudiantes habían sido expulsados y acusados de los robos. En palabras de la mujer, con eso se habían solucionado dos inconvenientes.
El resplandor en un claro le indica a Silvia que ha llegado al sitio que busca. Incluso con botas encantadas, le duelen los pies y las rodillas.
—No tengo nada que perder —susurra para sí misma mientras toma fuerza para acercarse.
Lo primero que ve son las ramas de un sauce que se curvan hacia el suelo y se separan en la parte delantera, como la puerta de una especie de tienda de campaña. El olor del claro es fresco y tiene leves notas florales. El rocío de la madrugada moja la hierba y refleja la luz azulada que sale de dentro del árbol. Si no tuviera tanto miedo, la escena le parecería preciosa.
Dentro del árbol le parece distinguir una figura junto a algo parecido a una pizarra y otras más sentadas frente a él. El resplandor azul sale de la izquierda y, aunque no ve qué lo provoca, las sombras alargadas que proyecta le dan una buena idea.
En cuanto se adentra en el claro, un brownie salta desde alguna rama y se interpone entre ella y su refugio. La criatura, del tamaño de un niño, lleva una especie de mono hecho de hojas y, como en la mayoría de ilustraciones, un gorro de un tono rojizo parecido a la arcilla.
Silvia lo observa y sabe, por cómo brillan sus ojos de color tierra, que él la ha reconocido. De algún lugar que la mujer no distingue, materializa una lanza y carga contra ella.
—¡No! Necesito ayuda —grita ella con la manos derecha delante de la cara, los ojos cerrados y el cuerpo encogido. Estira la mano izquierda para mostrar la botella de nata que lleva como ofrenda.
Como no siente la punta de piedra que la atraviesa, asume que el brownie está dispuesto a escucharla, aunque mantiene la punta del arma a escasos centímetros de la tráquea. Con un hilo de voz vocaliza las palabras que llevan años atascadas en su garganta:
—Sé que lo que pasó con mi magia fue un accidente. —Él ladea la cabeza y aleja un poco la lanza—. No quiero venganza.
El duende no dice nada, aunque tampoco se mueve.
—Creo que habéis provocado un problema con las protecciones de la escuela de hechiceros. Si los agentes del gobierno los encuentran, se los llevarán para hacerles pruebas y quién sabe qué harán con el terreno. —Traga saliva—. Si dejas que vea los ordenadores que tenéis ahí dentro estaremos en paz. —Pese a las lágrimas que se acumulan en sus ojos, no aparta la mirada.
Después de un momento de vacilación, el brownie baja la lanza, lanza un gruñido hacia sus compañeros y la guía hacia ellos.
Dentro del árbol se encuentra lo que solo puede describir como un aula. Una fila de tres ordenadores iluminan la cara de unos cuantos brownies. Silvia no entiende lo que muestran las pantallas y mucho menos cómo han conseguido encenderlas sin electricidad, pero no es el momento de hacer esas preguntas.
El grupo la mira expectante y ella les explica lo poco que sabe lo mejor que puede: los ordenadores están alterados con magia y sospecha que tienen algo que ver con el problema de las guardas. Al final, acceden a apagar los ordenadores e, incluso, tras mucha insistencia por parte de Silvia, a meter los CPUs en una bolsa que aísla su magia.
La mujer saca del bolsillo de su jersey un cuarzo rosa y lo aprieta tres veces con el pulgar. Pasados unos segundos, la piedra se ilumina y le confirma que su intuición tenía razón.
Aliviada, se sienta en un tocón cercano. Los demás pueden encargarse de despistar a los detectives cuando llegue la mañana, para lo que no debe de quedar mucho.
Antes de permitirse descansar del todo, sabe que queda una última cosa que aclarar. Les pregunta a los brownies sus motivos y, aunque sospecha la respuesta, les deja acabar la explicación.
—Pues tendremos que convencer a los hechiceros para que nos dejen expandir la escuela —dice en respuesta—. Al fin y al cabo, no se puede fortalecer el acervo de la comunidad mágica si no están todas las criaturas incluídas. Pero cómo lograrlo —añade cansada— es un problema que tendremos que solucionar más adelante. Ahora, ¿dónde me podría echar una siesta?
Vania T. Curtidor escribe más fantasía que ciencia ficción y más ciencia ficción que terror, con recientes incursiones en la fantaciencia. Como lectora, disfruta de los tres géneros por igual y es una druida tecnoseñora.