No entres cuando llame
Relato de Patricia Hernández Delgado.
A Iria le gustaban las cosas que podían contarse. Los escalones. Las escotillas del casco. Los parpadeos rojos del panel de presión. Los siete remaches sueltos en la trampilla de la cocina de residuos. Las nueve veces que había oído aquella tubería jadear antes de quedarse en silencio. Las personas, en cambio, eran un desastre. Nunca sabía cuántas capas traían encima ni cuál iba a rajarse primero.
Por eso llevaba el astrolabio en el bolsillo interior de la chaqueta, envuelto en un trozo de tela negra como si fuera un órgano robado. No servía para navegar. Era una pieza vieja, de bronce opaco, anillos concéntricos y símbolos microscópicos.
Lo había cogido en la cámara del capitán el segundo día a bordo. Desde entonces, cada noche lo sacaba, lo hacía girar con el pulgar tres veces a la derecha y dos a la izquierda y esperaba a que los aros interiores se alinearan. Si lo hacían, dormía. Si no, no tocaba nada que tuviera esquinas. Y aquella noche no se alinearon. Así que se levantó y, en medio de la noche, salió a la proa.
Se apoyó sobre la fina barra de metal y contempló. El barco avanzaba por el Mar de Ceniza. Fuera, las olas no eran olas, eran placas oscuras, casi sólidas, que se quebraban sin espuma y volvían a pegarse unas a otras. El cielo de aquel planeta no tenía estrellas, tenía venas. Ríos blanquecinos atravesando una negrura espesa.
El Erebo era un bloque de acero de grafito, lleno de pasillos demasiado estrechos, ojos de buey inútiles y compuertas redondas que hacían pensar en tumbas. Lo raro era que estuviera ahí, navegando en aquel mar imposible de un planeta cartografiado a medias. Lo raro era también que la tripulación no parecía tener prisa por llegar a ninguna parte. Y lo rarísimo era que Iria no recordaba bien por qué había subido.
Recordaba el hambre y el olor a óxido caliente del puerto flotante de Narsis. También recordaba sus dedos ensangrentados tirando de una rejilla y, después… el barco, o eso se decía a sí misma. Aunque a veces la escena se le movía un poco, como un cuadro mal colgado.
Iria se tocó tres veces la clavícula izquierda. Luego dos la muñeca, una vez la punta de la nariz y continuó. Avanzó pegada al muro, evitando las franjas amarillas del suelo. No porque significaran nada, sino porque le daba dentera pisarlas. El pasillo del servicio desembocaba en el corredor de los camarotes de los oficiales, donde el metal olía a desinfectante y a perfume caro. Iria iba a volver a su nido detrás del cuarto de filtros cuando oyó los golpes.
Tres secos.
Pausa.
Dos más.
Se quedó inmóvil. El corazón le dio un brinco de pez atrapado. Los golpes volvieron y, esta vez, acompañados de una voz.
—¿Hay alguien ahí?
La voz de aquella mujer sonaba ronca, aunque más bien parecía cansada.
Iria siguió el sonido hasta una puerta redonda sin placa. En aquel nivel todas llevaban número o rango grabados, pero aquella no, solo pintura desgastada y una raya vertical que parecía hecha con algo afilado. Entonces, volvieron a golpear desde dentro.
—Abrid —exigió la voz.
Iria se acercó despacio, con la respiración medida en cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. La puerta estaba cerrada. No tenía visor y en la pared, a la altura de sus ojos, había algo escrito.
NO ENTRES CUANDO LLAME
Las letras estaban trazadas con prisa y violencia, como si la mano que las había hecho tuviera frío o miedo o ambas cosas. Iria estiró los dedos sin tocar la frase. Había restos oscuros en los surcos. Grasa o sangre o ambas cosas. No quiso olerlo. Dentro, la mujer volvió a hablar.
—Por favor —suplicó.
Iria apretó la mandíbula. Se tocó la clavícula tres veces. Muñeca dos. Nariz una.
—¿Quién eres? —preguntó.
Hubo un silencio seco.
—Tú ya lo sabes.
Aquello le encendió algo detrás de los ojos.
—Abre —pidió de nuevo—. Rápido.
Iria retrocedió un paso. Después otro, no porque tuviera miedo de lo que había dentro, sino porque odiaba las órdenes dichas con familiaridad. Vio una marca en el suelo. Al parecer, la puerta había sido abierta en varias ocasiones.
La voz cambió de tono.
—Viene alguien.
Y justo entonces, al fondo del corredor, se abrió una compuerta.
Iria se metió en un hueco y contuvo el aire. La doctora Soren apareció con una tableta en la mano. Tenía el pelo rapado a un lado y vestía un uniforme blanco impecable con una expresión impoluta de quien nunca suda. Pasó por delante de la puerta sin mirar hacia ella, ni un segundo.
La voz de dentro había desaparecido, pero cuando la doctora Soren dobló la esquina Iria salió del escondite. Se acercó a la puerta, puso la oreja, pero no oyó nada. Ni respiración. Ni golpes. Ni voz. Solo el rumor de fondo del barco, viejo y profundo.
***
A la mañana siguiente empezó a investigar, pero no por heroicidad sino por picor. A Iria las cosas sin cerrar le hacían daño físico. Como una pestaña en el ojo, un picaporte torcido o un cubierto fuera de sitio. Todo eso era insoportable.
Primero fue a la cocina. Allí se encontró al cocinero, Bren, que tenía manos de carnicero y una risa de hombre que había visto cadáveres, pero prefería las patatas. Y aunque Iria llevaba semanas robándole restos, él llevaba semanas fingiendo no verla.
—Ayer por la noche —dijo ella, mientras arrancaba un trozo de pan duro con cuidado de no desmigarlo—, en el corredor de oficiales, ¿oíste algo?
Bren levantó una ceja y la miró sin ningún tipo de interés.
—¿Además del barco quejándose? No —repuso.
—Una mujer… ¿Golpes?
Bren dejó el cuchillo y la miró con más atención.
—Ayer no había nadie en ese corredor. Soren estaba en enfermería, el capitán en puente y Lázar, en máquinas.
—¿Quién duerme en la puerta sin número? —preguntó, directa.
Bren se quedó quieto un segundo de más y la contempló en silencio.
—No hay ninguna puerta sin número.
Ella masticó despacio. Contó hasta cuatro las respiraciones y cuatro las veces que tragaba.
—Claro que la hay.
—No.
Bren lo dijo con tal seguridad que a Iria le dieron ganas de tirarle el pan a la cara, pero la seguridad, en aquel barco, olía siempre a parche.
—¿Y si te digo que vi sangre? —mintió.
Bren volvió a coger el cuchillo.
—Entonces te diré que el Mar de Ceniza mete reflejos raros en la cabeza y que no deberías fiarte de ellos a no ser que quieras volverte loca y acabes en la camilla de Soren.
—Eso no era el mar.
—No —dijo él, y sonrió sin humor—. Eso nunca lo es.
***
Iria regresó por donde había venido. Contando cada paso. Cada respiración. Cada movimiento. No porque tuviera miedo de ser descubierta, sino porque era necesario contar.
Pasó por la zona de máquinas. Divisó la sombra de Lázar, pero siguió a lo suyo. Sin embargo, cuando estaba a poco menos de un metro de su escondite, el picor que sentía dentro, la necesidad de descubrir quién era aquella mujer, le hizo retroceder sobre sus pasos.
Allí se encontró con Lázar, el jefe de máquinas. Un hombre enorme, con un ojo mecánico que zumbaba cuando mentía. Lo encontró revisando unas válvulas en el vientre del barco, entre tuberías sudorosas y paneles que latían con luz azul.
—¿Te falta algo? —preguntó Lázar sin mirarla. Sus dedos giraban a toda velocidad entre las máquinas.
—Información. —Dio un paso hacia él.
—Eso siempre sobra.
Lázar movía los dedos arriba y abajo. Una tuerca se le resbaló y cayó tintineante hasta los pies de Iria. Ella contó las veces que rodaba hasta quedarse quieta.
—¿Ayer pasaste por el corredor de oficiales?
—No. —Lázar contestó rotundo, pero su ojo zumbó y lo delató.
Iria sonrió apenas.
—Tu ojo dice otra cosa.
Lázar cerró la llave inglesa con un chasquido y se sentó sobre un taburete rojizo y lleno de grasa de motor.
—Tu problema, polizona, es que escuchas demasiado.
—Y el tuyo que mientes mal. —Iria se cruzó de brazos.
El zumbido del ojo aumentó.
—No sigas por ahí. —Lázar le dio la espalda y continuó a lo suyo.
—¿Por dónde? ¿Por la puerta sin número? ¿Por la doctora que pasea delante como si nada? ¿O por la voz de mujer que me pidió ayuda desde dentro?
El hombre dejó por fin la herramienta y se giró hacia ella. El brillo del ojo mecánico le cruzó la cara.
—Si oyes que llaman —dijo, muy despacio—, no abras.
Iria se quedó quieta. Respiró en cuatro veces. Una. Dos. Tres. Cuatro.
—Entonces sí existe.
Lázar no respondió, solo se la quedó mirando mientras se limpiaba las manos en un trapo demasiado sucio.
—Vete —le pidió.
—¿Quién hay dentro? —quiso saber Iria.
—Nadie.
—Mientes.
—No —dijo él, y su ojo zumbó otra vez—. Ojalá.
***
El calor seguía pegado a la piel, como si no quisiera soltarla, así que subió un nivel más, buscando aire. Allí, sobre el puente en penumbras estaba el capitán frente al panel principal, con las manos a la espalda. Iria no hizo ruido, pero él habló igual.
—No deberías estar aquí.
Ella avanzó un paso y se quedó detrás de él.
—Necesitaba aire —declaró, sofocada.
El capitán no se giró. Seguía con la vista clavaba en el Mar de Ceniza y las manos detrás de la espalda.
—Aquí no lo hay.
Iria levantó el mentón y espió la pantalla. Frunció el ceño al ver que no había línea de navegación, ni ruta, solo un punto quieto.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Lo de siempre.
El barco se zarandeó, pero el capitán no se movió. Sus pies parecían anclados al suelo. Iria continuó hablando.
—Ayer oí algo en el corredor de oficiales.
—No —contestó tajante el capitán.
—¿Cómo que no? ¿Y la mujer? ¿Y los golpes?
—Aquí no hay nada fuera de lo previsto. —El capitán se giró finalmente. Luego parpadeó y algo cambió en su mirada.
—¿Quién eres?
—Acabas de hablar conmigo. —Iria entornó los ojos y lo miró con sospecha.
—No estabas aquí hace un momento. —El capitán la observó unos segundos más—. Vuelve a donde estabas.
Iria no se movió.
—¿Qué hay en la puerta sin número?
—Nada. —El capitán la miró sin expresión.
—Mientes.
—No. —El capitán hizo una pausa—. Ojalá.
Iria sostuvo la mirada un segundo más. Luego dio media vuelta y se fue contando los pasos sin mirar atrás.
***
Regresó a su escondite de rata. Los aros del astrolabio se alinearon e Iria durmió. Cuando se levantó robó una tarjeta de acceso y volvió al corredor. La frase seguía allí.
NO ENTRES CUANDO LLAME
Esta vez, además, encontró una pequeña gota seca junto al marco y una muesca en la cerradura, como si alguien hubiera intentado abrir a la fuerza. Sacó el astrolabio. El metal estaba helado. Lo inclinó hacia la puerta y uno de los anillos interiores giró solo hasta detenerse en un símbolo que no había visto antes: un círculo partido, como si fuera un ojo cosido.
Probó la tarjeta y la luz pasó de rojo a verde. La puerta emitió un siseo y el barco entero pareció contener el aliento. Iria se quedó quieta. Respiró cuatro veces y miró. Dentro no había un camarote, sino una habitación blanca. Las paredes no tenían ni juntas ni roña, parecían impresas en una sola pieza. En el centro, solo una mesa metálica y, en el suelo, una mujer muerta.
Iria no gritó. Se tocó la clavícula tres veces tan fuerte que se hizo daño. Aun así, se agachó y observó.
La mujer estaba boca arriba. Llevaba un uniforme gris. Tenía una herida en la garganta. Lo peor no era eso. Lo peor era la cara. Era su cara, aunque no idéntica, sino más cansada. Tenía un corte pequeño en la ceja y una cicatriz en el labio que Iria no tenía, pero era ella.
Entonces se dio cuenta que, bajo la mesa, había una grabadora de voz. Iria no quería tocarla, pero lo hizo. De pronto, brilló una chispa azul y su propia voz llenó la habitación desde aquella grabadora.
—Si estás oyendo esto, has abierto. Bien. O mal. Ya no sé. Escúchame. No te queda mucho tiempo antes de que Soren revise el desfase. El cadáver soy yo. O tú. O una versión. Da igual. Lo importante es esto: no eres una polizona.
Iria notó un pinchazo bajo las costillas.
La voz continuó.
—Eres un módulo de contingencia. Una identidad de limpieza. El barco te genera cuando algo se sale del patrón.
Iria se apartó de la mesa de manera torpe y chocó con la puerta. No había contado los pasos que había dado. Comenzaba a ponerse nerviosa.
—Tu función es investigar, encontrar la anomalía. Eliminarla y luego te reintegran o te borran. La mayoría de las veces no llegas a darte cuenta, pero esta vez sí lo has hecho y has empezado a recordar antes.
La habitación pareció inclinarse un poco. Fuera, el casco gemía con una voz larguísima.
—El Erebo es una simulación de travesía para observar conductas humanas en aislamiento extremo sobre un mar sintético de materia reactiva. La tripulación también es generada. Algunos más estables que otros, pero tú no. Tú eres la costura cuando el tejido cede.
Iria miró el cadáver y luego sus manos. Las líneas de los nudillos… la media luna blanca de una uña rota… Todo parecía de repente demasiado preciso.
—La anomalía eres tú cuando empiezas a saberlo —dijo la grabación—. Y entonces vienen a corregirte. Soren, normalmente. A veces Lázar ayuda. Bren solo mira a otro lado. La primera vez corriste, la segunda intentaste quemar la sala y la tercera me mataste.
Ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro veces. Iria dejó de respirar.
La puerta emitió un chasquido detrás de ella. Iria se giró rápido. La doctora Soren estaba en el umbral con las manos vacías y la expresión intacta.
—Sabía que hoy entrarías —dijo.
La voz de la grabadora seguía sonando, ahora atropellada.
—Si ya ha llegado, no la escuches. Va a decirte que eres inestable, que eres una copia dañada, que puede reiniciarte sin dolor. Miente. Bueno. No exactamente, pero miente.
Iria retrocedió hasta la mesa.
—¿Cuántas veces? —quiso saber. La voz le salió extrañamente serena.
La doctora Soren inclinó la cabeza de una forma casi tierna.
—Las necesarias.
Iria miró el cadáver y se dio cuenta que en el pecho también tenía una hendidura pequeña como de hoja fina. La misma navaja que llevaba en la bota. No recordaba haberla sacado.
La voz de la grabadora susurró:
—Cuando llame, no abras. Si ya abriste, cuando entre, no dejes que te toque.
Soren dio un paso hacia delante.
—Ven. Estás alterada.
—No me toques.
—No eres una persona, Iria.
Eso dolió más de lo que esperaba, más de lo razonable para algo que quizá no era razonable en absoluto. Iria sacó la navaja y la empuñó hacia ella.
—Y aquí estamos otra vez… —La doctora suspiró, como quien ve repetirse un truco malo.
Fuera, el Mar de Ceniza golpeó el casco con un sonido espeso, inmenso. El astrolabio empezó a girar solo dentro del bolsillo, cada vez más deprisa, hasta que Iria creyó que le quemaría la tela.
La voz de la grabadora lanzó la última frase:
—Si quieres romper el ciclo, no la mates. Mátate a ti.
Iria se quedó helada y Soren aprovechó el instante para lanzarse.
Chocaron con la mesa. La grabadora cayó. El cadáver rodó un poco con un ruido húmedo y obsceno. La doctora intentó sujetarle la muñeca, pero Iria le clavó los dientes en el hombro. Peleaban mal, igual que quienes ya se conocen demasiado bien. Finalmente, la navaja resbaló y cayó al suelo.
Iria intentaba controlar la respiración en cuatro.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
En ese instante, la doctora le agarró la cara con las dos manos.
—Basta.
Iria vio su reflejo en aquellos ojos perfectos, fabricados o nacidos, qué más daba. Vio el miedo, pero no el suyo, el de Soren. No la temía a ella, sino que temía perder el control sobre la simulación.
Con un tirón brutal, Iria se liberó, se tiró al suelo y recuperó la navaja.
—No lo entiendes —dijo la doctora Soren, jadeando apenas—. Si sales de tu función, todo se contamina.
—Entonces que se contamine.
—Todo esto colapsará.
Iria sonrió. Le sangraba del labio y le temblaban las manos. Aun así, sonrió.
—A lo mejor prefiero un derrumbe a seguir siendo la trapeadora de vuestro desastre.
Y antes de que Soren pudiera preverlo, Iria se clavó la navaja en el pecho. No hondo, lo justo.
El mundo dio un fogonazo blanco. El astrolabio chilló con un sonido agudo, insoportable y la pared comenzó a llenarse de grietas verdes. El barco entero se estremeció.
Soren gritó algo que Iria no entendió. Luego se fue la luz y en la oscuridad, el Mar de Ceniza brilló a través de luces que no terminaban de salir. Entonces, el dolor que sintió Iria fue caliente y lejano. También ordenado, y eso le gustó. Tranquila, contó su respiración. Una. Dos. Tres. Cuatro.
Las alarmas empezaron a sonar por todo el Erebo, pero no eran alarmas limpias de simulación, sino alarmas sucias, rotas y humanas. Desde el corredor llegaron voces confundidas, pasos corriendo y alguien que lloraba mientras preguntaba dónde estaba, quién era y cuánto tiempo llevaban navegando.
Soren estaba junto a la mesa, con la espalda pegada a la pared, mirándola como si la odiara y la admirara al mismo tiempo.
—¿Qué has hecho?
Iria alzó la cabeza y le sonrió con sangre en los dientes.
—Algo que podía contarse.
Cuando llamaron a la puerta, tres golpes secos, pausa, dos más, Iria soltó una carcajada breve, ronca y casi feliz.
Esta vez no pensaba abrir.
Esta vez…
No había nadie dentro.
Patricia Hernández Delgado. Nació en Barcelona en el invierno del 87. HA publicado el relato "Bajo mi piel" en Opportunity (Pórtico - AEFCFT). Coordina la antología benéfica Antolofobia, finalista en los premios Ignotus 2026. Sus fotografías han sido publicadas en la revista Arrebol. Su novela SkyNébula, una aventura sci-fi, saldrá con Numak Ediciones.