Vovó

Vovó
Foto de Cascais.

Relato de Ana Saiz.

Fue una suerte que el hotel más lujoso de Cascais hubiese quedado aislado del continente. Fue una suerte para nuestro grupo, al menos. A nadie se le habría ocurrido improvisar unas balsas con los inseguros restos de chatarra de los barcos que habían quedado varados en la costa y unos pedazos de madera de los árboles que los habían ido cubriendo poco a poco con sus raíces. Nadie se habría aventurado a lanzar esas balsas sobre el oleaje descontrolado del Atlántico y subirse a ellas para tratar de alcanzar las ruinas del otrora hotel más lujoso de la costa ibérica. Y nadie se habría arriesgado a transportar a les niñes ni a la frágil Vovó hasta un lugar tan inhóspito como aquel.

Fue una suerte que nadie tuviese menos que perder que nosotres.

Ser un grupo demasiado numeroso para pasar desapercibido ante las cámaras de vigilancia fue lo que nos llevó a huir hacia la costa. Y serlo lo suficiente para cuidar unes de otres, lo que nos dio la fuerza necesaria para lanzarnos al océano. Ningune sabíamos, o ningune recordábamos, quién se había unido a quién primero, ni hacía cuánto tiempo. Solo sabíamos que, a cada kilómetro recorrido, a cada suburbio, a cada aldea, alguien conocía a alguien, alguien necesitaba a alguien, alguien sabía hacer algo. Alguien huía de algo. Nadie decía de qué.

Sabíamos que Roberto había sido cocinero en un comedor infantil en Badajoz y que manejaba los hornos solares con los ojos cerrados. Sabíamos que Tiago, de Lagos, era ingeniere forestal y que trataba a la vegetación con el mismo cariño que Sara, la médica que se había unido en Évora, nos trataba a les humanes. Cristina no se separaba de su guitarra, con la que alegraba las noches más oscuras desde que dejó Coímbra para acompañarnos, mientras que yo aprovechaba aquellas en las que teníamos algo de luz para leerles alguno de los libros que había conseguido mantener a mi cargo cuando tuve que marcharme de la biblioteca de Tomar. Así, une tras otre, todes teníamos algo que aportar al grupo, y una historia de la que solo contábamos lo que nos apetecía contar, cuando nos apetecía contarlo.

Después estaba la anciana Vovó. La habíamos encontrado desorientada a las afueras de Lisboa, apenas capaz de tenerse en pie, sin más pertenencias que su ropa y un colgante barato en forma de rombo. Tras darle agua y alimento, nos había mirado con ojos temerosos y había pronunciado unas palabras en un idioma que ningune habíamos sido capaces de identificar. Tampoco parecía entender lo que le decíamos: aunque su mirada pasó enseguida del temor a la dulzura, insistía en repetir la misma frase ininteligible, una y otra vez.

No conocíamos su nombre, ni su procedencia, ni su pasado, ni qué había hecho que nuestros caminos se cruzaran, pero todes estuvimos de acuerdo en que no podíamos dejarla abandonada a su suerte en esas condiciones. La llevamos con nosotres y, desde aquel mismo instante, empezamos a cuidar de ella, y ella a colmarnos de cariño y ternura.

Vovó continuó expresándose siempre con las mismas únicas palabras, que muchas veces intenté transcribir, sin éxito. Y, a pesar de no comprenderlas, su tono de voz las hacía parecer sabias. Siempre era el adecuado para reconfortarnos, alegrarnos o darnos fuerza según lo necesitásemos. Poco a poco, se fue convirtiendo en la abuela de todo el grupo. Por eso la llamábamos Vovó.

***

Vovó, junto con les niñes, fue la última en ser desembarcada en el hotel, cuando las primeras balsas ya habían hecho las primeras incursiones seguras sobre el agua, y varies adultes del grupo habían revisado que el edificio no se estuviese cayendo a pedazos. No tanto, al menos, como para suponer un peligro inminente.

La planta baja, junto con lo que en otra época debieron de haber sido unos preciosos jardines, había quedado totalmente sumergida, por lo que accedimos al interior a través de un gran ventanal sobre una terraza en la primera planta y nos encontramos con el antiguo comedor. El suelo era firme bajo las alfombras, que retiramos con cuidado para eliminar la mayor cantidad posible de polvo y humedad y reducir ese calor adicional que ya no necesitábamos. Una vez que todo el grupo estuvo dentro, y a pesar de las reservas que aún teníamos, no pudimos evitar que nos recorriese cierta sensación de euforia. Habíamos encontrado una casa. Ahora solo teníamos que transformarlo en un hogar.

Los siguientes días tuvieron menos de euforia y más de trabajo y cansancio. Mientras una parte de nosotres se dedicaba a limpiar, la otra buscaba cómo disponer de alimento de forma sostenible, para lo que la terraza del comedor acabó haciendo las funciones de huerto con un éxito más o menos aceptable gracias al buen hacer de Tiago y Roberto. En poco tiempo, conseguimos tener la primera planta del hotel habitable, con habitaciones separadas por familias, incluso, y unas camas que, pese a estar desvencijadas, eran lo más cercano al lujo que muches habíamos disfrutado nunca.

Una vez que las tres necesidades básicas —techo, comida y descanso— estuvieron cubiertas, llegó el momento de llevar nuestro nuevo refugio un paso más allá. Lo convertiríamos en el centro de operaciones que el grupo necesitaba para llevar a cabo los idealistas planes con los que empezamos a fantasear en las noches compartidas en el comedor, mientras descansábamos, bajo la única luz de la luna atravesando los ventanales. Entre susurros, como si algún oído malicioso fuese a escucharnos.

No teníamos ningún dato sobre el hotel, en apariencia aislado, pero durante nuestra travesía hasta allí, bajo el agua, habíamos visto cables entre las algas. Cables que emergían a la superficie y continuaban entre las raíces de los árboles y los muros caídos de los edificios que aún no había alcanzado el mar. Alice, que habría querido estudiar tecnología en Porto, estaba convencida de que debíamos de tener, como mínimo, electricidad; y, con un poco de suerte, una conexión a la red. Puestes a soñar, quizá lográsemos incluso entrar en el sistema. Y conseguir información valiosa. Y, quién sabe, prender la mecha de una resistencia, desde aquel rincón de la antigua Europa. Y tal vez no seríamos nosotres, pero sí otres que viniesen después, quienes pudieran vivir en una armonía real con el mundo y con la naturaleza, sin tener que conformarse con las migas de los recursos no consumidos por las grandes corporaciones.

Nuestras confabulaciones solían terminar entre risas ensoñadoras, las de quienes en el fondo de su corazón saben que algo no puede suceder, pero y qué pasaría si sí. Y cuando todes callábamos tras un suspiro, con la mirada más allá de los cristales, sobre el mar y hacia un futuro que parecía a la vez tan cerca y tan lejos, la sabia voz de Vovó, sentada en el sillón mejor conservado, rompía el silencio para pronunciar sus palabras de siempre. Sabíamos entonces que era el momento de retirarse y tratar de conciliar el sueño.

***

Tardamos menos de lo que creíamos en dar con la sala técnica. Estaba en un rincón de la última planta, tras una puerta disimulada con el mismo papel pintado de las paredes, ahora hecho jirones. Imaginamos que para ocultarla al acaudalado público del hotel, que ni necesitaba ni quería conocer la prosaica realidad que mantenía viva la magia de sus vacaciones en primera línea de playa.

Estaba muy oscuro, así que tuvimos que improvisar una pequeña antorcha con un trozo de papel pintado y, con mucha precaución, Alice y otres dos de nosotres se aventuraron al interior. Tras una larga espera que quizá fuesen apenas unos minutos, quienes quedábamos fuera escuchamos un pequeño chasquido, y de pronto el hueco de la puerta se iluminó, arrancándonos un grito de sobresalto y de excitación. Teníamos luz.

Teníamos luz. Una luz que nos invitó a entrar y a recorrer con cuidado y admiración los huecos entre las estructuras llenas de arriba abajo de dispositivos electrónicos de una época que ningune habíamos conocido y que, a pesar de los años, parecían estar arrancando. Pequeñas luces naranjas y verdes parpadeaban en ellos, y decenas de cables conectaban los unos con los otros.

Por desgracia, eran tan antiguos que todes nos declaramos incapaces de saber cómo funcionaban. Incluso Alice, cuya decepción se instaló en los corazones de todo el grupo acompañada de un silencio pesado, rasgado por el esfuerzo de los ventiladores de las máquinas luchando contra el calor de aquella sala.

Estábamos tan sumides en nuestro desencanto que no nos dimos cuenta de que unes niñes se habían colado en la sala, desobedeciendo a sus adres. Sus gritos emocionados rompieron el silencio y nos sacaron de nuestro ensimismamiento: habían encontrado un robot. Apoyado contra la pared del fondo, detrás de unas cajas descoloridas, enchufado a una toma de corriente y con una pequeña raya blanca parpadeando sobre la pantalla negra que tenía a modo de cabeza. Nunca habíamos visto uno similar.

Alice examinó su carcasa, rozada y abollada en algunos puntos, y pulsó una superficie rectangular en su costado con aspecto de botón, pero no pasó nada. Intentó introducir algún cable en una ranura que había en la cabeza: ninguno cabía. Tenía unos huecos bajo la pantalla que podrían ser altavoces, así que probó a hablarle, también sin éxito. Decidimos apagar la sala técnica por el momento y trasladar el robot al comedor, donde teníamos más espacio y luz natural, para investigarlo y tratar de ponerlo en marcha.

Fue entonces, al posarlo en el suelo frente a los ventanales, cuando ocurrió lo que, si hubiésemos creído en los milagros, sin duda nos habría parecido uno. Vovó se incorporó, sobresaltada, en el sillón en el que pasaba los días contemplando el oleaje atlántico, y se quedó mirando fijamente al robot. Con manos temblorosas, se quitó el colgante en forma de rombo y lo introdujo en la ranura de su cabeza, donde encajaba a la perfección. Después, comenzó a enunciar las palabras que decía siempre. Solo que, esta vez, sí había alguien delante para comprenderlas.

Tal como me habría gustado a mí ser capaz de hacer, las palabras de Vovó se transcribieron con símbolos blancos sobre la pantalla negra del robot. Y, para nuestra sorpresa, una voz metálica salió de su cuerpecito, como si estuviese contestando. Vovó, entonces, volvió a hablar en un idioma extraño, pero ahora con nuevas palabras, en lugar de las que llevaba repitiendo desde que la conocimos, que aparecieron otra vez en la pantalla. Y la voz metálica volvió a contestar.

Una niña señaló con alegría que el robot hablaba el mismo idioma que Vovó, pero todes la hicimos callar con un gesto. Por nada del mundo queríamos interrumpir aquel diálogo entre dos extrañes que parecían conocerse de toda una vida. Nos limitamos a observar en silencio el curioso intercambio de voces y líneas. Al cabo de unos minutos, Vovó se quedó callada, mirando el robot con ansiedad, hasta que en la pantalla se dibujaron unos sencillos ojos y una boca y la voz metálica dijo: “Olà”. En ese mismo momento, la anciana se desplomó contra el respaldo del sillón.

***

Bajo el atento cuidado de Sara, Vovó durmió plácidamente en su cama como si llevase mucho tiempo sin hacerlo. Hasta que, un día, mientras desayunábamos, la vimos aparecer por la puerta del comedor y sentarse en su sillón como si nada hubiese cambiado.

Salvo que sí lo había hecho. Nos miró y esbozó una débil sonrisa. Había llegado el momento en el que, despacio, con su sabia voz de siempre, aunque ahora en portugués, podía contarnos cuanto le apetecía sobre ella. Supimos que, de joven, había trabajado como ingeniera informática para una de las grandes corporaciones, la que fabricaba aquellos robots. Que, disintiendo con sus políticas, había creado una puerta trasera en el sistema operativo que le permitiese tomar el control si llegaba el momento de necesitarlo. Que, al abandonar la corporación, para ocultar el código de arranque que la activaba, lo había memorizado y, con los años, el temor a olvidarlo lo había fijado con tanta fuerza en su mente que había acabado siendo incapaz de enunciar nada más. Hasta que había podido utilizarlo.

Y así fue como, en el abandonado hotel más lujoso de Cascais, aislado del continente entre las olas del Atlántico, la anciana que encontramos desorientada a las afueras de Lisboa dejó de ser un misterio y nos regaló la llave que podría desbloquear nuestros sueños de un futuro mejor.

Lo que nunca quiso decirnos fue su nombre. Siguió siendo, para siempre, Vovó.


Ana Saiz es una tecnoseñora madrileña a la que le paga la hipoteca la consultoría informática y la salud mental la literatura. En 2024 ganó el Ignotus a mejor cuento con Mi Primera Ouija TM y el premio Droide de novelette de fantaciencia con Amanecer en Benidormiens. Coordina Adviento Fantástico con David Fernández Vaamonde y le encanta Portugal.