Atuendos divinos. El vestuario en la mitología
Una de las primeras críticas que surgió en torno a la nueva adaptación de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan (que se estrenará el próximo julio) fue la de la elección del vestuario. Aunque la historia que se narra en La Odisea es un mito, la época en la que se ambienta es real. Sin embargo, al contrario de lo que se ha asimilado en algunos entornos, no se trata de la Grecia Clásica. Se estima que Homero (fuese una persona o un grupo, ya que no se sabe con seguridad) escribió sus obras en torno al siglo VIII antes de nuestra era, pero no se estaba basando en su contemporaneidad: la legendaria Guerra de Troya habría ocurrido unos cuatro siglos antes como mínimo. La Ilíada y La Odisea son relatos históricos y lo fueron ya en el momento en el que se escribieron. Históricos y fantásticos, hibridación de género a tope, que están llenas de dioses y monstruos. La época en la que Homero ambientó sus historias le quedaba casi a la misma distancia que a nosotros la Dinastía Tudor. La Odisea tendría lugar en una época en la que no existía ni el Partenón ni, directamente, el concepto de "Grecia". Así de atrás. Vamos, que no tiene sentido que Telémaco lleve pantalones, que ni estaban ni se esperaban en la época de Homero siquiera, ya no digamos cuatrocientos años antes. Así que yo sugiero que nos tomemos esta adaptación como una ucronía, a lo Bridgerton. Efectivamente, La Odisea de Nolan es ciencia ficción (le encantaría, seguro).
Pero, además de marcos históricos y geográficos, vestuario y mitología han estado relacionados desde el principio. Desde la Antigüedad Clásica (ahora sí). De hecho, está tan asimilado en la cultura popular que, en palabras de Fátima Díez Platas, en el mundo moderno tenemos la mirada entrenada para reconocer ciertos ropajes como “griegos”. Peplos, quitones, mantos e incluso el estilo escultórico de “paños mojados” de las esculturas del frontón del Partenón.

La influencia de estas tendencias en la moda es constante, incluso de manera más directa: a principios de mayo tuvo lugar la MET Gala 2026 y, como mínimo, dos de las asistentes se vieron inspiradas por la Niké de Samotracia, una deidad dedicada a la victoria. Sin embargo, el blanco impoluto que relacionamos con estas figuras viene condicionado por las piezas conservadas (en muchos casos, copias romanas en mármol) y toda la imaginería del bronce y el color la hemos perdido. Me hubiese encantado saber si las deidades, además de los atributos con los que se las asocia y representa (ej. El pavo real de Hera, el caduceo de Hermes, etc.), cada cual tenía su paleta cromática. Estoy segurísima de que a Zeus le iban el rojo y el dorado.
Pero vayamos más allá: el vestuario plenamente integrado en la narrativa de los mitos. Atenea, además de la diosa de la estrategia bélica, era la protectora del telar y las tejedoras. ¿Os suena Aracne? Era una de las hilanderas que, como nunca hay que hacer cuando se trata con deidades, ninguneó a la diosa, afirmando que ella era mucho mejor tejedora.

Atenea, que no se andaba con tonterías, la transformó en araña para que siguiese tejiendo para siempre… O lo que viva una araña. A no ser que asumamos que la transformó en una araña inmortal, que podría ser. Normalmente los castigos divinos tendían a ser tirando a largos. Que se lo digan a Sísifo, que sigue empujando la roca ladera arriba. La moraleja de la historia caló en el mundo real; quizá para no jugársela después de haber aprendido del mal ejemplo, cada año se ofrecía a Atenea un peplo para vestir su estatua de culto en las celebraciones en su honor en la Acrópolis. Pero no penséis en los mantos que se les ponen a las tallas de las Vírgenes en las procesiones de Semana Santa, con sedas, terciopelo, hilo de oro e incluso joyas; lo de Atenea era un sencillo peplo de lana. Era una diosa muy austera.
Tejer era una actividad habitual en la época y eso se trasladó a las historias. ¿Qué hacía Penélope mientras esperaba el regreso de Odiseo? Exacto, tejer y destejer lo tejido (de aquí sale un trabalenguas) por las noches. Aunque en este caso lo que estaba confeccionando (y desconfeccionando) era un sudario para cuando falleciese su suegro. Una prenda que sentaba de muerte, supongo, Necesitamos un retelling desde el punto de vista del rey Laertes viendo a su nuera preparar (y despreparar) su funeral.
La poesía lírica a través de obras de Homero, Hesfodo y Apolonio de Rodas es una de las principales fuentes de información acerca del atuendo de las diosas. Por ejemplo, Homero se refería a la diosa Aurora como “la de azafranado peplo” de forma recurrente, lo cual se puede relacionar no solo con los amaneceres, sino con su categoría. El azafrán era una especia increíblemente escasa y cara: su utilización como pigmento textil (ya fuera en la realidad o en la ficción) se entiende como una excepcionalidad que eleva la imagen de quien lo viste. En la cultura popular es algo que tenemos asociado al púrpura, sobre todo en contextos medievales. Si un personaje viste prendas de ese color demuestra un poder adquisitivo y unas conexiones fuera de lo común, y en muchas épocas y lugares el tono se reservaba exclusivamente a la realeza (los Tudor con sus “Sumptuary Laws” se convirtieron en la primera policía de la moda. Lo que quiero decir con esto es que la composición y el color de las prendas que viste alguien nos habla mucho más de lo que parece a simple vista, es un elemento de comunicación no verbal muy poderoso.
Otro ejemplo lo encontramos en el Himno Homérico a Afrodita, que relata el encuentro de la diosa con Anquises, un troyano del que se había enamorado y con el cuál concebiría al héroe Eneas. Uno de los fragmentos dice lo siguiente:
(…) «y allí las Gracias la bañaron y la ungieron con el aceite
divino que cubre a los dioses que por siempre existen,
que para su inmortal vestido fino había sido perfumado.
Con su cuerpo bien ataviado de toda su hermosa vestimenta
y de oro engalanada, la risueña Afrodita
se apresuró hacia Troya tras dejar la fragante Chipre (...).
Anquises, al verla, la observaba y lo dejó estupefacto
su figura, así como su talla y sus vestidos espléndidos.
Pues un peplo vestía más brillante que el fulgor del fuego
y llevaba retorcidos brazaletes y pendientes brillantes en forma de flor;
y los collares en torno al delicado cuello eran primorosos,
bellos, de oro, totalmente cincelados» (60-66; 84-89).
Vamos, que Afrodita se había puesto sus mejores galas para ver a su crush. Al final no hay tanta diferencia entre diosas y mortales. O sí, porque lo del peplo más brillante que el fulgor del fuego suena antinatural… O terriblemente hortera. Y prefiero optar por la primera opción, es un bajón imaginarse a Afrodita toda digna presentándose ante Anquises con un vestido de lentejuelas doradas y rojas, como la versión textil de un coche de principios de los dosmil, tuneado y con llamaradas. Aunque es cierto que el dorado era tendencia en el Olimpo: por ejemplo, Mnemósine, diosa de la memoria y madre de las musas, es descrita por Píndaro como “la de áureo peplo”.
Pero ¿cómo se vestía a las figuras mitológicas a las que no se reverenciaba? Tenemos el ejemplo de las Amazonas, figura guerrera que representaba lo opuesto a la “correcta” mujer ateniense. Presentaban a las Amazonas como apartadas de la sociedad y salvajes, y por ello su indumentaria es masculina, pero no solo eso: imita a las de pueblos orientales, vistos como “bárbaros” y enemigos por naturaleza. Algunas de las leyendas sobre las Amazonas decían que, si parían, solamente criaban a las hijas, a las que comprimían el pecho derecho para que no les molestase al lanzar la jabalina, manteniendo el izquierdo intacto para que, en su adultez, pudieran amamantar. Este retrato de otredad es la justificación para posicionarlas como antagonistas en la mayoría de historias, como en el caso del combate entre Aquiles y Pentesilea (reina Amazona de hija de Ares, dios de la Guerra) en la guerra de Troya.

Algo similar ocurre en la mitología mesopotámica, concretamente en el poema épico de Gilgamesh. Ante la soberbia del monarca que da nombre a la obra, la diosa Aruru creó un a Enkidu, opuesto al rey en todos los sentidos peor muy capaz de derrotarle en combate. Enkidu aparece semi desnudo, solo ataviado con pieles de animales, al estilo de Sakkan, el dios de la caza. Esto subraya su condición de salvaje e incivilizado, más similar a una bestia que a un ser humano. Sin embargo, con el tiempo él y Gilgamesh se hacen “amigos” (muuuy buenos amigos, como Aquiles y Patroclo) y Enkidu comienza a vestir como los demás seres humanos, tapándose del mismo modo. Este acto de cubrirse puede entenderse como pudor o adaptación a la sociedad, pero también como un modo de ocultar la verdadera naturaleza de Enkidu para hacerlo apto para la convivencia según las normas del momento y lugar.
Como vemos, la vestimenta en los mitos no solamente tenía la función de cubrir o abrigar el cuerpo (al fin y al cabo, ¿tienen frío los dioses? ¿Hay pudor cuando existe alguien como Zeus?): el atuendo es una herramienta narrativa más que permite ensalzar las características de un personaje o grupo e incluso vertebrar las historias, marcando momentos de cambio, evolución y conflicto.
FUENTES Y REFERENCIAS
Dietrich von Bothmer, Amazons in Greek Art. Clarendon Press, 1957.
Díez Platas, Fátima. “De diosas y mortales. Vestido y poesía en la Antigüedad Clásica”. El estilo de la elegancia: Literatura y moda. Editado por José María Paz Gago. Pigmalión, 2024.
Himnos Homéricos. Edición bilingüe de A. Bernabé. Abada Editores, 2017.
Homero. La Odisea. Penguin Classics, 2025.
Lara Peinado, Federico. Poema Gilgamesh. Tecnos, 2010.
Lee, Mireille. Body, dress and identity in Ancient Greece. Cambridge University Press, 2015.
Píndaro. Epinicios. Edición de P. Bádenas y A. Bernabé. Alianza Editorial, 1984.