Cielos de espejo

Cielos de espejo
Foto de stock de ciudad subterránea.

Relato de A. G. Mayan.

Sonaba como un tambor. Tumb, tumb, tumb. Hasta que el suelo empezó a vibrar junto al tambor imaginario, y Sami tuvo que reconocer, pese a lo tentador que resultaba seguir durmiendo, que lo que oía no era música sino peligro en forma de pasos.

Siseó despacio mientras empujaba el suelo con sus brazos. La vista se aclaró hasta dar forma a unas plantas azules que le rascaban entre las garras; le picaban la cara y el tímpano donde había tenido la cabeza contra aquel césped urticante.

Se frotó con la manga ajada la piel escamosa mientras su mente se aclaraba. Cuando por fin levantó la vista, su corazón latió más deprisa que cualquier instrumento. Lo que avanzaba hacia ella por el valle era un dragón. ¡Un dragón!

Se levantó y echó a correr por puro instinto, mientras aquella bestia alcanzaba su nave espacial y por suerte se paraba ante ella para fundirla de una llamarada. En medio del pánico y la carrera Sami pensó que perder la nave le iba a acarrear graves problemas disciplinarios, pero no era capaz de recordar por parte de quién.

¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué era aquél lugar tan extraño lleno de plantas irritantes?

Quizá el chichón en su cabeza tenía mucho que ver con que no fuese capaz de recordar por qué tenia aquella sensación de urgencia en sus dos estómagos. Sabía que estaba buscando algo allí, pero ¿de qué se trataba?

Cuando salió de entre unos árboles vidriosos vio la sombra de otro dragón deslizándose por el páramo, así que frenó en seco. El dolor de cabeza iba a ser la menor de sus preocupaciones en cuanto una de esas bestias le convirtiese en una brocheta de lagarto a la brasa. “Si estás en peligro, busca un agujero y métete” le había dicho alguien tiempo atrás. Así que buscó alrededor, ya pensaría después.

Corrió hacia unas rocas con una fisura en el centro que se le antojaron el mejor lugar para esconderse. Pero en cuanto se deslizó por el interior de la apertura, a la vez que un dragón aterrizaba en el exterior se sorprendió.

No recordaba muchas cosas, pero sí que en el interior de unas piedras no debería de haber luz artificial. Los fluorescentes del techo emitían una vibración constante mientras parpadeaban sin cesar sobre ella.

Odiaba aquel tipo de luz, para su pobre cerebro reptiliano era como estar en una discoteca. Y le dolía demasiado todo para bailar. Pero salir al exterior era guatepeor, así que avanzó por la estrecha gruta que se fue ampliando poco a poco mientras descendía, hasta dar a una sala con un único ascensor. 

Volver atrás no era una opción y quedarse allí la estaba volviendo loca, así que se encogió de hombros y entró. Sólo había dos plantas: “salida” y “entrada”.

Estaba claro que no iba a subir, así que Sami pulsó el botón de abajo. Sintió un bache en el estómago cuando el ascensor cayó en picado. Tuvo que coger aire tres veces para seguir gritando, pero por suerte, tras unos minutos, el ascensor comenzó a frenar. 

Cuando sonó el “ding”, Sami se quitó las manos de la cabeza e irguió el cuerpo, había tenido las rodillas dobladas todo el descenso, así que pisó varias veces para recolocarse, esperando un nuevo horror al otro lado de las puertas que se deslizaron con suavidad.

Al otro lado un niño azulado que se estaba comiendo un helado de tres pisos la señaló:

—Mira, mami, un lagarto gigante.

La mujer, igual de azulada la contempló por un momento con los ojos más redondos que las perlas de su delicado collar. Luego gritó, cogió al niño en volandas y echó a correr por lo que parecía un centro comercial. El helado se aplastó contra el suelo con un pequeño plof, mientras más transeúntes miraban hacia Sami y gritaban o salían disparados.

Sami salió del ascensor mirando alrededor: se trataba de una gran estructura de balcones de cristal y metal, con varios negocios alrededor de las balconadas y la plaza donde ella cruzaba. Algunas persianas se bajaron de pronto mientras los carteles de las tiendas todavía brillaban.

Unos policías, dedujo Sami, porque iban vestidos todos con el mismo uniforme rosa, se acercaron con unas lanzas eléctricas apuntándole directamente.

—Eh… ¿Buenos días?

—Bue… —empezó uno de los agentes, pero el que llevaba una gorra diferente le interrumpió y habló por encima:

—¿Quién… qué eres?

—Ya, ¿verdad? Ojalá lo supiera.

Los guardias se miraron confusos.

—Veréis, mi nave se estrelló en la superficie y había unos dragones que me persiguieron hasta aquí y entonces encontré el ascensor y…

Si se hubiese inventado una mentira hubiese sido más plausible que esa disparatada historia, pero no tenía clara la verdad, mucho menos como para formar una mentira.

Se encogió de hombros, con las zarpas hacia arriba y se dejó llevar a lo que debía ser la cárcel de aquella gente.

***

—Dejadnos solos.

—¿Está seguro, presidente?

El viejito azul con grandes bigotes asintió apesadumbrado. Los guardias saludaron y cerraron la puerta al salir. 

Al final no la habían llevado a la cárcel, o no tenía pinta, porque simplemente la habían sentado en el despacho de aquel ser envejecido al que trataban con respeto.

—Mire, no era mi intención asustarles… —empezó a hablar Sami a toda prisa—, sólo pretendía huir de los dragones. ¿Sabe que en la superficie viven dragones, verdad?

El vejete la miró de arriba abajo y finalmente centró la vista en las insignias que llevaba en el pecho.

—¿Puedo llamarte Sami? —preguntó al final.

Sami bajó la vista a la etiqueta con su nombre.

—Sí, señor.

—Eres una soldado, me temo.

—Sé que parece una burda mentira, pero créame que no me acuerdo de nada. Me golpeé la cabeza —explicó señalándose el chichón—. Sé qué cualquiera diría lo mismo, pero…

—¡Hable sólo cuando le pregunte, soldado! —gritó él, por probar.

—¡Señor, sí, señor! —respondió ella sin pensar.

—Lo que decía, una soldado —el presidente volvió a su tono afable de antes. 

Sami ladeó la cabeza sorprendida por su propia evidencia.

—Me temía que este día llegaría. Traes noticias terribles, soldado.

—¿Ah, sí?

El despacho parecía acogedor, con aquel sillón frente a unos ventanales que proyectaban el cielo gracias a un complejo sistema de espejos que venía de la superficie. Sin embargo el anciano suspiró y se hundió en aquella gran butaca.

—Sí, significa que el ejército galáctico se ha fijado en nuestro pequeño orbe. Llevan años y años desgastándose en guerras sin sentido ahí afuera.

La imagen de varias naves estallando frente a sus ojos, de bombas arrasando territorios tan grandes que podían verse desde el espacio, la sensación de dolor justo antes de que las lágrimas aflorasen. Sami trató de suprimir un escalofrío cuando estas memorias cruzaron por su mente.

—Siempre temimos que este día llegaría. Por esto abandonamos la superficie, por eso creamos la ilusión de los dragones.

—¿Es una ilusión? —preguntó Sami sin esconder su asombro—. ¿Los dragones son una ilusión? Pero eso no puede ser, uno quemó mi nave, la vi derretirse.

—¿Cómo crees que funcionan las ilusiones? —preguntó el vejete con una sonrisa de lado—. Por supuesto que pueden fundir cosas.

—¿Cómo…?

—Tengo una pregunta y necesito muchísima sinceridad —interrumpió él, mesándose los bigotes—. ¿Contactaste con el ejército galáctico de alguna manera?

—Pues…

“May day, may day… una bestia ha gigante derribado mi nave… may day…” tratar de recordar le provocó un pinchazo en la frente.

—Creo que pedí ayuda antes de estrellarme.

—¿Les hablaste del ascensor? —preguntó él, y Sami vio miedo y esperanza en sus iris de color plata.

—No, para entonces ya no tenía nave. Lo encontré de casualidad, huyendo…

—Entonces lo siento mucho, amiga Sami. Sabes demasiado…

—¿Eh?

***

Un reptiliano diminuto de color azul pasó corriendo y golpeó la mesita de la cafetería y las tazas de espejocristal tintinearon con fuerza. Sami sujetó la mesa para evitar que el líquido verde se saliese.

—Ve con cuidado, Minty —riñó a la criatura.

—Pero es que es Jabub quien me perseguía —dijo el reptilcito con una vocecilla aguda, mirándose los pies—. Lo sieeeento.

—Vale, id a jugar al parquecito. Pero que yo pueda verte.

—Síiiii.

Sami se giró hacia su interlocutor, un hombre azul con una grabadora que la contemplaba anotando cosas en unas hojas oscuras.

—¿Qué estaba diciendo? —preguntó Sami.

—Contaba cómo llego a la infraciudad.

—Ah, sí, eso. Pues sabía demasiado para que me dejasen ir, así que tuve que quedarme.

—Algunos considerarían que le tenemos secuestrada aquí, Sami.

—Oh. Bueno, si lo ve así es cierto —dijo ella riendo—. Pero no estoy desagusto.

—¿No echa nada de menos del mundo exterior?

Las imágenes se sucedieron en ráfaga por la mente de Sami: la guerra, los disparos, los gritos. Cuando la reclutaron siendo adolescente, cuando expropiaron las tierras de su pueblo, cuando pasaba hambre junto a sus hermanos, escondidos en una cueva, poco después de salir del cascarón.

—La verdad es que perdí la memoria —mintió con una sonrisa—. No se puede echar en falta lo que no se recuerda, ¿no cree?

—Tiene razón —él le hizo eco con su risa—. Vale, una última pregunta que nuestros lectores de la sección de sociedad se mueren por preguntar: ¿hay algo que odie de nuestro hogar? De su nuevo hogar también, por supuesto.

Sami miró alrededor en la plaza donde estaba el café, era la plaza donde ella había descendido por primera vez.

—Sí, por supuesto.

El periodista tragó, esperando una respuesta.

—Tengo una familia preciosa, mi marido es el mejor, mis vecinos son amables y considero que he hecho buenas amigas. Pero si tuviera que decir algo que odio de este lugar…

Sami le miró intensamente y luego sonrió.

—Las plantas —dijo señalando su té verde azulado—, me producen una urticaria terrible.

El periodista rio junto a ella.

—Me temo que es algo inevitable, Sami.

—Lo malo de ser extranjera, por supuesto.

Se despidieron con un saludo cortés. 

—Es un buen lugar —murmuró mientras volvía a casa con el pequeño Minty.

—¿Qué dices, mami?

—Que tengas cuidado, no toques las plantitas de los bordes.

—Vaaaale.

Sami miró al cielo de cristal y espejo.

—Ojalá que dure y nunca tengas que salir de aquí.

Y volvió a andar hacia casa.


A. G. Mayan ha publicado relatos en Cabezología y Estelas de Magia, y autopublicó su primer libro, Red&Black, en 2025. Su segunda obra verá la luz en otoño de 2026. Escribe fantasía, distopía y hopepunk.