El caparazón
Relato de Carlos Calleja.
El sol recién acicalado arrancaba destellos turquesa en las arenas de la playa. El oleaje, todavía adormilado, apenas era un arrullo. En cuclillas, distraída en su búsqueda matutina, Eithne removía con manos esbeltas aquel mar de minúsculos cristales pálidos. Notaba la arena áspera en las yemas de los dedos, con ese tacto al que nunca podría acostumbrarse. Irónicamente, de aquella aridez había hecho su forma de vida. Su nueva forma de vida. Para todos en el pueblo, ella era la buscadora de cristales. Tal vez fuera mejor así; cuanto menos supieran de su verdadera naturaleza, mejor.
Hasta el momento, la captura del día no había sido muy satisfactoria. Tan solo un diminuto cristal de amatista, enterrado a medias entre las arenas frías junto a la orilla. Lo sopesó un momento en la palma de la mano. Podría convertirlo en un colgante discreto o en un detalle de buen gusto para un anillo. Entornó los ojos a la brisa marina y sonrió. En cualquier caso, podría decidirlo más tarde.
Estaba dispuesta a continuar con el rastreo cuando una figura menuda llamó su atención. Junto a la orilla, encaramado sobre una roca seca que la marea no había besado desde horas atrás, se hallaba un muchacho de unos siete años. Se le daba fatal estimar la edad de las personas.
El chico la miró. A pesar de la lejanía, Eithne fue capaz de percibir esas palabras escondidas que resuenan en los ojos de los niños. Había curiosidad en su mirada, curiosidad hacia ella. Así que decidió acercarse y saludarlo.
—Si te quedas mucho rato quieto, las rocas podrían confundirte con una de ellas —dijo, muy amistosa.
—¿Cómo te llamas? —replicó casi al instante el chico.
—Eithne —respondió, aunque estaba segura de que todos en el pueblo sabían de sobra su nombre.
—¿Y tú?
—Cian. Me lo puso mi madre en honor de mi abuelo.
Eithne se aproximó hasta los pies de la atalaya que defendía el muchacho. Dudó si ofrecerle la mano para estrechar la suya. Prefirió no hacerlo. Incluso desde tan cerca, ya podía percibir el calor corporal del joven, el aroma telúrico que desprendía su piel. Los ojos eran de un marrón sólido, profundos y vivarachos. Tan llenos de preguntas…
—¿Qué haces todas las mañanas en la orilla?
—Recojo los tesoros que el mar olvida por las noches. —Rebuscó hasta encontrar la piedrita de amatista y se la mostró a Cian—. Después los arreglo y los vendo en mi tienda.
La joven hizo un gesto con el cuello y señaló una modesta construcción de madera y techumbre de turba que se hallaba al final del camino, justo donde comenzaba el acantilado.
—¿Eres la dueña del «Caparazón»?
Ella asintió, sonriente. Aquello, por supuesto, Cian también lo sabía. Como el amanecer estaba precioso —toda una rareza en esas lluviosas costas— y no deseaba regresar a sus quehaceres, decidió seguirle la corriente.
—¿No te gusta el agua? —preguntó al muchacho.
Una ráfaga de aire atrajo el aroma del salitre y el humo de turba proveniente de las chimeneas cercanas. A su paso, despeinó los cabellos oscuros del chico. Este se mordió el labio inferior.
—¿Dónde empieza y dónde termina?
Eithne miró hacia el horizonte y se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe.
—Y entonces, ¿a dónde van cuando desaparecen?
Ella lo miró extrañada, pero comprendió a qué se refería cuando Cian sacó un barquito de madera de su pequeño morral. Era algo más grande que la palma de su mano y, aunque los rojos ya lucían desvaídos en los costados, se notaba que había sido pintado con esmero. Incluso disponía de una vela de verdad, fabricada con palillos, cera de abeja y jirones de tela vieja.
—¡Vaya! Es precioso.
—Me lo hizo mi abuelo.
—¿Flota? —indagó ella. Pero al instante, al ver el gesto en el rostro del muchacho, se percató de que había metido la pata.
—Nadie lo sabe —dijo él, con sequedad. Brincó desde la roca y salió corriendo de vuelta al pueblo.
***
Transcurrieron aproximadamente un par de semanas. Durante aquel periodo, las ráfagas de lluvia gentil fueron robando el protagonismo al breve verano norteño. Eithne dedicó sus búsquedas matutinas a realizar acopio de conchas nacaradas de mejillones que después convertía en polvo de perla. El polvo lo introducía en pequeños saquitos, previamente aromatizados con humo de turba y musgo, que después vendía en el «Caparazón» a buen precio.
Aquellos quince días, trabajó bajo la atenta mirada de Cian. Con sol o con lluvia, el chico había regresado todos los días a la playa para observar su rutina.
Eso sí, no habían vuelto a cruzar palabra.
Si ella se acercaba, él la rehuía y escapaba de vuelta al pueblo. Fueron varias las veces que Eithne lo invitó a entrar en el mar; para sentir la caricia de las olas en los tobillos, para jugar a salpicarse espuma o, incluso, en los días que apretaba el calor, para pegarse juntos un chapuzón. Cian rechazó todas las invitaciones mientras fingía estar distraído, encaramado en su roca seca, jugando a que su barquito púcán surcaba el aire contra el horizonte.
A mediodía, la tienda solía estar tranquila. Los viajeros aprovechaban para tomar un bocado en la diminuta taberna del pueblo, relajarse junto a la orilla y tomar fotografías de los acantilados. El contraste con las suaves colinas henchidas de pastos resultaba embriagador. Eithne dio otro pequeño sorbo al té mientras observaba el mar inmenso desde la ventana. Adoraba el aroma de su tienda. Las estanterías de frondosa madera de pino estaban repletas de collares de cristal marino, cuencos de piedra pulida y frasquitos con arena de diferentes colores. Bajo el letrero en la entrada, «El Caparazón. Recuerdos del Mar», la enorme caracola tintineó con su dulce cacharrería. Eithne la había colgado allí a modo de avisador para los clientes, pero los chiquillos del pueblo se divertían haciéndola sonar y arrimando la oreja a su canción. Aseguraban que, cada vez, la melodía susurrada era distinta.
Por supuesto, trabajar allí, trabajar así, tenía otros inconvenientes. Los jerseys gruesos eran la prenda oficial en su región; daba igual si te dedicabas a trabajar en alta mar o paseando ovejas: la lana abrigaba contra el frío. A Eithne, no obstante, le resultaban incómodos, por el picor en la nuca y por el calor a lo largo de los brazos; un pequeño peaje que pagaba gustosa.
Con las botas y los calcetines, —de lana, cómo no—, pasaba algo parecido. Le aprisionaban las extremidades inferiores. Los percibía casi como grilletes y, siempre que no estaba en la playa, prefería andar descalza, de un lado al otro de la tienda. O sumergir los pies en un barreño de agua salada.
Eso sí era libertad.
Con un último sorbo de té, se dispuso a engarzar una cornalina. En el pueblo, las mujeres tejían bufandas a cuadros con agujas y lana. Allí, ella lo hacía con hilo de peltre. Se situó en la mesa de trabajo y se colocó unos anteojos de aumento. La música de fondo la prestaba, a pesar de la lejanía, el ensayo de la banda municipal de gaitas, que se colaba por la ventana como el silbido del viento. Le gustaba el bramido grave del roncón, tan parecido al rumor subacuático del mar, en contraposición con la melodía danzarina que solo los dedos más ágiles conseguían arrancar desde los puntales.
No llevaba ni diez minutos concentrada en su tarea cuando sonó la caracola en la entrada. La puerta se abrió despacio. Era Cian.
Eithne se despojó de las gafas y sonrió.
—¡Caracolas! Un cliente de lo más distinguido —saludó—. Bienvenido al Caparazón, caballero. ¿En qué puedo ayudarle?
—Dices que el mar devuelve cosas —soltó. Una pregunta puesta de perfil.
Eithne dejó hilo e instrumental sobre la mesa. Durante un instante, sopesó a Cian con la mirada.
—Sí, a veces.
A pesar del tiempo transcurrido, Eithne se vio transida por la nostalgia. Una sensación de desapego que consideraba enterrada bajo sus propias aguas profundas. Suspiró.
—¿Desde las piedras negras también?
El lugar al que se refería Cian se hallaba un poco más al norte, donde el acantilado se rendía al mar en peldaños traicioneros; un farallón basáltico de rocas afiladas, golpeado por el oleaje de un modo inclemente. Desde luego, no era un sitio para niños.
Eithne elevó una ceja interrogativa.
—Se me escapó esta mañana. Lo solté para ver si flotaba. —Hizo una pausa muy corta para rascarse la nuca. Amagó una sonrisa triste—. Flotaba.
Ella apartó el barreño. Sin secarse los pies, se puso calcetines y botas.
—Vamos a buscarlo —dijo.
***
El sendero hasta las piedras negras serpenteaba por la cresta del acantilado, siempre salpicado de clavelinas de un rosa vibrante y de prímulas de un amarillo pálido. Allí, tan lejos de su playa, Eithne caminaba despacio, con dificultad. El chico tuvo que acomodar sus pasos varias veces y, aunque resultaba evidente que deseaba echar a correr, no protestó en ningún momento.
—Tengo que comprarme unas botas más ligeras —se excusó Eithne.
Él respondió con un ligero cabeceo afirmativo.
Poco después, alcanzaron el final de la senda. Allí, el acantilado descendía en amplios peldaños de roca, más y menos abruptos, esculpidos por el agua a lo largo de las eras. La escalera desembocaba en una cala pequeña de arenas oscuras que se acurrucaba como un gato pardo entre las piedras.
El sol comenzaba a declinar en el cielo, tiñendo de gris y plata el manto fiero del mar. Eso no impidió que divisasen fácilmente el púcán de juguete. Estaba atrapado a escasa distancia de la orilla, en una concavidad rocosa que, con la bajamar, se llenaba de agua.
—Bueno, no está muy lejos —comentó ella, para insuflarle ánimos.
—Está dentro del agua.
—Solo un poquito.
Cian bajó la mirada y estudió con detenimiento la situación. Reflexionó en silencio durante un lapso de tiempo prolongado. Luego volvió a mirar a Eithne.
—¿Y si el agua me tapa?
Eithne sacudió la cabeza. Su melena se agitó en penachos cobrizos que trenzaban tras ella una bandera. Tan cerca del mar, volvía a la vida.
—Te llegará por aquí como mucho.
Llevó una mano hasta las espinillas de Cian.
—¿Y si me caigo?
—¿Quieres que vayamos juntos de la mano?
Era la pregunta con la respuesta más obvia y, sin embargo, Cian volvió a callar. Reflexivo y hermético. Ella aguardó con delicadeza.
—¿No te dará asco… tocarme?
Lo había dicho en una voz tan baja que a Eithne le costó desmenuzar y volver a hilar las palabras. Ella miró a Cian, cara a cara, sin comprender.
—P-Por… ¿Por qué tendrías que darme asco?
Cian corrió de nuevo la cortina del silencio. En sus ojos había estallado una galerna.
—Porque yo le tengo miedo al agua…
Lo aseguró con esa determinación tan tierna y cruda con la que expresan sus miedos los niños. Ella se agachó hasta quedar a su altura y lo buscó con la mirada. Para su sorpresa, esta vez fue Cian quien continuó hablando:
—Porque yo le tengo miedo al agua… y tú… —Tragó saliva un instante—. Tú eres una sirena.
Las piernas de Eithne temblaron sin remedio. Creyó que se diluiría hasta formar un charco y, por primera vez en su vida, agradeció el peso de las botas que la anclaban a tierra firme. De repente, la tempestad en los ojos del niño se había trasladado hasta su pensamiento. ¿Cómo lo había sabido? ¿Desde cuándo? Pensó en el Caparazón, en cuánto le había costado levantar ese negocio modesto, y en las implicaciones que tendría si se llegara a saber en el pueblo. Allí era feliz. Vivía tranquila. Eithne no quería formar parte de ninguna leyenda. Tan solo quería vivir.
El niño desvió la mirada hacia el barquito; un mohín que en Cian delataba, tan precavido como era, que tal vez hubiera hablado de más. En respuesta, ella le dedicó una sonrisa franca y una carantoña bajo el mentón. Una caricia lenta que pretendía alejarlo de sus miedos y aliviar sus cuitas. Una caricia lenta con la que Eithne deseaba anunciar una nueva amistad.
—Fíjate, Cian. —Señaló los escalones negros de basalto—. El mar dedicó milenios hasta pulir las aristas de estas piedras, tiene toda la paciencia que a nosotros nos falta. Si hoy prefieres la orilla…
—Quiero bajar contigo —anunció. Selló los labios. Miró al barquito atrapado—. Los dos, al mismo tiempo.
***
En la escalera de basalto que descendía hasta la cala, el brezo había sustituido a las flores con sus troncos nudosos. Eithne apoyó las botas en una roca cubierta de musgo resbaladizo. Hubiera caído si Cian no la hubiera sujetado con una firmeza sorprendente.
—Muchas gracias, caballero —dijo ella.
—De nada —respondió él, todo seriedad. Y, al instante, se fundieron en una risa fraternal y cristalina.
El mar batía con fuerza cuando al fin alcanzaron la cala de arena negra. Al retirarse, dejaba surcos y retales blancos de espuma sobre las rocas. El púcán seguía en su sitio, a unos cuatro metros de su posición.
Cian se quitó los calcetines y los metió dentro de sus zapatos. Estos los aparcó en la arena, a resguardo de la marea. Eithne sonreía curiosa al contemplar cómo el muchacho parecía liderar la expedición, ahora que por fin había encontrado el valor para adentrarse en el mar. Acto seguido, lo imitó y se desprendió de las botas, respirando de alivio cuando hundió los dedos de los pies en el agua. Tan fría. Tan salada. Tan perfecta.
—Estará helada —musitó Cian desde la orilla. Otra de sus preguntas camufladas.
Eithne se volvió hacia él.
—Se te pasará en un momentito.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Lo prometo.
Todavía amarrados de la mano como barca y puerto, Cian aventuró el pie derecho. Sus mandíbulas se tensaron por un momento. A través del contacto, Eithne pudo notar el escalofrío que había recorrido la espalda del chiquillo. Luego se relajó. No dijo nada. No la miró. Solo tenía ojos para ese cristal azul y frío que no cortaba.
Metió el pie izquierdo, un poco más deprisa que el anterior. El hechizo de la refracción deformaba el color y la posición de sus piernas, ahora que el agua casi transparente le llegaba por los tobillos.
—Puedo ver el fondo —dijo, con los párpados muy abiertos. Y, acto seguido, rompió a reír.
Dio otro paso. Y otro más. Eithne lo acompañó con dulzura, tratando a su vez de recordar aquella primera noche de invierno, aquella primera playa, y cómo había sentido ella la arena en sus pies.
Cuando llegaron al hueco de la roca, Cian alargó el brazo sin dudarlo y tomó entre sus dedos el barquito. La velita de tela estaba empapada; el rojo del armazón, oscurecido por la humedad. Pero estaba entero. El muchacho lo sostuvo entre ambos como un trofeo. Ni siquiera se percató del agua que chorreaba por la diminuta quilla y le corría por los brazos desnudos. Y, si se percató, tampoco le importó.
—Flota —dijo él.
—Te lo dije —respondió Eithne.
—No. Tú preguntaste si flotaba. No tenías ni idea…
La sirena sonrió.
—Tiene usted razón, caballero.
El niño colocó el barco en su mano y lo volvió a dejar en el agua. Lo hizo con suma delicadeza, con la palma abierta como quien libera a un pájaro. El púcán navegó despacio hasta la orilla, mecido por el oleaje tranquilo.
Juntos lo persiguieron a destino.
Cian salió del agua. Ella dilató ese momento todo lo que pudo. Tras secarlo con su pequeño dedo índice, el muchacho se echó sobre la arena para colocarse calcetines y zapatos.
—¿Sabes? —Señaló hacia los tobillos sumergidos de Eithne—. Tienes la piel rara. Despide brillos como de…
—¿Nácar? —quiso saber ella.
—Como de sardina —aclaró él.
—Como de sardina —silabeó ella, sujetando una carcajada.
—Sí. Y tienes en los ojos el mar. Se te ponen más azules cuando hay tormenta.
Ella se enjugó una lágrima. El sol se ponía y la conversación tocaba a su fin. Eithne se lamentó por ello.
—Has sido muy valiente, Cian. Al decírmelo.
—Lo sabía desde que te vi nadar por primera vez. Nadie en el pueblo nada tan bien.
Ella sacudió la cabeza hacia los lados.
—Me refería a lo otro. El miedo al agua.
—Ya no lo tengo —replicó veloz el joven mientras se ponía en pie.
—Me alegro mucho, caballero.
Eithne inició la penosa tarea de enfundarse las botas. Él guardó el barquito en su morral y después la observó con detenimiento, como concediéndole su espacio. Al final, quebró una vez más su silencio.
—Si se hubiera perdido en el mar… ¿A dónde habría ido?
Tal y como había hecho el día en que se conocieron, Eithne miró hacia el horizonte y se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe —respondió—. Eso es privilegio del mar. Pero ¿sabes una cosa?
El niño negó muy fuerte.
—Dondequiera que estuviese, yo habría ido a buscarlo por la noche. Dicen que el mar devuelve cosas.
Comenzaron el ascenso por la escalinata de basalto, de vuelta al hogar. El crepúsculo, sobre sus espaldas, era un lienzo de gris y plata, y de rojos desvaídos.
Carlos Calleja: Además de ser un aburrido ingeniero informático, me gusta jugar al rol, salir a correr y jugar al fútbol. Solo o acompañado de amigos, he escrito tres novelas: La Siembra de Plata, El Libro de los Elegidos y La Ceguera de Zyra (finalista 2025 Premio Ignotus a mejor novela).También soy autor de varios relatos, la mayoría de ellos publicados a cuatro manos: Fenrir, El Silencio de las Estrellas, La séptima Sección, Bosque y Arena, El Primero o Así ha de ser son algunos de los más destacados.