Botánica Oscura Avanzada

Botánica Oscura Avanzada
Fotografía de stock.

Relato de Cristina Ortas.

Tras tramitar la septuagésima tercera mil cuadragésima solicitud de préstamo de pergamino en su rol de técnico aprendiz en la biblioteca flotante, Florián tendría los puntos necesarios para presentarse al examen de acceso al cuerpo de botánicos del reino, de una categoría superior, con cierta garantía de éxito. 

Según sus cálculos, anotados cuidadosamente en su libreta y verificados cada día antes de dormir con la cuenta de la abeja (usando, en su caso, patas, alas y antenas a modo de ábaco rudimentario), no sólo estaría listo para la convocatoria, sino que, además, habría logrado superar todas las penalizaciones que se le iban a aplicar dada su condición de híbrido insectoide.

Y es que la Ley 4/106 sobre Preservación y Estudio de la Flora, publicada en el Pergamino Oficial del Reino por el Escriba Real (gran consumidor de té de semillas de amapola, creador original de Ir a la Oficina En Viernes Sin Calcetines y un hedonista descerebrado, si alguien le preguntaba), especificaba con insultante detalle que los híbridos carnívoros, en la parte de arriba de las pirámides social y alimentaria, tendrían prioridad para acceder a posiciones relacionadas con el estudio y preservación de las plantas. Todo cuanto fuera necesario para prevenir cualquier conflicto de interés en periodo de hambruna. 

¿Practicidad o discriminación? Un debate de gran polémica en su club de cerería, y también el título de uno de los pergaminos más solicitados en la biblioteca por los doctorandos insectoides en estudios de especies. Eso sí, cuando lograban alcanzar la mesa de préstamos, diseñada para los cuerpos de la casta dominante, sin que nadie les diera un manotazo.

Florián jugueteó con sus doscientas treinta réplicas esféricas de semillas de goma, colocadas sobre la mesa de la sala de estudio, y ordenadas en base a tamaño, color y rugosidad. Aunque tenía mucho a su favor para aprobar la oposición, no podía pecar de exceso de confianza. Sólo existían dos normas para los insectoides aspirantes a cualquier puesto del cuerpo mixto: estar disponibles para incorporarse al día siguiente de obtener plaza o quedar a disposición de La Luz en caso de suspender. 

Le daban escalofríos sólo de pensarlo, que no de acordarse. Porque acordarse, lo que se dice acordarse, no se acordaba de nada de después de revisar las notas de su último examen. La Luz borraba la memoria de los aspirantes fracasados, de tal forma que todos empezaran en igualdad de condiciones en la siguiente convocatoria. Y no sólo les causaba amnesia. Durante un año, los mantenía esclavos. en una suerte de hipnosis, anclados a los mecanismos de propulsión de la biblioteca y de otros edificios flotantes del reino. No todos salían vivos de allí.  

Que estas edificaciones nunca se mantuvieran a la misma altura sobre el suelo no era un fallo de un conjuro antigravedad, sino consecuencia de la fluctuación en el número y especie de los condenados: cuantos más seres alados, mayor altura –gracias a sus frecuentes aleteos–; cuantos más coleópteros, menor estabilidad –incluso hipnotizados, sus instintos les hacían inmejorables fabricando pelotas combustibles para la caldera–. Cuando los lepismátidos eran la especie dominante, como el pasado año, los edificios planeaban casi a ras de suelo. 

Si bien la desigualdad en el trato a los insectoides era flagrante, esa no era la batalla de Florián. Tras ser liberado por La Luz, había descubierto en el bolsillo izquierdo un paquete de pequeñas semillas de menos de un milímetro de diámetro, negras y con forma de castaña, y una nota manuscrita, un tanto emborronada y con mala letra, en la que parecía leerse “No importa el sufrir de hoy, sino el manjar de mañana”, con un garabato que recordaba a una estrella roja con una hoz. La guardaba siempre consigo, a modo de amuleto.

Gracias a estos objetos, así como a cierta autorreflexión tras una semana colocado con un festín de néctar de lavanda, Florián había entendido su propósito en la vida: no era un abejoide con aspiraciones revolucionarias, sino simplemente un gourmet. Y, dado que era imposible que hubiera guardado esas semillas como simple pica-pica –sus órganos gustativos todavía tenían espasmos al acordarse de ese experimento fallido–, centraría todos sus esfuerzos en hacerlas crecer para degustar lo que fuera que brotara de ellas. 

Este había sido el detonante que le llevó a aprobar las oposiciones a técnico aprendiz en la biblioteca, donde tenía acceso ilimitado a literatura especializada, como “Manual de botánica tropical IV”, “Sustratos avanzados” o el siempre resultón “Plantas, plantas, plantas: por algo hay tantas”. Gracias a estas y otras lecturas, había conseguido identificar la simiente: un híbrido entre la flor legendaria Rafflesia, conocida por sus dimensiones y supuesto olor llamativo, el también aromático lirio vudú y un simple poto, puro proletariado vegetal. 

Tras una etapa de investigación empírica, pura prueba y error, había logrado hacer crecer cuatro brotes de potorra vudú (aunque estaba mal presumir, Florián se sentía particularmente orgulloso del nombre que había atribuido a la especie). Concretamente, en la sección de Geomancia, en el baño de la hemeroteca, en la caja fuerte de los oráculos e, in extremis, en un tiesto de topitos que guardaba en su mesilla de noche. Pero toda información adicional sobre esta rara especie, incluidos los detalles sobre cómo hacerla florecer, estaba disponible en una edición del Planteméc​um de Botánica Oscura Avanzada, cuya única edición conocida pertenecía al fondo documental restringido de, precisamente, el cuerpo de botánicos: sus manos estarían atadas hasta aprobar el examen. 

–Y estás contándonos esto que a nadie le importa, ¿por qué? –susurró una joven moscoide, justo después de apartar de un manotazo las esferas de goma para hacer sitio a una torre de pergaminos ilustrados con plantas diseccionadas –. No sé si te das cuenta de que estás ocupando toda la mesa, de que, si no guardas silencio en la sala de estudio, la ley permite a los guardianes arrancarte un ala –se subió las gafas por el rostro con una pata antes de susurrar–. Y de lo perturbador que resulta que hables de ti mismo en tercera persona.

Florián se giró para mirar a la joven, que era bastante guapa. Sus cinco ojos eran redondos y brillantes; su pelo negro, encrespado, estaba sujeto de forma pulcra por una diadema. Fijó su atención en la medalla con una hoja dorada que colgaba sobre su túnica verde. Era un símbolo que conocía bien. 

—La disociación es una estrategia como otra cualquier para gestionar el trauma —respondió, un tanto molesto— Y, además, entretiene al lector —señaló hacia arriba antes de dirigirse de nuevo a ella—. No sabía que los oficiales del cuerpo botánico tuvieran que utilizar la biblioteca común para sus investigaciones. ¿Por qué mezclaros con el populacho cuando tenéis un edificio para vosotros solos?

—Hay algunos privilegios que no se aplican si el beneficiario es un insectoide —sonrió con amargura—. Pero eso ya lo sabes, a juzgar por tu ridículo discurso —respondió sin mirarle—. Y si así consigo que te calles, te ayudaré. No necesitas ningún libro: aunque no tengo ni idea de qué es una potorra vudú, sí te puedo decir que el maestro de conservación de flora antigua mantiene sus plantas en áreas de iluminación extrema. Cuanta más luz, más rápidamente florecen. Y ahora—sentenció, antes de posar una pata sobre los labios— ¡chssss!

Florián se debatió entre la frustración (tantas horas perdidas, hincando patas, que podría haber dedicado a formarse como chef, ser jurado del concurso medieval de potaje de caléndula o, literal y figuradamente, convertirse en un señor truhán picaflor) y el entusiasmo por acelerar sus planes. Ganó el optimismo, el panal siempre medio lleno. 

¿La sala de candelabros? No. La iluminación, si bien era perfecta para una cita, era demasiado sutil. ¿El despacho del armarium, que estaba de excedencia, con ventanales de suelo a techo? Tampoco. Todavía quedaban doscientas cincuenta y tres horas para el próximo ciclo solar y bastante había esperado ya. Enumeró, evaluó y descartó cada opción, hasta llegar a la misma (y aterradora) conclusión: si necesitaba potencia lumínica, la forma más efectiva de conseguirla era volver a La Luz. 

Una hora después, Florián descendía por las escaleras de caracol (que no es que se llamaran así por tener forma helicoidal, sino por su vistoso pasamanos, elaborado con las cáscaras de quinientos mil cuatrocientos héroes viscosos que sucumbieron valientemente en la plaga de acariosis), cargado con un antifaz estampado, tapones para los oídos, orejeras, pinzas para la nariz y las antenas, y una pequeña maceta de topitos.

Al llegar a su destino, se equipó con ese kit de privación sensorial (que se parecía sospechosamente a su kit anti insomnio, pero era lo mejor que había encontrado para prevenir un borrado de memoria exprés) y, a ciegas, arrastró una pata por la puerta en busca del picaporte metálico. Tardó una humillante cantidad de tiempo en dar con él, probando, contra todo pronóstico, que la falta de sentidos no agudiza ningún sentido. Por fortuna, la falta de testigos le permitiría adornar la hazaña cuando escribiera sus memorias.

Apretó el pomo y abrió la puerta metálica. Guiado por una sensación de calor, cruzó el umbral y avanzó, paso a paso, hasta la esfera incandescente de La Luz. En su trayecto hacia el orbe, chocó con distintos cuerpos que no podía ver. Algunos de ellos, todavía calientes, salieron de su trayectoria tras la primera colisión. A otros, fríos y viscosos, tuvo que apartarlos con el pie para poder avanzar. Cuando notó que la fuente de energía llegaba a una intensidad abrasadora, se detuvo. Depositó el tiesto de topitos en el suelo y esperó. Un rato. Y un rato más. 

Y otro, y otro. Esperó el rato más largo, larguísimo que, en la humilde opinión de Florián, jamás hubiera esperado nadie. Tanto, que hasta le dio tiempo a canturrear, con afinación y ritmo cuestionables, todos los duetos de cítara y acordeón que estaban tan de moda en el reino, con poéticos versos sobre glúteos, sustancias inflamables y objetos brillantes que los jóvenes denominaban “blin blin”. Y siguió esperando. 

Momentos antes de aceptar el fracaso, el suelo de la habitación empezó a temblar: como cuando la hermandad de hormigoides aplaudía, de forma coordinada, los chistes malos de su presidente, aunque de forma más siniestra. Tras las primeras sacudidas y un instante de quietud, Florián se vio envuelto en el epicentro de un pogo que no podía ver. A consecuencia de un empujón particularmente violento, sus pinzas anti-olfativas salieron despedidas al suelo.

El olor más nauseabundo jamás experimentado por la insectidad inundó sus orificios: una mezcla de carne podrida, excremento y chinche adolescente con problemas de higiene, aderezada con trazas de cóctel de gambas con anisakis. Le subió una arcada, detalle que tampoco pensaba incluir en su biografía, y decidió que más valía una retirada a tiempo: ser hipnotizado por La Luz era el menor de sus problemas. 

Florián dio un tirón al antifaz y lo arrojó al suelo, preparado para recoger la planta y salir por la puerta sin mirar atrás. Contó hasta tres, porque siempre hay que contar hasta tres antes de hacer cosas importantes, y abrió los ojos para buscar su maldita maceta. Pero, en su lugar, encontró una maceta maldita: una espantosa flor roja de un metro de diámetro y pétalos rugosos se desbordaba masivamente del tiesto fracturado; y, del disco central de la flor, emergía una hoja envuelta de color granate oscuro, rodeada por una corona exterior de hojas verdes con manchas amarillentas. Comprobó, horrorizado, que la potorra vudú era el origen del hedor. 

Mientras, el caos reinaba en la estancia, puro esperpento. Cientos de moscoides se arrodillaban, la cara desencajada, para salivar frente a la planta. Los coleópteros se miraban las patas, horrorizados, tras darse cuenta de que habían estado modelando pelotas con cadáveres de otros insectoides. Lepidópteros y libeluloides agitaban las alas con indignación mientras discutían un plan entre arcada y arcada. Los hormigoides, siempre un equipo, se organizaban pulcramente en fila india. A su lado, los ortópteros, himenópteros y hemípteros, desorientados, se movían con movimientos erráticos. Todos ellos, libres del hechizo de La Luz. 

Hay momentos definitorios en la vida de un insectoide y Florián supo con certeza que este era uno de ellos. Podía volver a su habitación, fingir que las últimas horas no habían existido y seguir con su día a día intrascendente. O, por contra, asumir que el Florián del pasado no era un gourmet, sino un revolucionario con un plan, y avivar una revuelta que podía cambiarlo todo. Y, no menos importante, llevarle a besar bebés, cortar cintas de seda con tijeras extra-grandes, autografiar partes del cuerpo en cada aniversario del Día de Liberación e incluso invitar a salir a la joven moscoide que le había increpado en la biblioteca. 

Se metió la mano en el bolsillo, donde encontró su pequeño amuleto de pergamino. Lo desdobló para leerlo una vez más: “No importa el sufrir de hoy, sino el manjar de mañana”. Tomó una decisión. 

–¡Nunca más seremos esclavos de La Luz! –gritó Florián, el tórax erguido y la pata levantada – Hemos sufrido bastante, pero esto acaba ahora –pausó antes de añadir –¡Hoy crearemos un nuevo mundo en el que, por fin, seremos libres! ¡Seguidme!

O eso es lo que luego contaría a sus conocidos. 

En realidad, sonó más bien así:

–¡He venido a liberaros! –chilló Florián antes de taparse la nariz con una pata para mitigar el olor–. Pero a liberaros poco a poco, ¿vale? –aclaró– No queremos que la biblioteca se estrelle contra el suelo.

Y así fue como, por accidente, Florián y su monstruosa potorra vudú desencadenaron la Revolución Inséctida de la que tanto se cantaría en las tabernas. Y que, de forma colateral, obligó a los ingenieros de nubes y flotadores a evolucionar su tecnología. El abejoide se convirtió en el héroe del reino, defensor ante las injusticias, reconocido estratega y ejecutor de un plan de liberación sin fisuras (sin contar las del tiesto de topitos, que no había podido aguantar el crecimiento explosivo de la planta, pero no era el momento de ponerse tiquismiquis). 

También sería recordado por otras hazañas, como la creación de especies experimentales de botánica oscura avanzada (como la potorraja, la potorranda y el potorrillo vudú, cruces de su semilla maldita con la borraja, la lavanda y el tomillo, respectivamente, en su obsesión por conseguir una flor gigante que sí fuera apetecible), así como varios atentados contra el aire respirable. Y es que tras el revolucionario, siempre existiría el gourmet. Pero esta es una historia para otra ocasión.


CRISTINA ORTAS (Barcelona) es una licenciada en periodismo y diplomada en dirección de cine que trabaja en comunicación y relaciones públicas desde hace más de una década. Entre sus mayores hazañas se incluyen un corto premiado en el que destruyó el universo, haber residido durante un año en la Residencia de Estudiantes de Madrid y que los dos gatos más increíbles hayan escogido ser sus compañeros de piso.

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