Napoleón, Daenerys, Buzz Lightyear... O un conejo
Es legítimo, en toda historia, preguntarse qué había al principio. ¿De dónde salió el héroe? ¿Qué hacía en un barco rumbo a Ítaca? ¿Por qué iba a cruzar la Mancha con una baciyelmo en la cabeza? Toda historia es posible porque existe un inicio, aunque este no se narre en ella o se conozca después. Dicho de otro modo: todo héroe (y todo villano) actúa en unas coordenadas delimitadas por un sistema de valores que le precede, y según el que evaluamos sus éxitos y sus fracasos. Ya se proponga hacer justicia, servir a una causa o salvar a otros, el héroe lo es porque es consciente de su propia existencia en esas mismas coordenadas en relación con la de otros. Un héroe que no piensa más que en sí mismo no es un héroe.
Sin embargo, para que el héroe exista, ha tenido que antecederle otra figura con una autoridad aún mayor que la suya: la del líder moral, político o espiritual que, décadas o incluso siglos antes, ha establecido quién es el nosotros en relación con el cual el héroe mide sus hazañas. Ni que sea a título simbólico, ese líder o caudillo se ha erigido en símbolo de esas coordenadas y, al mismo tiempo, ha contribuido a establecerlas. La sorpresa que experimenta el lector es mayúscula cuando, al empezar a leer Auge y caída del conejo Bam (Anagrama), de Andrés Barba, se da cuenta de que está probablemente ante una de las mejores historias sobre caudillos jamás publicadas. ¿Su singularidad? La protagoniza un conejo.
La lección de Esopo
Desde Esopo, los animales han servido para ilustrar los defectos, debilidades y vicios de los seres humanos, que a menudo se reconocen mejor en el espejo de feria que es una fábula que en los relatos realistas: es más fácil burlarse de la liebre engreída que menosprecia a la esforzada tortuga que reírse a carcajadas de un tipo que podrías ser tú. Mención de honor merece Rebelión en la granja, de George Orwell, porque, de nuevo, es más fácil aparcar las reticencias que uno pueda tener a abrazar ciertas críticas cuando quien pervierte la revolución es un cerdo corrompido, y no un hombre que, en un inició, enarboló una bandera que también nosotros hubiéramos sostenido con gusto.
Sin embargo, la novela de Andrés Barba tiene la vocación de explicar algo mucho más primario que una revolución. Ese algo es la construcción de una identidad que pueda sostener la lucha fundacional de una comunidad. En ese sentido, Auge y caída del conejo Bam es el equivalente a un Génesis político sobre el nacimiento de un pueblo.

Bam es un profeta antes que un gerifalte; tiene más de Moisés que del Napoleón de Orwell, aunque Bam no es un emisario de un ente divino ni proclama que la fuente de su autoridad sea un poder superior. Bam es Bam, y a lo largo de las páginas del libro emerge una advertencia que no hay que pasar por alto. Probablemente lo que define mejor el liderazgo de Bam es su capacidad de crear una realidad (un mundo) a través de la palabra. Esto es: la verdad, para los conejos súbditos y devotos, es la que proclama Bam. Volveremos después sobre ello.
«Bam estuvo aquí, nos creó, nos liberó»
Auge y caída del conejo Bam narra la eclosión social de un grupo de conejos en su conquista de la Gran Madriguera, hazaña no exenta de guerras sin cuartel, enfermedades, fornicio y muerte. Ya en sus primeras páginas, Barba retrata con maestría los dos resortes sobre los que se fundamenta toda identidad colectiva: la conciencia de la existencia individual, de un lado, y el convencimiento de que esa existencia es conceptualmente inseparable de la pertenencia a un grupo.
Para lograr lo primero, basta con algo tan sencillo como un nombre: antes de conocer a Bam, nuestro narrador, Copito, no era nada más que un conejo que habitaba una pradera donde fue abandonado, como se repite casi a modo de mantra a lo largo de toda la novela, por parte de aquellos que sin duda lo querían (o sea: sus dueños humanos). Bam encontró a Copito y le pidió que hallara en su interior su propio nombre, del mismo modo que hizo con el resto de conejos. Y eso, cuenta Copito, fue «solo el comienzo del comienzo». «No hace falta jurar que somos una raza triste, pero Bam estuvo aquí, nos creó, nos liberó», añade.
Lo que no se nombra no existe (no de forma separada al resto de cosas), y por eso es importante tener un nombre. El nombre, la palabra, da al individuo su lugar en el mundo. Tal vez lo que viene a continuación es siempre la lucha (no necesariamente contra los otros, pero sí contra la naturaleza, contra los instintos y contra las bajas pasiones), pero en el inicio de la civilización está siempre el lenguaje, porque el lenguaje es la luz que alumbra a los demás. Y eso, ¡ay!, da mucho miedo: «La ansiedad se apoderó de todos cuando se supo que estábamos dando nombres, poco importaba que nadie supera qué era un nombre ni cómo se daba, mucho menos nosotros», relata Copito. El miedo y la violencia son, en realidad, los bueyes con que Bam ara el destino de esa raza que, al ser proclamada, cierra el círculo de la configuración de la identidad colectiva de los conejos. Todo está listo para la conquista, o para la guerra.
La literatura fantástica es un banco de pruebas idóneo para experimentar con estos conceptos. Toy Story, la gran fábula del cine animado, es otro buen ejemplo de ello: la causa de los juguetes, su triunfo en todos los periplos a los que se enfrentan a lo largo de la saga, solo es posible porque tienen plena conciencia del lugar que ocupan en el mundo. En el suyo, en el de los juguetes, y en el de los humanos.
Las coordenadas están claras. El espectador tiene ocasión de ver cómo Buzz Lightyear se sitúa en ellas cuando reconoce, al ver un anuncio en televisión, que no es un astronauta; que Zurg no existe, o existe pero no es el auténtico villano de la historia. «¡Ser un juguete es mucho mejor que ser un guardián espacial!», lo anima Woody. Nótese la paradoja: cuando Buzz acepta su identidad, el grupo al que de verdad pertenece, es cuando tiene ocasión de convertirse en un verdadero héroe. Y lo hace ayudando a los suyos, a los demás.
¿Un conejo fascista?
El caudillo es, pues, quien anuncia y afirma la existencia de un pueblo, un colectivo y, en definitiva, de un mundo. Es condición de posibilidad para el héroe, del mismo modo que lo es el conflicto al que este se enfrenta y la encrucijada que afronta tarde o temprano al tener que elegir entre el interés individual o el colectivo. Como ya hemos dicho, el héroe nunca lo es de sí mismo, lo cual es un recordatorio entusiasta de que incluso a los más individualista les es imposible soslayar las más elementales reglas de juego de la virtud. El hombre es, a fin de cuentas, un animal social (como el conejo).
Sin embargo, y eso también lo advierte Barba en Auge y caída del conejo Bam, todo gran líder es siempre un dictador en potencia, en el mejor de los casos, y en acto, en el peor de ellos. George R.R. Martin (o HBO) ilustró a la perfección el arco del líder redentor convertido al totalitarismo con Daenerys Targaryen, quien pasó de romper cadenas y liberar esclavos a protagonizar desfiles y ordenar ejecuciones al más puro estilo del Tercer Reich. Otro aviso: ese auge y esa caída dejan siempre tras de sí un poso, el del mito. Es lo mismo que le ocurre a Bam, y aquí es donde hay que procurar levantar un cortafuegos para evitar que una historia con blancos y negros se convierta en gasolina de un motor político con rumbo averiado.

Pero, ¿es Bam un dictador? Teniendo en cuenta cómo se desarrolla la novela, no parece que plantear esta pregunta en estos términos sea congruente ni adecuado a su marco de reflexión. Pero Auge y caída del conejo Bam sigue siendo una fábula, y por eso no hay que pasar por alto las advertencias que deja. En particular, sobre los líderes carismáticos y los populismos.
Decíamos antes que el rasgo que mejor describe el liderazgo de Bam es su capacidad de definir la realidad en la que operarán el resto de miembros de su grupo, raza o nación, y sin necesidad de tener que recurrir a un ente superior que lo justifique. Hay que recordar que ese es uno de los rasgos que definen a los líderes totalitarios, tal y como expone Federico Finchelstein en Breve historia de la mentira fascista. El líder fascista encarnaba la verdad, era su única fuente. Para él, escribe Finchelstein, «la verdad era un secreto revelado en y a través del poder». Cuidado, pues, con las historias de pueblos que se hallan a sí mismos y extraen de esa identidad una misión profética. Fue Mussolini quien escribió que la gran hazaña del fascismo había sido convertir a un grupo de personas en un «pueblo consciente».