¿Se puede hacer teatro fantástico?
Teatro fantástico, Hamnet y Stranger Things.
Me han preguntado con frecuencia en eventos de dramaturgia si es difícil o directamente factible llevar los géneros fantásticos a escena.
Esta duda está relacionada con la creencia generalizada de que la fantasía o la ciencia ficción requiere grandes efectos especiales y decorados como naves espaciales, duelos sangrientos de espadas láser, poderosos magos que pueden hacerte volar por los aires con un golpe de bastón, arácnidos gigantes que engullen a los protagonistas o edificios que se derrumban en un apocalipsis zombie. Estamos tan acostumbrados a encontrar todos esos elementos representados en el mundo audiovisual de forma explícita y realista que parece que ya no somos capaces de concebir algo distinto.
El mundo audiovisual ha crecido tanto en la dirección del espectáculo de luces y fuegos artificiales de inversiones millonarias, que ha olvidado lo más importante: la imaginación. Por suerte, este sigue siendo el elemento característico del teatro.
La suspensión de la incredulidad, esa capacidad que permite a un lector o espectador adentrarse en el terreno de la ficción en cualquier obra de arte, es esencialmente la clave del teatro. No existe otra forma de entenderlo.
El espectador llega, se sienta en la butaca roja, y observa lo que sucede sobre un escenario. Mientras se zambulle la historia, nunca deja de tener presente el borde del escenario por el que podrían caerse los actores, las tablas de madera que en ocasiones crujen, las cortinas de bambalinas por las que entran y salen los intérpretes, la recolocación de atrezzo por parte de los regidores, el micrófono colgando de la frente de los artistas de musical, o los focos colgados del techo que se encienden a voluntad para iluminar exactamente el metro cuadrado bajo el que se declamará el monólogo principal.
Lo que en otros formatos podría considerarse un error de forma, en el teatro es una virtud. La experiencia teatral se convierte en un ritual sagrado entre la compañía y el público, un delirio colectivo en el que una sala repleta de gente está dispuesta a creer lo que le muestren y le digan sobre las tablas.
Y en este poderoso ritual de suspensión de la incredulidad es donde sucede la magia, porque en el momento en que empezamos a creer, podemos creer en cualquier cosa.
Con solamente un sofá y una mesita destartalada, el espectador puede creer que se encuentra en el salón de Nora de Casa de Muñecas; un fragmento de barandilla nos hace imaginarnos el balcón de Julieta en su historia de amor prohibido con Romeo; una sola mención nos explica que Antígona se encuentra prisionera en una cueva; un tenue candelabro nos sitúa en el palacio del príncipe Hamlet; y una iluminación tenue y espectral nos hace imaginarnos el cementerio de don Juan Tenorio. Estamos dispuestos a creer.
¿Y si puedo imaginar la celda de Antígona en una cueva subterránea de la ciudad de Tebas en medio de un teatro del Eixample de Barcelona por qué no puedo imaginar de la misma manera la celda de Andor en el planeta Narkina 5 de La guerra de las galaxias? ¿Si puedo imaginar que estoy en el opresivo salón de Bernarda Alba no podré también imaginar que estoy en una cámara de una nave espacial rumbo a un planeta desconocido? ¿Si puedo imaginar que los actores que se presentan sobre las tablas son soldados veteranos de Normandía por qué no puedo imaginar también que tienen poderes mágicos que les permiten ver el futuro o leer las mentes de los otros?
Es precisamente en el arte teatral y en ese ritual con el público donde las limitaciones técnicas pasan a un segundo plano, para dejar espacio a la imaginación y a la fantasía que supone adentrarse en la ficción. Cuando me preguntan si el teatro fantástico es demasiado costoso, (si es irrealizable), parten de la creencia de que los efectos especiales requieren muchos fondos, lo cual es cierto, pero se olvidan de que en el teatro no los necesitamos para creer (o crear).
Por otro lado, muy pocos parecen darse cuenta de que las obras más aclamadas de la historia son, de hecho, de género fantástico: Hamlet (1623), escrita por el icónico dramaturgo William Shakespeare, contiene la aparición sobrenatural del fantasma del padre de Hamlet; mientras que su Sueño de una noche de verano (1595) se utiliza una poción de amor para que los personajes se enamoren de la primera persona que vean al despertar; en La vida es Sueño (1635), de Calderón de la Barca, toda la trama gira en torno a una profecía fatal; El Fantasma de la Ópera (1910) tiene como protagonista un ser oscuro fantástico; a Don Juan Tenorio (1844), de Zorrilla, se le aparecen los fantasmas de sus víctimas para atormentarlo.
Es curioso, pero nunca me han preguntado si Shakespeare es demasiado costoso o poco factible para llevarlo a la escena. Quizá existe una creencia contradictoria, a la que podemos llamar Paradoja del Espectro (o del Teatro Fantástico), que funcionaría de la siguiente manera: “el teatro fantástico es irrealizable, pero tengo entradas para ver al espectro de Hamlet”.
Me toca especialmente el ejemplo de Hamlet estos días por dos motivos: el primero sería mi insólita experiencia trabajando en La nit dels mons, adaptación (más) fantástica de Hamlet en el Teatre Tantarantana en noviembre de 2025.
El segundo y más reciente es el estreno de la película de Hamnet (dirigida por Chloe Zhao), una adaptación de la novela de Maggie O´Farrell. Esta película sobre el duelo es para mi gusto excesivamente melodramática, pero tiene un final metateatral que creo que compensa todo lo demás. Los últimos quince minutos son un homenaje al dramaturgo británico y al poder transformador y terapeútico del arte sobre las tablas.
El encuentro del espectro (interpretado por el mismo Shakespeare en esta adaptación) con su hijo Hamlet (en honor a su fallecido hijo Hamnet) hace posible una despedida que, por la distancia, había sido imposible. Un error que había quedado instalado en el corazón del dramaturgo y que ahora es capaz de vivir en escena.
Para Agnes (la protagonista y madre del niño), la escena de la muerte del príncipe ante ante un teatro The Globe completamente lleno de londinenses compungidos que lloran la lleva a una catarsis propia de las grandes tragedias clásicas. Es el momento en el que finalmente ella, que hasta el momento había estado dolida por la absorbente pasión que aparta a William de su familia, por fin comprende el poder transformador del arte.

Porque el teatro, más allá de la calidad de la pintura tosca sobre los decorados de madera, o del maquillaje blanquecino y pegajoso sobre la cara del actor que hace de espectro, es la culminación del ritual liberador de las emociones tras la experiencia traumática. Y creo que ese es el mejor mensaje que podía tener la película. (Por otro lado, he descubierto estos días que esa final metateatral no existe en la novela, así que supongo que es uno de los ejemplos en los que la adaptación supera al original).

Pero volvamos al comienzo de este artículo, ¿es el teatro fantástico factible? Yo elijo creer que sí, como dicen en la temporada final de la serie Stranger Things. Porque el teatro no necesita grandes medios, decorados millonarios o vestuario lujoso, solo necesita un grupo de personas dispuestas a creer en la ficción que se les presenta.
Stranger things es otra historia que tiene una reciente adaptación teatral en el teatro Phoenix de Londres y a la que tuve la suerte de asistir en enero. Si bien en este caso es un ejemplo contrario, porque precisamente es una producción con abundantes medios, hay que saber utilizarlos. (Hice un vídeo de mi experiencia viendo esta obra).
En esta producción sobre la historia de Henry Creel había efectos especiales, actores volando, infinidad de decorados, pero nada de eso servía si el público que estaba en aquellas butacas no estaba dispuesto a suspender la incredulidad para pensar que nos encontrábamos en el instituto de Hawkins, aceptar que el chico que se erguía sobre el escenario podía leer las mentes a su alrededor y creer que se encontraba ante la decisión más complicada de su vida (convertirse en Vecna).

Pero si algo ha quedado claro tras miles de representaciones y versiones de obras de Shakespeare, es que no importa si es una gran producción de Hamlet con un presupuesto millonario y la construcción de un verdadero palacio para el príncipe sobre el escenario para declamar los versos, o una versión humilde en una sala pequeña de Caja Negra en el Paral·lel con el único atrezzo de una copa y un florete; pero ninguna de las dos versiones le resta un ápice de verdad al "¿Ser o no ser? Esa es la cuestión".
Todavía recuerdo con mucho cariño la producción de la obra Cuatrocientas que hicimos para la Noche de Teatro del Festival Celsius 2024, momento en el que conseguimos entusiasmar, hacer reír y convencer a un centenar de personas de que los bucles temporales existían con únicamente tres actores y tres sillas plegables.
Y ahí está la capacidad única del teatro frente a otras formas de arte: que puede tener todos los medios y el artificio, pero en esencia solo necesita la imaginación. Así que, me gustaría transformar la pregunta “¿se puede hacer teatro fantástico?” en otra: ¿acaso no es fantástico imaginar?