Los otros infiernos del 'dark academia'

Los otros infiernos del 'dark academia'
Créditos: @helloaesthe (Pexels)

No, este no es otro artículo para explicar qué es el dark academia. Desde que las faldas de cuadros se pusieron de moda en Tumblr y Pinterest se llenó de estanterías de libros viejos, tableros de ajedrez y cartas escritas a la luz de una vela, Internet se ha entregado a fondo a la tarea de teorizar acerca de este subgénero y de determinar, desde una aproximación eminentemente estética, cuáles son sus fronteras. Una simple búsqueda del término en Youtube arroja una nada desdeñable cantidad de vídeos que explican qué vende esta etiqueta: historias sobre el mundo de la academia protagonizadas por personajes moralmente grises, en las que la búsqueda del conocimiento (y sus perversiones) tiene un peso relevante en la trama. Por lo demás, recomendar a la competencia está mal, pero si la competencia es Daniel Pérez Castrillón (@Mangrii), entonces podemos saltarnos las convenciones e invitar a los lectores a leer su lista de las obras que han hecho fortuna bajo este término, y que suele encabezar, por cronología y méritos, El secreto de Donna Tart (1992).

Porque este, insistimos, no es un artículo sobre el dark academia. Es, tal vez, una invitación a reconsiderar este subgénero desde una perspectiva que vaya más allá de túnicas flotando entre la bruma y listas de reproducción con sucedáneos de Chopin, y que ahonde en su potencial como versión gótica de la bildungsroman o novela de aprendizaje.

¿Por qué nos seduce el dark academia? Probablemente, porque nos recuerda que incluso algo tan puro como la búsqueda del conocimiento despierta pasiones que, paradójicamente, anclan al más sabio de los sabios a su condición falible y de mortal; nos seduce porque quién no ha soñado con pasar una noche entera en una biblioteca intentando resolver un misterio cuya clave está en una traducción apócrifa, y porque quién no ha querido abandonarse a la fantasía de dedicar su vida a la academia desde la (posiblemente) más cómoda posición de tener un trabajo con una jornada laboral que termina al salir de la oficina.

Todos estos son tropos universales, y por eso hay que reivindicar el potencial del dark academia como campo fértil para historias conmovedoras, sean comerciales o no. Tratar de construir una teoría sobre un fenómeno online que el mercado ha tratado de monetizar no es nunca la mejor de las ideas, pero a veces no queda otra que hacer de la necesidad virtud.

De Babel a Catábasis

Seguramente ha sido la publicación de la esperada Catábasis de R. F. Kuang lo que, en los últimos meses, ha vuelto a poner el dark academia en el foco. Babel, de la misma autora, también se cuenta en las cada vez más concurridas filas de este subgénero. Tanto en Catábasis como en Babel, la acción se desarrolla en un campus universitario. El conocimiento académico tiene un peso relevante tanto en la construcción del mundo como en el sistema de magia. Sin embargo, el conflicto político (y colonial) en Babel eclipsa —de forma merecida, y seguramente buscada— las implicaciones temáticas de ubicar la historia en un entorno de este tipo.

Dicho de otro modo: el campus, el profesorado y los alumnos del Oxford de Babel están ahí para hacer evidentes unas relaciones de poder que trascienden la discusión sobre quién tiene más talento, quién una idea más original y quién más posibilidades de publicar en una revista de prestigio. Babel es una historia sobre la represión, la violencia y la lucha armada (pese a que en la contraportada del libro, al menos en su edición en castellano, alguien tuvo a bien usar el elegante eufemismo revuelta estudiantil). En Babel, tiene todo el sentido que la carrera académica quede reducida a un mero capricho intelectual cuando lo que está en juego son los derechos humanos, cuando lo que se cuestiona no es el funcionamiento de un microcosmos como lo es una universidad, sino una sociedad entera y —más importante aún— su modelo económico.

No es ese el caso de Catábasis, donde Kuang eligió experimentar con un universo que empieza y acaba en el campus. Catábasis es, pues, la novela de dark academia por excelencia. Su mero punto de partida hará salivar a quienes hayan descubierto que, bajo esta etiqueta, se puede dar rienda suelta al placer culpable de paladear cierto elitismo intelectual sin —perdón por la crudeza— tenerse que sacrificar excesivamente para alcanzarlo. No hace falta haber leído a Kant, saber de geometría no euclidiana o recordar qué eran las siglas Q. E. D. en Lógica para disfrutar de Catábasis: solo hace falta un poco de fe, y dejarse llevar.

¿Elitismo?

Hay que dejar claro algo: el dark academia es, per se, un subgénero pedante, y eso es algo con lo que no todos los lectores estarán dispuestos a transigir. Las reseñas más duras sobre Babel en Goodreads son de lectores que protestan sobre sus (argumentalmente) innecesarias notas al pie. Es esta una licencia literaria que solo tiene sentido si se entiende como lo que es: un alarde. Todo alarde es innecesario, y este está dirigido a complacer ese apetito por el detalle que no está ahí porque sea imprescindible, sino para demostrar competencia.

Kuang es académica. Es lícita la pregunta de si se le debe pedir a un académico que deje de serlo cuando ejerce de novelista. La cuestión, sin embargo, no es esa. La cuestión es si aceptamos como convención del género algo que, en cualquier otra circunstancia, tacharíamos de infodumping. Al respecto, pueden esgrimirse argumentos en contra y a favor. Ahora bien, hay que tener en cuenta que las convenciones existen en la mayoría de géneros y que, además, su uso suele funcionar como mecanismo metaliterario. También el prólogo del Quijote puede parecer innecesario si no se tiene en cuenta, específicamente, ese punto de vista.

Pero volvamos al asunto. Catábasis: Alice Law y Peter Murdoch, dos estudiantes de posgrado en Cambridge, bajan al infierno para rescatar de ahí a su tutor, el catedrático Grimes. El precio a pagar para emprender ese viaje es la mitad de lo que les queda de vida. Ni más, ni menos.

Quienquiera que haya alzado disconformemente la ceja al leer que el dark academia es un género que busca satisfacer cierto elitismo intelectual puede ya bajarla: Law y Murdoch deciden que la posibilidad de traer de vuelta a su tutor para poder entregar su tesis (y conseguir una plaza en algún departamento de Magia Analítica de renombre) vale más que cualquiera de las cosas que podrían hacer con los años a los que renuncian por estar un paso más cerca de los que prevén dedicar a su carrera académica. Pareja, familia, hijos, amigos. Lo mundano no importa. Lo mundano perece y la verdad permanece, y por eso la forma más fácil de jugar a ser Dios es encomendarse a fondo perdido a su búsqueda.

A lo largo de 650 páginas, Kuang alterna la travesía por el infierno con episodios sobre la vida de Law (y en menor medida, de Murdoch) en Cambridge y su relación con Grimes, que encarna de forma casi caricaturesca al catedrático cuya genialidad (o sobrevalorada apariencia de competencia) disculpa su baja catadura moral a ojos de la sociedad. El abuso de poder, la vocación o la precariedad son algunos de los temas que atraviesan la historia de dos rivales que lo son más por malentendido que por convicción.

Expandir las narrativas

Lo mejor de Catábasis no es ni la travesía por el infierno (que en ocasiones resulta tediosa, y en otras poco relevante), ni la psicología de unos personajes que no son especialmente complejos. Lo mejor es, en opinión de quien escribe, la visión que ofrece sobre lo que significa querer algo sobre todas las cosas, con un fervor que disuelve cualquier miedo a lo que haya que perder o sacrificar para conseguirlo, incluida la propia identidad. Kuang ha hecho un retrato magistral de esta lucha. Catábasis es la novela dark academia por excelencia, pero Catábasis ya ha sido escrita. Es hora de ir más allá y evitar que el potencial del subgénero se pierda en una estética bonita, de un lado, o en repetir fórmulas ya ejecutadas, de otro.

A partir de ahí, proponemos un ejemplo que, eso sí, debe partir de una advertencia. El dark academia es lo que es: es pasión por el saber, el arte y la disciplina, es querer participar de lo universal y, por extensión, de lo divino y lo eterno. Si la crítica al subgénero lo es a lo que deriva de ese punto de partida, quien la formule debería plantearse ir a otra parte de la estantería en la biblioteca o en la librería. Hecha esta advertencia, el ejemplo de que es posible devolverle la pelota a los departamentos de marketing e intentar aprovechar lo que nos ha dado Internet para hacer algo más con ello se halla en una obra que, cumpliendo todos los clichés de la etiqueta, es muy, muy anterior a ella. Se trata de El juego de los abalorios, de Hermann Hesse (1943).

Sí, Hesse escribió dark academia

En El juego de los abalorios, Hesse escribió sobre una orden imaginaria consagrada al conocimiento arraigada en una provincia, Castalia, donde existe un centro de estudios dedicado a conseguir la excelencia en el arte y el saber humanístico. El final de El juego de los abalorios plantea un horizonte interesante sobre hacia dónde pueden mirar también las historias de dark academia que que, pudiendo explorar las contradicciones del alma humana, corren el riesgo de quedarse en historias pretenciosas sobre los más listos de la clase.

De algún modo, Catábasis ya da un paso en ese sentido en sus ultimísimas páginas. Es un paso discreto, feliz. En el caso de El juego de los abalorios, es mucho más tenebroso y arrollador, porque el dark academia también puede ser, además de un mapa de los anhelos por trascender, una radiografía de aquello que se pierde por el camino. Peter y Alice sacrificaron (con matices) la mitad de su vida. ¿Qué ocurre cuando lo que se sacrifica es la vida entera, cuando alguien alza la vista desde sus libros y se da cuenta de que ninguna de las armas que le da el saber le sirve para protegerse del mundo?

Quizás no hace falta bajar al infierno para ver cómo un alma se consume entre las llamas de la vocación, la obsesión o la ambición. Quizás ya lo haya hecho Kuang, y quizás, en realidad, ni siquiera a ella le hacía falta, porque las mejores páginas de Catábasis no son las que suceden en el inframundo, sino en los otros infiernos de sus protagonistas.