Hacia las estrellas (o no): una breve historia de la ciencia ficción
—Ahora hay luces en la ciudad —le digo— y no nos tapan las estrellas.
—Hay muchísimas menos que antes. Los niños de hoy no tenéis ni idea de cómo era el resplandor de las luces de la ciudad, y no hace tanto de eso.
—Yo prefiero las estrellas —respondo.
—Las estrellas son gratis. —Se encoge de hombros—. Yo preferiría tener otra vez las luces de la ciudad; cuanto antes, mejor. Pero las estrellas podemos permitírnoslas.
La parábola del Sembrador (Octavia Butler, 1993)
El día 2 de enero es el Día Nacional de la Ciencia Ficción en Estados Unidos, en honor a la fecha de nacimiento del escritor Isaac Asimov. El autor de la novela Fundación (1951) es considerado uno de los tres padres de la ciencia ficción junto a Robert A. Henlein y Arthur C. Clarke, aunque La máquina del tiempo de HG Wells se publicara en 1895, Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne en 1870, y Frankenstein, de Mery Shelly, en 1818, convirtiéndose en la primera obra de dicho género literario de la ciencia ficción: una historia en la que un descubrimiento científico (la electricidad) se utiliza de manera novedosa para reanimar un cuerpo sin vida. (1)
Así que, ¿quiénes son estos escritores que siempre se mencionan en la historia de la ciencia ficción y de qué fueron padres? Isaac Asimov fue un profesor de bioquímica, escritor y creador de las míticas leyes de la robótica en un relato de 1942, además de editor de otras 500 obras; Robert A. Henlein fue ingeniero aeronáutico y el autor de Tropas del Espacio (1959); y Arthur C. Clarke, físico matemático y caballero inglés, autor de La ciudad y las estrellas (1956), además de coguionista junto a Stanley Kubrik de 2001: Odisea en el espacio.

No es casualidad que los tres alabados escritores fueran también científicos porque en la llamada “edad de oro de la ciencia ficción” que abarca de los años 1930 a los 1960, las obras publicadas del género fueron, en esencia, textos especulativos sobre máquinas futuristas plausibles con todo lujo de detalles técnicos y teorías que solo podía escribir alguien con gran conocimiento técnico. Nacía entonces lo que ahora se conoce como ciencia ficción dura (o como he escuchado decir alguna vez a la escritora Caryanna Reuven: “porno para ingenieros”).
Las obras literarias no tienen sentido sin su contexto histórico así que veamos en qué circunstancias se escribieron estas obras tan detalladas:
Tras la Segunda Guerra Mundial, la sociedad anglosajona vivía en un contexto de Guerra Fría, de Carrera espacial y de extrema competitividad técnica con la URSS. No es casualidad que esta época dorada de la ciencia ficción coincida con la fundación de la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio, 1958) en Estados Unidos, el lanzamiento al espacio por parte de la Unión Soviética del primer satélite Sputnik (1957), la llegada del astronauta norteamericano Amstrong a la Luna (1969) o la firma en la Asamblea General de las Naciones Unidas del Tratado sobre el espacio exterior (Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, 1967). (2)
El foco de la sociedad de la época estaba puesto, sin lugar a dudas, en el futuro, el progreso tecnológico y las estrellas, así que el interés literario no podía estar en otra parte. En esta época dorada, la ciencia ficción creció y se popularizó enormemente.
Aparecieron numerosas revistas pulp que publicaban relatos futuristas (Amazing Stories, Argosy, Weird Tales, etc.), se establecieron los tropos del género, y se escribieron abundantes inventos especulativos que predijeron tecnologías que hoy utilizamos, como la videollamada de Metrópolis (1927), la realidad virtual de Pygmalion’s Spectacles (Stanley G. Weinbaum, 1935), los relojes inteligentes de Dick Tracy (Chester Gould, 1946), o los auriculares de Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953).
El editor de Amazing Stories, Hugo Gernsback, ya había acuñado en 1930 el término “Science Faction (ciencia facción)” que, según dice Michel Nieva correspondía a:
Un tipo de relato que reposaba menos en la calidad de la prosa, la originalidad del estilo u otros valores literarios que en la especulación de máquinas y todo tipo de entes y estructuras ficticias bajo el más cuidadoso y fidedigno respeto por los preceptos de las ciencias aplicadas, al punto de que “deja de ser literatura o ficción para devenir un posible hecho futuro”. Ciencia ficción capitalista, Michel Nieva (3)
Tal era la convicción de Gernsback sobre la utilidad de los inventos de estas historias que militó por una ley de patentes menos rígida que permitiera a los escritores registrar sus ideas, aunque no se hubieran desarrollado. No buscaba que el lector de este tipo de ficción fuese un simple lector interesado en la historia sino un empresario que encontrase en la ciencia facción información valiosa para sus negocios tecnológicos. Tanto fue así que, en efecto, Henlein llegó a participar en el desarrollo de sus inventos como el “colchón de agua” o el “brazo robótico”, mientras que Clarke colaboró con la NASA en el desarrollo de satélites llegando a ser asesor intelectual de la puesta en órbita de Syncom 2.
La ciencia ficción dura se había popularizado, pero no fue ni es la única ciencia ficción posible. Los avances tecnológicos transforman nuestro mundo, ¿pero qué sucede con los pueblos que viven estos cambios? ¿O cómo se comunican con otros pueblos cuando llegan a las estrellas? ¿Con qué otras sociedades podemos especular, tanto en otros planetas como en la Tierra?
En la década de 1960, comienza la New Wave (Nueva Ola) de la ciencia ficción con un enfoque muy distinto y deliberado. Los escritores de la ficción más tecnológica habían ignorado hasta el momento los aspectos más humanos de sus sociedades futuras, pero los nuevos autores pusieron el foco en otro lugar de manera consciente: en las ciencias sociales y humanísticas. ¿Acaso la sociología, la antropología, la lingüística o la política no progresaría también en una sociedad futura?
Los escritores de esta nueva etapa también estuvieron influenciados por el contexto histórico de su época, en esta ocasión marcado por movimientos que buscaban el cambio hacia una sociedad más avanzada en lo social con hitos como el rechazo a la guerra de Vietnam (1955-1975), la liberación sexual del Verano del Amor (1967), el ecologismo del movimiento hippie (1960-70), o la segunda ola del feminismo (1960-80).
Así que no es casualidad que, del mismo modo, los escritores que surgieron en esta ola rechazaran el exceso énfasis en la ciencia para centrarse en temas más humanos, más sociales y en historias más complejas para la psicología de sus personajes. Los autores ya no estaban tan interesados en cómo llegar hasta las estrellas sino en pensar otros mundos futuros mejores.
Surgieron en esta era grandes autores de ciencia ficción como Úrsula K Leguin, escritora feminista, anarquista y pacifista, que construyó su obra de ciencia ficción especulando sobre mundos mejores, relaciones entre especies distintas y choques culturales, donde la tecnología futurista influía en la vida de sus personajes pero en un segundo plano. En La mano izquierda de la oscuridad (1969) la autora se centra en explorar el género y la identidad en un planeta andrógino, en Los desposeídos (1974), compara dos sociedades en un mismo sistema estelar, anarquista y capitalista, para explorar la política y la libertad, mientras que en el El nombre del mundo es bosque (1972), reflexiona sobre la ecología y el colonialismo. No es casualidad que sea de las autoras más queridas en el fandom actual porque los temas de sus obras nos hacen todavía reflexionar a día de hoy.
Otros ejemplos de autores de esta ciencia ficción más social y humanística son Stanisław Lem, filósofo y autor de Solaris (1961), una novela sobre un grupo de científicos en una estación espacial que intentan comprender y comunicarse con una inteligencia extraterrestre; Frank Herbert, autor de Dune (1965), la compleja saga política sobre el control de los recursos en un planeta con escasez; Samuel R. Delany, autor de Babel-17 (1966), una obra que ahonda en la lingüística y en cómo el lenguaje influye y determina la visión del mundo de una persona; Alice B. Sheldon, autora que publicó bajo el seudónimo James Tiptree Jr. la novela corta Houston Houston, do you read? (Houston, Houston, ¿me recibe?, 1977), sobre tres astronautas que viajan a un mundo futuro en el que solo quedan mujeres [referencia que aparece en el cómic Y, el último hombre, que fue el primer club de lectura del podcast Droids & Druids]; o Joanna Russ, académica feminista y autora de El hombre hembra (1975), una obra sobre cuatro mujeres que viven en mundos paralelos y al encontrarse se cuestionan los roles de género. Russ, además, escribió el conocido ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres sobre las dificultades e invisibilización de las autoras en la profesión.
La ciencia ficción de esta Nueva Ola seguía especulando y posicionando a sus personajes en mundos futuros con tecnología avanzada, pero la novedosa maquinaria ya no tenía el papel fundamental en la historia.
En los años 80, con mucha de esa tecnología futurista ya en manos de la sociedad, llegó la época del desencanto y del género del ciberpunk a la ciencia ficción. En un contexto histórico de caída del comunismo y auge del neoliberalismo, el Transbordador Espacial (STS) iniciaba su historia en 1981, John Lennon era asesinado en 1980, se desataba el accidente nuclear de Chernobyl (1986), y las macrocorporaciones lanzaban al mercado aquellos inventos futuristas: el primer PC (Personal Computer) de la empresa IBM salió en 1981, el Walkman de Sony en 1980, el primer reloj digital con agenda y calculadora de Casio en 1983, el primer teléfono móvil comercial de Motorola en 1984, y el nacimiento del Internet moderno de 1983.
El futuro había llegado, pero los escritores no sentían que los avances tecnológicos hubiesen traído un mundo mejor, así que llegaba la época de la rebeldía y la contracultura: los autores abandonaban el optimismo y el apoyo al progreso tecnológico para escribir historias sobre personajes en los márgenes que luchan contra el sistema y las macrocorporaciones. Cabe destacar como precursor del género ciberpunk a Philip K. Dick, que ya en 1968 había publicado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, una novela corta sobre los problemas éticos que podían ocasionarse en un mundo tecnológicamente tan avanzado.
En esta ola cyberpunk destacaron autores como William Gibson con su obra Neuromancer (1984), en la que un hacker acepta una misión para ejecutar un robo; Neal Stephenson, con Zodiac (1988), un thriller con un protagonista ecologista en su lucha contra la contaminación de las grandes empresas, o su posterior best seller Snow Crash (1992), sobre virus en los ordenadores en un extremo capitalismo; Patricia Cardigan, con Mindplayers (1987), una novela con una protagonista que ha cometido un delito virtual y se ve forzada a enmendarlo entrando en las conciencias de otros; o Marge Percy con He, She and It (1991) una historia entre una humana y un cyborg creado para protegerla de los matones de las corporaciones.
La ciencia ficción en los años 80 alcanzó gran popularidad en la gran pantalla. Aunque ya se habían hecho algunas películas como 2001: Una odisea en el espacio (1968), o La naranja mecánica (1971), fue durante el final de los 70 y toda la década ochentera cuando se popularizó este género con obras como Encuentros en la tercera fase (1977), La guerra de las Galaxias: Episodio IV (1977), Alien: El octavo pasajero (1979), Star Wars: El imperio contraataca (1980), E.T. (1982), Blade Runner (1982), Tron (1982), Terminator (1984), Regreso al futuro (1985), o Robocop (1987).

La mayoría de historias de esta época ponían el foco en personajes rebeldes que tenían que enfrentarse a los abusos de las corporaciones o facciones que controlaban los recursos y la tecnología tan avanzada que auguraba futuros mejores pero que en la práctica había causado estragos o que había traído auténticas distopías. Las innovaciones ya no prometían tanto como antes, y hasta encontramos las primeras distopías que se popularizaron más adelante con sociedades futuras que habían sufrido un retroceso tecnológico y una vuelta al conservadurismo como en El cuento de la criada, de Margaret Atwood (1985).
En los 90, en la época en que se iniciaba el Proyecto Genoma Humano en 1990, y se clonaba a la oveja Dolly (1997), tomaron el relevo en la ciencia ficción los géneros del postcyberpunk, más enfocados en la biotecnología y la nanotecnología, con autores como Lois M. Bujold y su saga Vorkosigan (comenzó en 1986 y continúa en marcha) donde aparecen los dilemas morales de la ingeniería genética y los vientres artificiales; el steampunk, el género retrofuturista que reimagina un futuro alternativo con avances tecnológicos centrados en las máquinas de vapor, con ejemplos como la novela La máquina diferencial (1990), escrita a cuatro manos por Bruce Sterling y William Gibson (1990); y otros subgéneros de rebeldías en futuros alternativos como el dieselpunk, centrado en la tecnología de entreguerras, el solarpunk, sobre tecnologías solares, atompunk, sobre la era atómica, etc., donde el sufijo punk significa rebelión y contracultura en un sistema violento y con escasa calidad de vida.
En el cine se estrenaron grandes películas como Doce monos (1995), Gattaca (1997), o Matrix (1999), que continúan con este sentimiento de descontento y rebeldía.

También es la época de la ciencia ficción post apocalíptica con historias como La parábola del Sembrador (1993) de Octavia Butler, obra con la que abro el artículo, la sociedad ha colapsado, dividiéndose en ciudades sin ley gobernadas por grupos fundamentalistas religiosos, mientras Lauren, la protagonista, sueña con llevar la humanidad a las estrellas a través de su proyecto Semilla Terrestre.
En el siglo XXI, parece que hemos vuelto a pensar en las estrellas como alternativa a un mundo en decadencia que se hunde sin remedio. En un contexto marcado por la crisis climática, los desastres naturales cada vez más frecuentes y los ataques terroristas en un marco de ultracapitalismo exacerbado, los escritores y guionistas se cuestionan si somos capaces de crear un mundo mejor. En el cine, las películas más exitosas han sido las post apocalípticas Snowpiercer (2013), Mad Max: Fury Road (2015), o las distópicas Children of Men (2006), WALL-E (2008), o Blade Runner 2049 (2017).
Entre los escritores de ciencia ficción, Cixin Liu, vuelve a la clásica ciencia ficción dura y al contacto extraterrestre con su Trilogía de los Tres Cuerpos (2006); la distopía y la violencia de las clases más ricas alcanza su máximo esplendor con Los juegos del hambre, de Susanne Collins (2008); Ann Leckie, devuelve a la humanidad a las estrellas cuando la única superviviente de una nave destruida, en un planeta helado con la compañía de una IA en su saga Imperial Radch (2013); NK Jemisin, con la trilogía La Tierra Fragmentada (2015), nos muestra otra versión de nuestro planeta tras un gran desastre ecológico causado por una civilización ultratecnológica; y Martha Wells, se cuestiona sobre lo que nos hace humanos con sus Diarios de Matabot (2017), donde un androide encargado de proteger a la tripulación de una nave espacial se hackea a sí mismo.

La desconfianza, la crisis y el desastre inminente de la Tierra está en nuestro imaginario colectivo, pero el futuro no tiene por qué ser tan nefasto, como dice Layla Martínez en su ensayo Utopía no es una isla (2020) donde nos insta a repensar la ciencia ficción, a buscar la utopía como propuesta para el cambio:
Necesitamos volver a creer que el futuro depende de nosotros, de lo que hagamos, que no necesariamente tiene que ser peor, ni siquiera en un contexto de crisis ecológica como el que estamos viviendo. El futuro depende de las decisiones que tomemos colectivamente: es una cuestión política. Utopía no es una isla, Layla Martínez.
¿Pero podemos construir un mundo mejor o tenemos que pensarlo desde cero? La ciencia ficción actual nos señala de nuevo el camino hacia las estrellas, para encontrar un lugar donde hacer ese borrón y cuenta nueva.
Actualmente existen diferentes proyectos futuristas pero reales encaminados al espacio como solución para ese nuevo comienzo de la humanidad. Ya están en marcha los proyectos Perseverance, MAVEN, y Curiosity (los tres de la NASA), el Tianwen-1 & Zhurong (China), el proyecto Hope (UAE), el Hypatia II de la Asociación Hypatia Mars, y por supuesto, las iniciativas privadas como SpaceX del billonario Elon Musk.
Según la Agencia Espacial Europea, los humanos vivirán en enormes oasis espaciales en Marte de aquí a 15 años según un artículo del National Geographic:
Especialmente en un contexto de crisis climática y escasez de recursos, lo que se prueba en Marte puede salvarnos aquí. [...] La exploración humana ya no será episódica: será una nueva forma de existencia. Según la ESA, Marte no será una excepción. Será el comienzo. National Geographic (5).
Estos proyectos, sin embargo, pasan por alto el hecho de que el alto coste del desarrollo de los avances necesarios para llevarlos a cabo contribuyen al mismo problema del que nos quieren salvar. En la actualidad, la basura espacial ya ciega nuestros telescopios (6); el turismo espacial y sus cohetes pueden emitir entre cuatro y diez veces más óxidos de nitrógeno que la planta de energía térmica más grande del Reino Unido (7); México se plantea denunciar a Musk, por contaminación de su territorio con Space X (8); cada viaje de Blue Origin, la compañía de Jeff Bezos de turismo espacial deja una huella climática equivalente a la que deja un ciudadano de los países pobres durante toda una vida (9); y Virgin Galactic anticipa que ofrecerá 400 vuelos espaciales cada año a los pocos privilegiados que puedan pagarlos, consciente de que cada uno emite 100 veces más emisiones que las de un pasajero en un vuelo comercial de larga distancia (10).
No parece que llegar a las estrellas vaya a salvar la Tierra, y aún está por ver que signifique el borrón y cuenta nueva que nos prometen. Según el astrofísico Guillem Anglada Escudé y líder de un proyecto español que ha diseñado una ciudad marciana con viviendas excavadas en la roca: "Marte es la primera oportunidad real para establecer una sociedad similar a la de la Tierra con nuestras capacidades actuales" (11). Pero para ello hace falta mucho trabajo en un planeta sin atmósfera que pasa las noches a -50 grados.
Mientras tanto, el dibujante Zach Weinersmith y su esposa Kelly, una bióloga experta en parásitos, publican el libro Una ciudad en Marte, donde se burlan del tecnoutopismo de Musk como explican en el artículo: “¿De verdad queremos cambiar la Tierra por Marte? Es como dejar una habitación desordenada para vivir en un vertedero de residuos tóxicos (12)”.
Al llegar a este punto del artículo me pregunto si ese nuevo comienzo tan esperado no es sino una huída hacia delante de una sociedad que no sabe pensar un mundo mejor. La terraformación (adaptar un nuevo planeta a los deseos y necesidades del que acaba de llegar) no deja de ser otra forma más de colonialismo, esta vez a escala planetaria. ¿Es ético forzar un medio para que se adapte a sus colonos, haya o no vida autóctona?
Soñamos con las estrellas porque nos prometen mundos mejores pero nos olvidamos del mundo que tenemos aquí, el que de verdad nos permite la vida.
Estoy de acuerdo con Layla Martínez en que la ciencia ficción debe contribuir a salir del desencanto para pensar futuros mejores, pero creo es necesario que sean posibilidades cambio y mejora para las vidas que habitan en el planeta Tierra. No sé si en algún momento parte de la humanidad podrá vivir cómodamente en Marte en un futuro mejor, pero lo que sí que tengo claro es que la población que no pueda pagarse ese viaje (es decir, casi toda) se quedará a sufrir las consecuencias, si es que queda alguna zona habitable en este mundo.
Cuando nos planteábamos la edición de la antología Hopepunk, además de reflexionar sobre este nuevo subgénero literario de la ciencia ficción, también nos planteamos lo que NO era. Una de las preguntas que tuvimos que responder a la hora de seleccionar los relatos fue la siguiente:
¿Es hopepunk escapar de todo para crear tu oasis? Ah, esta es la mejor de todas. Pongamos un ejemplo: no me gusta el mundo, es cruel y despiadado, así que decido irme a la montaña y aislarme de la sociedad. Allí me monto una cabaña y un huerto, un pequeño idilio. Al cabo de los días vienen un par de amigos a vivir conmigo, y después otros dos. Un año después hemos construido un precioso pueblo donde todo el mundo es bondadoso, un oasis esperanzador. Pero ¿qué ha pasado con la sociedad cruel y despiadada de la que nos fuimos? Absolutamente nada, porque no nos hemos rebelado contra ella ni hemos ayudado a construir un mundo mejor. El escapismo tampoco es hopepunk. Prólogo Antología Hopepunk, Droids & Druids (13).
Este escapismo del que hablábamos en la antología es precisamente este borrón y cuenta nueva que tan obsesionados nos tiene desde que empezamos a mirar a las estrellas. ¿Pero qué esperanza hay para la humanidad en un viaje de huida espacial en una nave en la que solo caben 2400 personas? (14), ¿qué pasa con las otras 8,299,997,600 que se quedan? ¿Cómo construyen un futuro mejor?
Como decía Octavia Butler en la cita que abre el artículo:
—Las estrellas son gratis. —Se encoge de hombros—. Yo preferiría tener otra vez las luces de la ciudad; cuanto antes, mejor. Pero las estrellas podemos permitírnoslas. La parábola del Sembrador (Octavia Butler, 1993)
Yo también prefiero que la ciencia ficción plantee un futuro mejor para la Tierra, para que los que nos quedamos podamos encender las luces de la ciudad.
*Nota final: Por supuesto, hay miles de autores que no he podido nombrar porque había que resumir, así que si echas en falta alguno no hace falta que nos lances un maleficio. Por otro lado, me he centrado en la historia de la ciencia ficción anglosajona y he dejado de lado (por ahora) la historia de la ciencia ficción española, porque creo que merece una investigación más profunda para otro artículo.
BIBLIOGRAFÍA:
(1) BBC: Writing the future: A timeline of science fiction literature https://www.bbc.co.uk/teach/articles/zjfv6v4
(2) BOE-A-1969-151: Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes. https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1969-151
(3) Neiva, Michel. Ciencia ficción capitalista. Anagrama, 2024.
(4) Martínez, Layla. Utopía no es una isla. Episkaia, 2020.
(5) National Geographic: Los humanos vivirán en enormes 'oasis espaciales' en Marte en solo 15 años, predice la Agencia Espacial Europea //www.nationalgeographic.com.es/ciencia/humanos-viviran-enormes-oasis-espaciales-marte-solo-15-anos-predice-agencia-espacial-europea_25346
(6) El Mundo: La basura espacial ciega los telescopios: "Estamos ante un experimento de geoingeniería descontrolado" https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2025/12/03/69301c3ffdddff957b8b4585.html
(7) BBC: ¿Qué efectos negativos pueden tener los "astronautas" multimillonarios en la atmósfera de nuestro planeta? https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57918768
(8) El País: Elon Musk pide ayuda a México para recuperar las partes del cohete de SpaceX que cayeron en Tamaulipas ://elpais.com/mexico/2025-06-28/elon-musk-pide-ayuda-a-mexico-para-recuperar-las-partes-del-cohete-de-spacex-que-cayeron-en-tamaulipas.html
(9) Muy Interesante: ¿Tiene sentido el viaje espacial? https://muyinteresante.okdiario.com/tecnologia/62921.html
(10) La Vanguardia: Las fatales consecuencias para el clima del turismo espacial de los millonarios //www.lavanguardia.com/natural/contaminacion/20210729/7629566/turismo-espacial-contaminacion-millonarios-clima.html
(11) El Mundo: Martemanía: así avanza el sueño de colonizar el planeta rojo https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57918768
(12) El Mundo: ¿De verdad queremos cambiar la Tierra por Marte? Es como dejar una habitación desordenada para vivir en un vertedero de residuos tóxicos https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/09/15/68c82c57fdddff324d8b45ae.html
(13) VVAA. Antología Hopepunk. Droids & Druids (2023).
(14) Creada una nave espacial que podría llevar a 2.400 'colonos' al sistema estelar Alpha Centauri sin retorno //www.lavanguardia.com/neo/ciencia-neo/20250812/10969219/creada-nave-espacial-llevar-2-400-colonos-sistema-estelar-alpha-centauri-retorno-pmv.html