La emancipación de Cenicienta

La emancipación de Cenicienta

Los cuentos de hadas constituyen uno de los imaginarios más persistentes de la cultura occidental. Su capacidad de adaptación, reescritura y resignificación los convierte en un terreno fértil y paradisíaco para observar el cambio de los valores sociales a lo largo del tiempo. Porque sí, los cuentos de hadas se adaptan, se versionan, se parodian y se reinventan con una facilidad pasmosa, sobreviviendo a cambios históricos, sociales y culturales sin perder del todo su identidad. Entre los muchísimos ejemplos que existen, La Cenicienta ocupa un lugar de honor, porque basta mencionar un zapato perdido y un baile para que el imaginario colectivo se ponga en marcha y salte la liebre.

La versión que hoy en día reconocemos como clásica, canónica en occidente, es la fijada por Charles Perrault en 1697, Cendrillon ou La Petite pantoufle de verre, un cuento que convirtió a su protagonista en el paradigma de la virtud recompensada. Ella es bella, buena y trabajadora, y de ese modo alcanza la felicidad gracias a una combinación de resignación, magia ajena y un matrimonio conveniente.

El cine, claro, no tardó en enamorarse de este material, porque los cuentos de hadas son carnaza para las historias. Este cuento en concreto ha viajado desde las versiones de Georges Méliès (1899 y 1912) hasta la soviética musical Zolushka (1947), versiones adolescentes como Una cenicienta moderna (2004) o la mágica y siempre viva adaptación animada por Walt Disney (1951).

Tres siglos más tarde, Por siempre jamás (Andy Tennant, 1998) decide convertir a esta muchacha paciente en personaje activo, en salvadora, en una tía chulísima, vaya, que no espera sentada a que nadie solucione su vida. La diferencia con muchas de estas adaptaciones es que estas solo narran el cuento, le dan otro aire, pero no deja de ser un cuento. Andy Tennant, en cambio, integra el cuento dentro de nuestro mundo y lo presenta como historial real, origen y causa.

Este artículo parte de una premisa clara: hay muchas formas de versionar un cuento de hadas y, en general, casi todas funcionan. Lo más común es cambiar la ambientación, actualizar época, jugar con el tono..., buscando siempre la originalidad. No obstante, pocas veces se juega con esta originalidad no puesta en el dónde, sino en el cómo. Así, aquí proponemos una lectura de Por siempre jamás como una reescritura consciente y emancipadora del cuento de hadas, una adaptación que no se limita a modernizar decorados, usar CGI, actualizar diálogos o pagar una nómina a Helena Bonham Carter por hacer de Helena Bonham Carter, sino que cuestiona directamente los valores sobre los que se construyó el relato original. Se mantienen los elementos del cuento, claro, pero además de postular valores positivos contemporáneos, se introduce una dimensión metaficcional.

Ah, y sí, antes he criticado de manera muy velada (no tan velada) la adaptación live-action de Disney, de 2015 (¡diecisiete años después!), que retrocedió en fortaleza, autonomía e iniciativa a nuestra protagonista. Una lástima. La película de Andy Tennant mantiene el baile, el zapato, la madrastra y el príncipe, pero el contexto da un vuelco completo y cambia, sobre todo, el lugar que ocupa nuestra protagonista: Danielle de Barbarac. Reina. Slay.

Cenicienta según Perrault: virtud, silencio y (din din din) premio final

El cuento de Perrault se inscribe en una tradición muy concreta: relatos moralizantes destinados a enseñar, de forma sencilla (no digo amable), cómo debe comportarse una joven decente. Valores socialmente deseables, vaya. Aunque la historia de Cenicienta procede de una larga tradición oral —con versiones anteriores como La Gatta Cenerentola de Giambattista Basile—, Perrault lo pule y presenta un mensaje claro y tranquilizador: si eres buena, obediente y sabes aguantar sin protestar, al final todo irá bien. Yuju. Si te abofetean, pon la otra mejilla, que luego serás recompensada con el reino de los cielos.

En este marco, la Cenicienta de Perrault es un personaje eminentemente pasivo. Aunque ocupa el centro del relato, apenas toma decisiones que afecten al desarrollo de la historia. Su ascenso social depende por completo de la intervención del Hada Madrina, una figura sobrenatural que aparece justo a tiempo para resolverlo todo: vestido, carroza, sirvientes y advertencia incluida (¿Fae Ex Machina?). La acción nace de una ayuda externa que legitima por completo el acceso al espacio del baile y, por extensión, al príncipe.

Y hablando del rey de Roma, el príncipe, por su parte, funciona más como recompensa que como personaje. No necesita desarrollo psicológico ni conflicto interno: está ahí para enamorarse, reconocer el zapato y cerrar el final feliz con una boda. ¡Viva! La felicidad de Cenicienta no surge de un proceso de transformación personal, no tiene arco ni viaje, solo ha sabido encajar a la perfección en un ideal de feminidad basado en la belleza, la dulzura y la sumisión. Este modelo narrativo refuerza una visión de la mujer como sujeto paciente, definido más por su capacidad de aguante que por su capacidad de decisión.

Por siempre jamás: reescribir el cuento sabiendo que es un cuento

Por siempre jamás juega desde el principio sabiendo que está reescribiendo un mito y eso supone una ventaja. No se trata de otra versión más, sino que se autoexplica como origen, una metaficción, una especie de what if...? narrativo. La película arranca, así, con los hermanos Grimm discutiendo sobre la veracidad del relato de Cenicienta. Incluso se menciona a Charles Perrault. El narrador no es omnisciente, sino que se trata de la Gran Dama de Francia a la que acuden los hermanos Grimm. Esta los hace llamar para debatir sobre su cuento de Cenicienta, y es en ese momento en el que ella enseña un zapato de cristal y procede a contar la historia de Danielle de Barbarac (una impecable Drew Barrymore), ambientando la historia en la Francia del siglo XVI.

En este contexto aparece Auguste de Barbarac, padre de Danielle, que contrae matrimonio con la baronesa Rodmilla de Ghent, madre de Marguerite y Jacqueline. No obstante, muere al poco de un ataque al corazón. Pasan los años y la baronesa trata a Danielle como una sirvienta. Marguerite la trata del mismo modo. Jacqueline, no obstante, la trata con respeto, aunque no evita que su madre y su hermana la traten con desprecio.

El primer contacto con el príncipe es cuando este «roba» un caballo de su establo para huir de su propia guardia. Ella se da cuenta y, pensando que es un ladrón, le lanza varias manzanas. Cuando se da cuenta de quién es, se arrodilla, oculta su rostro y se disculpa. Él le da varias monedas de oro a cambio de su silencio. Con ese dinero, ella se disfraza de noble para acudir a la corte y salvar a su criado, vendido por la baronesa Rodmilla para pagar sus deudas. Mientras discute con el guardia que lo tiene preso, aparece el príncipe y la ayuda a liberarlo. Pregunta su nombre y ella miente, afirmando que es una condesa llamada Nicole de Lancret, el nombre de su difunta madre.

Tienen varios encuentros tras este. El primero es casual, en el campo, mientras que el segundo es intencionado. Quedan y el príncipe la lleva a una biblioteca, siendo atacados luego por gitanos. No obstante, consiguen salvarse.

El príncipe anuncia, entonces, el baile donde decidirá su próxima esposa. Si no lo hace, su padre, el rey, le obligará a casarse con la princesa de España. Esto a él no le preocupa ya que tiene pensado elegir a nuestra protagonista. No obstante, la baronesa descubre que la joven misteriosa que está viendo el príncipe Enrique es Danielle, por lo que, antes del baile, la encierra en una mazmorra. Leonardo da Vinci, amigo del príncipe y conocido de Danielle, la ayuda y remodela el vestido de su madre y sus zapatos, incorporando un par de alas para adecuarlo a la fiesta de disfraces.

En el baile, la baronesa descubre ante todos que Danielle es una sirvienta, rompiendo sus alas. Ella huye tras el rechazo de Enrique, dolido por la mentira, y deja su zapato. A los días, la baronesa vende a Danielle a un comerciante. Ella, no obstante, se salva amenazándole con una espada y una daga.

—Mi padre fue un excelente espadachín, monsieur, me enseñó muy bien. Ahora entregadme esa llave o le juro por su tumba que os abriré desde el ombligo a la nariz.

Al huir del palacete de este rico comerciante, se encuentra con Enrique, que había acudido a rescatarla. En ese momento él se disculpa, le pone el zapato de su madre y le pide matrimonio.

Finalmente, la baronesa Rodmilla y su hija Marguerite son convocadas en palacio, donde descubren que Enrique y Danielle están ya casados. Son castigadas, mientras que Jacqueline, la otra hermana, es perdonada por sus buenas acciones. La película finaliza, entonces, con la Gran Dama de Francia y los hermanos Grimm de nuevo. Esta les confiesa que Danielle de Barbarac es su tatarabuela.

Así, Por siempre jamás no elimina los elementos clásicos del cuento, sino que los adapta por completo, da nombre y personalidad a cada uno de sus personajes y encumbra a nuestra protagonista, dándole todo el foco narrativo. El resultado es una historia que sigue siendo reconocible como Cenicienta, pero que ya no gira en torno a la paciencia femenina como virtud suprema, sino a la curiosidad, la inteligencia y la valentía. Y el amor, claro.

Danielle de Barbarac: Cenicienta con carácter y puntería

Comparada con la Cenicienta de Perrault, Danielle sigue siendo bondadosa, sí, pero a esa virtud tradicional se le suman rasgos que un cuento clásico no permite desplegar: es culta, impulsiva, irónica y perfectamente capaz de defenderse sola.

Por supuesto, también es trabajadora, ya que ha pasado toda su vida junto a los sirvientes. Su relación con ellos es familiar, a diferencia de con su madrastra. Además, al ganar unas monedas de oro, inmediatamente las usa para salvar al criado que había vendido su madrastra para pagar sus deudas.

Esta inversión del rol tradicional alcanza uno de sus momentos más explícitos cuando Danielle de Barbarac salva al príncipe en una ocasión. En cierta escena, son asaltados por gitanos bandidos. Ella los convence para que la dejen escapar, pero que la dejen llevarse su vestido y un caballo. El gitano, a modo de burla, le promete que la dejará irse «con todo lo que ella pueda acarrear». En ese momento, ella se echa al príncipe Enrique a cuestas y comienza a andar, frente a la mirada de todos los bandidos. Estos se ríen, hasta el mismísimo príncipe al verse salvado de esa manera, y regalan a la pareja un caballo a modo de disculpa, invitándolos a cenar incluso. Danielle, en esa misma escena, defiende a los gitanos frente al príncipe.

Ahora bien, la protagonista no es una heroína invulnerable. Danielle también es humana. Ella nunca conoció a su madre y tampoco creció con su padre por su muerte prematura. Por ello, ella busca en la baronesa Rodmilla de Ghent, su madrastra, una figura materna. Incluso, en cierta ocasión, le llega a preguntar, apenada, si alguna vez la quiso, mostrando su dependencia emocional. Es por esto que la protagonista se muestra tan sumisa frente a ella, a pesar de su carácter valiente y decidido. Existe una relación de dominación con un marcadísimo bagaje emocional detrás.

De ese modo, en lugar de ser definida por su sufrimiento, lo es por su carácter y pasión, sus ideas, sus vulnerabilidades y, sobre todo, sus decisiones.

Perrault plasmó en el cuento su cultura, su época y las exigencias de la sociedad. No obstante, en la adaptación de Tennant, la mujer ya no es solo una cuidadora del hogar analfabeta. A pesar de que la historia se desarrolla en el siglo XVI, la película muestra una Cenicienta más cercana a nuestra época contemporánea: con carácter, luchadora, valiente e inteligente. La perspectiva feminista de la película nos es, de ese modo, totalmente clara, perfectamente construida y narrada desde la acción.

Madrastra y hermanastras: castigos y perdones

En el cuento de Perrault, la madrastra y las hermanastras funcionan como villanas casi intercambiables: son malas porque sí, porque el relato necesita oponentes que destaquen la virtud de la protagonista.

La baronesa Rodmilla de Ghent (excelente actuación de Anjelica Huston), en cambio, es un personaje con historia, frustraciones y contradicciones. Cuando a su marido, Auguste de Barbarac, al cual ama, le da un ataque al corazón, sus últimas palabras, así como su mirada, se dirigen a su hija: Danielle de Barbarac. A pesar de que es ella la que se queda en un sitio que no conoce, debiendo hacerse cargo de la hacienda y de su hija, Auguste no la mira. En la escena podemos notar la sutil envidia que siente. Esta envidia, por supuesto, crecerá.

Y es que ella sigue siendo cruel, clasista y despiadada, incluso injusta con sus hijas, pero la película se detiene a mostrar el origen de esa crueldad: una educación basada en la obsesión por la apariencia y la higiene, el ascenso social y la idea de que el valor de una mujer depende de su belleza y su capacidad de agradar.

—Mi madre fue dura conmigo también. Me enseñó que la limpieza estaba próxima a la santidad. Me obligaba a lavarme la cara al día veinte veces. Y siempre era poco. Yo le estaba muy agradecida. Quería que yo llegase a lo máximo posible. Y aquí estoy: soy baronesa, y Marguerite va a ser reina.

Bastante en sintonía con la época, la verdad. Su violencia no se justifica, pero sí se explica al menos.

Las hermanastras también se separan en dos caminos bien diferenciados. En el cuento de Perrault, la primera descripción que tenemos de las hermanastras es que son iguales que su madre: «Tenía dos hijas que eran idénticas a ella, al haber heredado todo su carácter». Entendemos, por tanto, que también son altivas y orgullosas. Además, se nos muestran también envidiosas y burlonas con Cenicienta.

No obstante, para enfatizar la bondad de Cenicienta, esta las perdona al final del cuento:

Entonces las dos hermanas la reconocieron como la hermosa dama que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían hecho sufrir. Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que les rogaba que, en adelante, fueran buenas amigas.

En la película, como continuación del cuento original, Marguerite encarna la perpetuación del modelo materno: la belleza es un arma y el desprecio hacia quien no encaja está justificado, además de una absoluta falta de autocrítica. Esta ataca constantemente a Danielle a lo largo del metraje. Es capaz incluso de robarle, en un determinado momento, el vestido de su madre y sus zapatos, insultarla y quemar el libro de Utopía, el último regalo que recibió Danielle de su padre antes de morir.

Jacqueline, por el contrario, introduce una vía alternativa. Es tímida, torpe y glotona, también empática y capaz de cuestionar, poco a poco, el entorno en el que ha crecido. El hecho de que sea más voluptuosa que su hermana es ya razón suficiente para no ser la favorita de su madre. No obstante, a lo largo de la película, se muestra cada vez más amistosa con Danielle, llegando a sanarla cuando es azotada, reírse de su propia hermana y ayudarla con su romance con el príncipe Enrique.

La redención de Jacqueline y el castigo de Marguerite y su madre refuerzan esta idea: no todas las hermanastras están condenadas, pero sí lo está un modelo que premia la crueldad y la vanidad. Ser mala tiene consecuencias malas. No seáis mala gente.

El príncipe: la recompensa también debe merecer su final feliz

Si en el cuento de Perrault el príncipe es poco más que un trámite narrativo, en Por siempre jamás se convierte en un personaje que, sorprendentemente, tiene que hacer un trabajo personal. Enrique de Francia empieza la historia como un heredero aburrido, protegido por su posición y bastante ajeno a la realidad social que lo rodea. No es malvado, pero tampoco especialmente consciente. Es culto, sí, reconoce Utopía de Tomás Moro cuando Danielle lo cita, también curioso e inconforme con su papel asignado, pero también deja claro que su privilegio sigue intacto. Es básicamente un niño rico que va a una comuna hippie en Las Bahamas a que le sirvan y le limpien los pies mientras cree que está encontrándose a sí mismo; se ve alternativo, pero no deja de ser un niño rico que no mira por debajo de sus narices.

La relación con Danielle no es un flechazo inmediato, un baile y una noche tonta, sino que se basa en el conflicto. Ella lo contradice, lo obliga a enfrentarse a sus propias contradicciones. Él, que está acostumbradísimo a que lo obedezcan ciegamente, descubre que su privilegio no lo es todo. El príncipe es educado por Cenicienta.

—¿El príncipe ha leído Utopía?
—Lo encuentro sentimental y soporífero. Confieso que los apuros del vulgo rústico me aburren.
—Supongo que no conversáis con muchos campesinos.
—Ciertamente no. Es natural.
—Disculpad, señor, pero no creo que eso sea natural en absoluto. El carácter de un país está definido por su vulgo rústico, como vos lo llamáis. Son vuestro punto de apoyo y esa posición exige respeto.
—¿Debo entender que me consideráis un príncipe arrogante?
—Bueno, devolvisteis la vida a un hombre, pero ni siquiera reparasteis en los otros.

El aprendizaje del príncipe pasa también por reconocer su propia ceguera social. Danielle le muestra que los gitanos están marcados, igual que él, pero con una diferencia fundamental: él tiene la opción de usar su posición para cambiar las cosas. Por supuesto, no todo es fácil ni ideal: cuando Enrique descubre que Danielle es una sirvienta, falla y le sale la vena niño rico. Reniega de ella públicamente, incapaz aún de romper del todo con su educación.

Es ahí cuando Enrique tiene que recapacitar, actuar y pedir perdón. Cuando finalmente se arrodilla ante Danielle y le devuelve el zapato que ella ha perdido huyendo de él, llorando al ser rechazada, el símbolo se invierte por completo: ya no es una prueba para encontrar a la mujer adecuada, sino una súplica. No es el príncipe quien elige, es quien espera ser elegido.

«He venido a suplicar tu perdón. Me arrodillo ante vos no como un príncipe, sino como un hombre enamorado», dice. Y la frase clave llega después: «Me sentiría como un rey, si vos, Danielle de Barbarac, fueseis mi esposa». No al revés. El cuento deja claro que el amor de Danielle no es una recompensa para ella, sino algo que debe merecerse.

Este desplazamiento es fundamental: el amor ya no es un premio concedido desde arriba, sino una relación que exige igualdad y reconocimiento mutuo.

Leonardo da Vinci como hada madrina (¡lo más de lo más!)

La eliminación de la magia es otro de los grandes gestos ideológicos de la película. Al sustituir al Hada Madrina, que no es más que una solución mágica funcional, por Leonardo da Vinci, Por siempre jamás redefine el concepto de ayuda.

Este es sabio, irónico, idealista y profundamente humano. Ayuda, sí, pero no resuelve los problemas de Danielle. Tan solo le ofrece posibilidades, pero el riesgo y la decisión siempre son cosa de ella.

Su papel como mediador es clave también en la historia de Enrique. Es Leonardo quien lo confronta cuando duda, quien le recuerda que si no es capaz de amar a Danielle como es, entonces no la merece. En este sentido, el viejo genio no actúa como hada madrina de la protagonista, sino como conciencia crítica del príncipe.

Incluso la ayuda que presta a Danielle —el vestido remodelado con alas de mariposa, de su madre Nicole de Lancret— conserva el simbolismo del cuento original, pero sin recurrir a lo sobrenatural.

Finalmente, tras la boda de Danielle y Enrique, Leonardo regala a estos un retrato de ella. Se trata del cuadro La scapigliata o Cabeza de muchacha. En la película, no obstante, el cuadro tiene como modelo a la propia Drew Barrymore.

Baile y zapato: mismos símbolos, diferentes significados

Porque no hace falta destruir los símbolos clásicos del cuento de hadas para subvertirlos. Basta con cambiar su función. El baile y el zapato siguen estando ahí, absolutamente reconocibles, casi obligatorios, pero ya no cumplen el mismo papel que en el relato de Perrault.

En el cuento original, el baile es el espacio del milagro, un paréntesis irreal. En Por siempre jamás, el baile es una culminación conflictiva: toda la trama lleva hasta ahí, los personajes ya se conocen, ya han discutido, ya se han desafiado y también se han amado. El baile no inicia el romance, sino que es aquello que pone a prueba la sinceridad de este, pues se ha convertido en espacio de revelación.

El zapato, por su parte, deja de ser una prueba objetiva destinada a localizar a la mujer adecuada. En Perrault, el zapatito de cristal funciona como un filtro casi mágico: solo la elegida puede calzarlo. En la película, en cambio, el príncipe lo utiliza para buscar a Danielle y pedirle perdón, exponiéndose ante ella, ¡inclinándose ante ella!, y colocándoselo por encima de sus calcetines embarrados y feúchos. El amor por encima de la clase social.

Final feliz, que no moraleja

Sí, el final de Por siempre jamás conserva la estructura del cuento de hadas: boda, castigo y recompensa. Sin embargo, no ha sido un premio por ser sumisa, ni siquiera es un premio como tal. Sencillamente ha continuado su vida.

La película no propone una negación del amor romántica. A ver, seguimos en los 90, qué os digo, pero por lo menos sí lo redefine. El amor no sustituye a la identidad ni borra conflictos ni tampoco es panacea contra todos los males. Se trata, así, de una relación de iguales, construida a través de diálogo y experiencias, de aprendizaje.

En este sentido, Por siempre jamás puede leerse como la emancipación definitiva del cuento de hadas clásico. No renuncia a su imaginario —príncipes, castillos, vestidos, bailes—, pero se niega a seguir utilizando a la protagonista femenina como simple soporte de una moraleja. Además, lo hace no solo como otra versión del cuento, una historia ambientada aquí, sino como un origen explícito del cuento, una verdad, un inicio de leyenda.

Esta Cenicienta no rompe el cuento de hadas, solo el lugar en el que se le había obligado a habitar.

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