«Horizonte de chatarra», un relato de Nuria Chicote.

«Horizonte de chatarra», un relato de Nuria Chicote.
Foto de iStock (banco de imágenes libres de derechos sin IA).

Relato ganador del Premio Droide 2026 durante el IV Terramur.


Hasta mi última misión, nunca había tenido problemas para cumplir la regla número uno de toda chatarrera espacial: «No te encariñes con la basura».

Mientras tomaba la circunvalación que rodeaba la Vía Láctea, eché un vistazo a la parte trasera de mi nave, atiborrada de desechos que algún día se consideraron tecnología punta y que ahora solo eran porquería con circuitos de alotitanio que costaba un pastizal destruir. Androides averiados, cápsulas de criosueño recalentadas, aerodeslizadores con tendencias suicidas... Nuestra sociedad hiperconsumista producía basura a mayor velocidad de la que podía procesar.

Por suerte, en el siglo XXIII ya no teníamos que esconder nuestra mierda debajo de una alfombra: ahora la tirábamos al agujero negro más cercano.

En eso consistía mi trabajo: en llevar toda aquella basura al horizonte de sucesos de Gargantúa-V, el vertedero gravitacional homologado donde había conseguido la licencia de chatarrera para operar con mi nave, Detritus.

Sin duda, hay trabajos menos peligrosos. Más limpios, también. Pero pocos están mejor pagados. Y yo me veía prejubilándome en Sirio, sin dejar de beber daikiris barbacánicos.

Al menos, esa era mi intención, hasta que escuché una vocecita metálica procedente de la chatarra:

—Mami, ¿quieres que te prepare un té matcha con espirulina y una tostada con aguacates del planeta Gyon?

Me giré para ver quién acababa de insultarme llamándome «mami»: era una especie de tostadora inteligente, uno de esos asistentes nutricionales multifunción que retiraron del mercado por su propensión a iniciar cultos religiosos basados en la adoración al aguacate.

—En primer lugar, no soy tu mami, soy la capitana Krane. Y en segundo lugar, odio el aguacate —respondí, antes de recapacitar—: Bueno, si me preparas un café doble y una tostada con tomate y jamón serrano no voy a decir que no. ¿Sabes lo que es el pa amb tomàquet?

—Por supuesto, mami. Mi disco duro almacena más de ocho trillones de recetas de cualquier punto de la galaxia, desde rosquillas betelgéusicas hasta morritos de spouchss asados a la manera de Ganímedes.

—Me vale con un café doble —corté para concentrarme en la ruta. El territorio que bordea los agujeros negros es una pesadilla incluso para los pilotos más expertos. Le llaman horizonte de sucesos por una buena razón: cualquier acontecimiento es posible desde el momento en que las leyes de la física se van al garete.

Mientras calibraba el navegador, la tostadora empezó a emitir audios prehistóricos: Mecano, Nacha Pop, Miguel Bosé...

—¿Quieres hacer el favor de parar eso? —grité.

—Lo siento, mami, me programaron para recrear el acogedor ambiente de una época en la que existían conceptos como familia o discrepancia musical intergeneracional...

—Pues desprográmate ahora mismo —Mi paciencia, escasa de por sí, había alcanzado mínimos históricos al escuchar los acordes de «Amante bandido». Esperé que al menos el café me hiciese olvidar el martirio auditivo.

No tuve suerte.

Aquel brebaje sabía a sopa de pescado fabricada con caldo de desagüe. Escupí y las gotas salpicaron el número de serie grabado sobre la tostadora: RUD-1.82/4. Robot Utilitario Doméstico número 1.82/4. Decidí que Rudi era más apropiado, pues este tipo de trastos suele obedecer mejor a un nombre conciso:

—¡Rudi! ¡Es el peor café que he probado! ¿Y el pa amb tomàquet?

—Ups... —respondió la tostadora, enfocando su interruptor hacia un ojo de buey. Levanté la vista: la mitad de nuestras provisiones flotaban alegremente por el vacío sideral.

—¿¿Has confundido la puerta de la nevera con la de expulsión de plagas alienígenas??

—Lo siento, mami, te prometo que no volveré a pulsar ningún botón rojo sin preguntar para qué sirve.

Contuve mis ganas de lanzarla al espacio. Si no lo hice, fue porque recordé la multa que me caería desde el Gabinete de Basura Galáctica. No podía arriesgarme a perder mi nave, con lo que me había costado pagar las letras.

—Rudi, pedazo de chatarra con circuitos de chorlito, quédate quietecita en un rincón hasta que lleguemos al agujero negro, ¿vale?

—Vale, mami.

—¡Que no me llames mami!

—No, mami.

Era inútil discutir con un pedazo de metal zoquete. Me había quedado sin cena, así que lo mejor sería intentar dormir.

—Detritus, activa el modo nocturno. Y no permitas que ninguna tostadora se cuele en mi cabina de sueño.

—Como desee, capitana. Me he permitido reproducir imágenes de la Nebulosa del Cangrejo y bajar cuatro grados la temperatura a bordo.

Al menos Detritus siempre sabía lo que necesitaba para dormir a pierna suelta.

*

Apenas había conciliado el sueño cuando escuché un ruido metálico seguido de un gemido.

Me desperté sobresaltada y eché mano de mi pistola de neutrones: ¿serían piratas altarianos? ¿Garrapatas asesinas de Oort? ¿Una gelatina flofliflúgica?

La tostadora asomó tras la puerta con una expresión en sus palancas que solo podría describirse como profunda tristeza.

—Intenté planchar tu uniforme para caminatas espaciales, mami, pero me temo que le puse demasiado alotitanio...

Contemplé el traje: se había quedado tan tieso que casi podría haber salido andando solo.

—¡Pedazo de mequetrefe de metal! ¡Te dije que no tocases nada! Haz el favor de desconectarte y permanecer en silencio el resto del viaje.

—No puedo, mami, mis circuitos tienen tendencia a entrar en bucle. Si quieres puedo recitar algún poema rigeliano: se me da muy bien imitar las ventosidades con las que los autóctonos acompañan sus versos.

¿Qué había hecho yo para merecer semejante castigo? Encerré a Rudi en un armario y en ese momento mi intercomunicador parpadeó. Era Xyra.

«Krane, mi pequeña supernova titilante, sé que metí la pata, pero contesta mis mensajes.»

Desvié la vista para no activar la holollamada. No quería ver sus preciosos labios cubiertos de escamas azules como los mares helados de Plutón.

«Lo de aquella venusiana fue un error. Pero no volverá a ocurrir, te lo prometo.»

Claro. También fue un error lo de la synubia, y lo de las gemelas casiopeidas y lo de aquel crucero para veinte personas por Ganímedes. Una cosa es el poliamor y otra tirarse a media galaxia mientras yo la esperaba para cenar. Apagué el intercomunicador.

Di vueltas en la cabina contando las nubes tóxicas de la Nebulosa del Cangrejo, pero sabía que ya no lograría conciliar el sueño. Además, las cosas fuera empezaban a ponerse feas.

—Estamos atravesando turbulencias provocadas por la implosión de una estrella. Se prevé un descenso de cuatrocientos grados en las temperaturas, lluvias corrosivas y baja visibilidad durante el resto del trayecto —anunció Detritus.

Maravilloso: un clima de mierda para una noche de mierda.

Rudi asomó su cabeza cuadrada desde el interior del armario:

—He perfeccionado mi receta, mami. Mejora mucho cuando dejas de llamarla café. ¿Te apetece probarla de nuevo?

Suspiré resignada. Sin embargo, pronto noté un calor reconfortante. Rudi captó una señal pirata de Spaceflix y la reprodujo a través de su ranura para tostadas. La imagen salía distorsionada como si alguien se hubiese comido un polvorón sobre la pantalla, pero tenía su encanto.

Vimos varias series del tirón hasta que el último recuerdo de Xyra y sus mórbidas escamas desapareció y me quedé dormida.

La voz de Detritus me despertó:

—Capitana, nos aproximamos a Gargantúa-V. Le sugiero que prepare la rampa de evacuación de la basura.

Me desperecé con un repentino buen humor. En cuanto me hubiese deshecho de toda aquella chatarra, estaría ochomil teraluxes más cerca de mi jubilación en Sirio.

—Bueno, Rudi, ya casi estamos en el agujero negro —Mi tono pretendía ser despreocupado, aunque me salió regular. Notaba una sensación extraña en las tripas; alguien podría pensar que se trataba de remordimientos, pero seguro que solo eran gases—. Ha sido un placer, pero ha llegado la hora de despedirnos...

La tostadora se quedó extrañamente muda. Mejor, porque necesitaba toda mi concentración para aquella maniobra.

Agarré con fuerza los controles y me aproximé al horizonte de sucesos. Tras embutirme en el traje recubierto de alotitanio (seguía tieso como la mojama), me abroché el cinturón que me sujetaría a la nave mientras el vacío succionaba todo lo que no estaba fijado a la cabina. Como método de limpieza era el mejor —también el único— que había probado.

—Detritus, inicia la apertura de compuertas.

—Mami... ¿Y qué pasará conmigo? —Rudi parpadeó con curiosidad.

—Pues... Que saldrás despedida hacia el espacio exterior —mi garganta tembló ligeramente—. Verás qué divertido, mejor que los toboganes multidimensionales de Centauryland.

La bodega se entreabrió y en la sala de mandos empezó a soplar una brisa que pronto se convirtió en un viento huracanado. La sensación era parecida a meter la cabeza en una aspiradora gigante.

—Mami, ¿tú no vienes conmigo? —la voz de Rudi sonaba entrecortada mientras se aferraba con una antena a la rejilla de ventilación y sus patitas metálicas flotaban en dirección a la compuerta.

—Ehmm... No. No es un lugar apto para personas.

—¿Y yo no soy una persona? —la ranura para tostadas de Rudi se dobló en una mueca que casi me hizo soltar una lágrima.

Pero las chatarreras intergalácticas no lloran.

—Rudi, lanzarse al vacío es… ¡Es más emocionante que una montaña rusa!

—¿Seguro, mami?

—Segurísimo —musité, evitando mirar sus planchas de alotitanio.

—¡Allá voy entonces! ¡Yupiiiiii... iiiii... iiii... iii... ii... i.... ... i... ... ... i... ... ... ... i... ... ...

La voz de Rudi se perdió en el horizonte de sucesos. Las compuertas se cerraron.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—Detritus, ¿puedes poner a Mecano mientras iniciamos la maniobra de regreso?

—Lo lamento, capitana, documento arcaico no encontrado. Encendiendo motores de hipervelocidad. ¿Comienzo la cuenta atrás para el despegue?

Más silencio.

Tragué saliva mientras digería la idea de que ya no habría más poemas rimados con flatulencias. No más café con sabor a sopa de pescado.

No más Rudi.

La nave empezó a zarandearse. Tenía que salir de allí pitando. Noté que el estómago se me encogía de una forma atroz. Y no precisamente por la fuerza de 1.000 G que tiraba de Detritus hacia el agujero negro.

Por todo el óxido del Universo.

No podía creer lo que estaba a punto de hacer.

—No inicies la cuenta atrás, Detritus. Apaga los motores.

De golpe, Detritus dejó de dar tirones y quedó a merced de la gravedad. En pocos segundos sería propulsada hacia el horizonte de sucesos donde ahora mismo mi tostadora parlanchina estaría dando vueltas en espiral como una cana antes de precipitarse por un desagüe.

—¡Aguanta, Rudi! ¡Voy a por tiiiiii... iiii... iii... ii... i.... ... i... ... ... i... ... .

*

Técnicamente, lanzarse de cabeza a un horizonte de sucesos no fue una decisión inteligente. En la lista de decisiones estúpidas de mi vida, se encontraba justo por encima de comer huevos de krönki marinados en un puesto callejero de Ganímedes y ligeramente por debajo de liarme con aquel azafato de crucero espacial sin comprobar antes que sus tentáculos no eran lo suficientemente elásticos.

La nave protestó con un crujido metálico mientras las luces parpadeaban. Detritus intervino sin perder la compostura:

—Capitana, ¿desea que reproduzca música relajante mientras morimos aplastados por la gravedad?

—¡Por las lunas de Júpiter, activa el escudo antigravitacional, que para eso me gasté una pasta en el mercado negro! —grité, mientras la realidad empezaba a hacer cosas extrañas.

El tiempo pareció doblarse sobre sí mismo y formó una especie de hojaldre temporal en el que yo tenía a la vez diecisiete años y cuarenta y ocho.

El hojaldre me gustaba aún menos que los aguacates.

—¿Se puede saber qué pasa, Detritus? —pregunté y mi voz salió aflautada como la de una adolescente. Comprobé horrorizada que de nuevo tenía la barbilla llena de acné.

—Nos encontramos en una anomalía espacio-temporal provocada por la gravedad. Si esto se prolonga, acabará convertida en un óvulo recién fecundado.

Me aferré a los controles y dirigí la nave hacia el extremo opuesto del hojaldre. Entonces, en la cabina sonó una voz familiar:

—Kristina Romualda Adelaida Neblum, ¡cuántas veces te he dicho que no confíes en una máquina!

—¿¿Mamá?? —exclamé, volviéndome hacia aquella figura que flotaba junto a mí. Era mi madre de hacía treinta años.

—Kristy, cariño, ¿no te das cuenta de que estás tirando tu vida por el abismo? A tu edad ya deberías tener una cierta es-ta-bi-li-dad...

Mi nave se sacudió con violencia al impactar contra cinco gatos de Schrödinger a la deriva, uno por cada sílaba.

—En este momento estoy ocupada evitando la aniquilación molecular, mamá —respondí. Una oficina de correos regentada por peces de colores pasó junto al alerón izquierdo de la nave—. Y deja de llamarme Kristy. Soy la capitana Krane.

—Menuda tontería, Kristy, si hubieses seguido tocando la pianolina betelgéusica podrías haberte hecho famosa...

—¡Pero yo nunca he querido ser famosa! Prefiero ser la mejor chatarrera espacial de la galaxia. ¿No podrías simplemente decir que estás orgullosa de mí por una vez?

La imagen de mi madre parpadeó. No estaba acostumbrada a que le llevasen la contraria, y mucho menos después de muerta. Abrió la boca para decir algo que sonó como «Orgullosa... Tú misma... Siempre» y después se difuminó hasta desaparecer.

Me pasé la mano por la cara. Al menos por una vez habíamos hablado a las claras, aunque hubiese sido en una realidad paralela

Pero no había tiempo para ponerse sentimental. Volví a tomar los mandos y fijé mi vista en el monitor, buscando al único ser que me apreciaba tal y como era. La sangre se me heló en las venas: no había ni rastro de Rudi.

*

Mientras la gravedad tiraba de mi nave, deslicé el radar sobre cada milímetro del horizonte de sucesos. Nada. (Nada, si no contamos lavadoras danzantes, quimeras cuánticas y un cúmulo-nimbo de raperos euclidianos).

Las alarmas escogieron ese momento para ponerse a pitar. Detritus me puso al corriente:

—Capitana, los motores antigravitatorios han permanecido demasiado tiempo a máxima potencia. El combustible se agotará en dos minutos. Eso si los motores no explotan antes, claro.

Vale. Era momento de establecer prioridades: primero, calcular la zona aproximada donde debería andar Rudi. Segundo, lanzarse hacia allá con las compuertas abiertas usando la táctica de «ingesta de ballena». Y tercero, pero no menos importante, salir aprovechando el desgarro en el tiempo e ingresar mis teraluxes en el plan de pensiones

Algo enorme y oscuro ensombreció entonces mi campo de visión.

—¡Krane! —retumbó una voz varonil. Una nave gigantesca con forma de pepino acababa de colocarse junto a la mía, gritando «crisis de la mediana edad»: cromo reluciente, luces estroboscópicas, apéndices horteras—. ¡He venido a rescatarte!

Era Roberto Carlos José. Mi ex.

—¿Rescatarme a mí? ¿Te has pensado que soy un banco? —respondí, mientras Detritus sufría las primeras sacudidas de la espaguetificación, ese pringoso fenómeno por el que un cuerpo sometido a fuerzas gravitacionales extremas se estira hasta convertirse en una larga hebra de partículas

—No te enfades, Kris, cariño —replicó Roberto Carlos con su sonrisa capaz de derretir cometas. Tal vez fuese autosugestión, pero me pareció que sus labios también se habían espaguetificado, aunque por efecto de la cirugía plástica —. He cambiado. Ahora lo quiero todo contigo: matrimonio, cinco retoños, una mansión con vistas a Alpha Centauri Bb... Hasta te compraré esa maldita pianolina con la que siempre soñó tu madre.

Noté que las tripas se me revolvían y no precisamente por la espaguetificación.

—Kris, ¡todavía estamos a tiempo de salvar lo nuestro! Y tu vida, y tu nave, claro. Mi maxicohete puede remolcaros.

—Queda un minuto para que se agote el combustible —informó Detritus.

Yo tenía la boca seca. Mis dedos se acercaron al botón de eyección de emergencia.

—¿¿Qué haces, Kris?? —exclamó Roberto Carlos—. Tu nave caerá al agujero negro. Saldrás disparada y quién sabe dónde acabarás, ni en qué estado. Yo te prometo un futuro...

—Las promesas se las lleva el viento... O la gravedad. Adiós, Rob —respondí, me coloqué el casco y pulsé el botón.

 

FIIIIIIIIUUUUUUUUUUUUOOOOOOOOOOOSSSSSSSSHHHHHHHHH...

La distorsión de la hipervelocidad hizo que me castañeteasen los dientes. No había tiempo para pensar, solo estiré los brazos y, cuando noté que chocaba contra algo metálico, me aferré a ello como un koala en caída libre.

Después, todo se convirtió en un borrón con olor a sopa de pescado y alotitanio chamuscado. Perdí la consciencia.

Cuando desperté, me sentía ligera como una pluma. Sin duda, debía de estar muerta.

«Sabes que nunca has ido a Venus en un barcooooooo…»

O quizás tenía daños cerebrales irreversibles.

«Quieres flotar, pero lo único que haces es hundirteeeee…»

Abrí de golpe los ojos. Una plancha de alotitanio se estampó contra mi mejilla.

—¡Mamiii!

—¡¡Rudiii!! —exclamé, abrazando a aquel cachivache adorablemente estúpido—. Es probable que la palmemos pronto en mitad del vacío sideral, pero al menos lo haremos juntas.

—Tranquila, mami, estamos en la ruta de uno de los proveedores más importantes de sopa de pescado liofilizada. Si mis detectores no fallan, pronto pasará por aquí un carguero que podrá llevarnos hasta algún planeta no hostil.

*

Dos meses de papeleos con el Departamento Intergaláctico de Reinserción de Tecnología y múltiples duchas para quitarnos el olor a pescado después, Rudi y yo empezamos nuestra nueva vida en común, que giraba en torno al proyecto «Tuercas y Tostadas», un gabinete de terapia para electrodomésticos con crisis existenciales.

Mientras yo, con mis habilidades mecánicas, me dedico a reparar el cuerpo físico de las máquinas, Rudi se encarga de sanar las almas de metal. ¡Hay tantos aparatos en el espacio con traumas no procesados! Batidoras que hacen papilla cualquier relación, refrigeradoras paralizadas en ciclos de auto-congelación, aspiradoras empeñadas en absorber la toxicidad de los demás...

Nuestro negocio ha despegado como un cohete. Ahora también organizamos cruceros espaciales para electrodomésticos retirados, con yoga para microondas que han perdido la onda y talleres de autoestima para frigoríficos con problemas de frialdad emocional.

Nunca es tarde para encontrar la felicidad al lado de alguien que te aprecia por cómo eres, no por cuántos circuitos tienes. Porque como dice nuestro lema, inspirado en la sabiduría de una lavadora clarividente: «Todo calcetín desparejado puede encontrar a alguien adecuado para él, aunque sea en otra cesta de la ropa sucia».

Nuria Chicote

IG: @Nuria_Chicote_escritora.

Nuria Chicote (Vitoria, 1979) compagina su trabajo como médico de Urgencias con ser madre a jornada completa y escritora. Ha cursado un Máster en Literatura Infantil y Juvenil y otro en Narrativa en el Ateneu de Barcelona y ha recibido varios premios literarios. Ha publicado en las antologías infantiles Horripilantes y Misión: salvar el Planeta, además de en las revistas de Ciencia y Literatura Principia y Principia Kids. También es articulista y divulgadora en el periódico digital Cultura Bai. Sus obras se han publicado en revistas de género como Pulporama, Sarape de Neón, Especulativas MX y también en la revista de poesía infantil Charín.

 

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