Adaptaciones literarias: un buen momento para el cine

Adaptaciones literarias: un buen momento para el cine
Fotogramas de Cumbres borrascosas, ¡La novia! y Proyecto Salvación.

“Estamos en un buen momento para el cine” es una declaración que me entusiasma y que no esperaba decir tras unos años completamente catastróficos. No es necesario que ahonde en las dificultades que el séptimo arte ha encontrado desde la masificación del streaming ni que enumere cuántas salas de cine han cerrado en los últimos cinco años, así como tampoco me voy a poner nostálgica hablando de tiempos mejores. Por muchos motivos que todos conocemos, el cine llevaba tiempo sin conseguir atraer al público que necesita para sobrevivir. Hasta 2026, el año en que las adaptaciones literarias han invadido la pantalla y las salas vuelven a estar llenas (y las críticas muy vivas). 

Me gustaría poder ignorar el fatigoso debate de película vs. libro, porque resulta agotador tener que repetir que el cine y la literatura son lenguajes diferentes, que cada formato responde a unos códigos distintos y que son obras creadas por autores distintos. 

En el libro, el escritor es el creador de la historia, pero en una adaptación de cine, el autor es el director de la película. Este segundo autor, debería tener completa libertad para partir de una historia original y crear otra distinta, que narre una historia similar pero propia. Eso (siempre) quiere decir que una adaptación es una obra de arte distinta, con voz y mensaje propios. Y así debe ser, porque sino lo fuera, ¿para qué hacer otra pieza artística si ya existe la primera? 

“No queda originalidad”, “pues que se invente su historia propia”, “pues que no le ponga ese título”, “solo le llaman así por vender”. Ante estas críticas tan vacías de significado solo puedo repetir la misma respuesta: si lo vas a comparar con el libro, no veas la película. Es así de sencillo. 

¿Y por qué hacer entonces adaptaciones literarias en el cine? Ahí está precisamente el quid de la cuestión. Resulta que la única declaración con la que voy a estar de acuerdo es con la de la originalidad, pero no por los motivos esperados. La definición de dicha palabra según la RAE es “perteneciente al origen”, y sus sinónimos son primitivo, primigenio, inicial, primario, y primero. Pues bien, en cualquier proceso artístico del año 2026, en leno siglo XXI de la civilización occidental, no, no queda originalidad. Y menos mal.

La creación artística es un proceso cultural complejo que no inventa ni crea de cero, sino que implica construir sobre lo que existe, aportar un grano de arena al pensamiento comunitario, partir del imaginario colectivo y reflexionar sobre lo que nos constituye como grupo para cuestionarlo y proyectar alternativas. El arte evoluciona con la sociedad y los artistas no pueden vivir separados de la cultura que les rodea (técnicamente podrían hacerlo, pero su obra sería aburrida en exceso). Y por ello no queda originalidad, en el sentido en que no queda arte primitivo que parta de la nada, sino que se coloca otra pieza sobre nuestra historia, creando una obra mucho más rica. 

Cuánto más se elabora una obra artística, cuando más se trabaja, piensa y reflexiona, más dimensiones y riqueza adquiere. Por ello son tan interesantes las reinterpretaciones, las adaptaciones y los retellings, (que por cierto, llevan haciéndose de forma ininterrumpida desde la Grecia clásica aunque muchos lo ignoren): porque nos permiten dialogar con nuestro pasado, enfrentarnos con nuestra forma de entender el mundo como sociedad, y proponer nuevos caminos para problemas antiguos. 

Cada guión de cine se enfrenta a nuestro imaginario colectivo pero las adaptaciones adquieren una dimensión más: la conversación con la pieza original de la que parten. Dialogan no solo con la historia artística, sino también con el autor original, con las infinitas interpretaciones de sus lectores, con los diversos análisis posteriores, y finalmente, con el imaginario colectivo que se ha construido sobre esa pieza. El director de la película es capaz de enfrentarse al original y decir: “sí, pero…”, y así es como aporta un nuevo grano de arena a la construcción del arte y la evolución del pensamiento, dando lugar a películas mucho más complejas y maravillosas (que atraen a más público).

Fotograma de ¡La novia!

En los últimos meses se han estrenado en el cine muy buenas adaptaciones literarias, que han llenado por fin las salas y lo han hecho con grandes historias de género fantástico.  La primera es la película con exclamaciones en el título ¡La novia! de Maggie Gyllenhaal. 

Esta pieza se centra en un personaje que ni siquiera sale de la novela original Frankenstein de Mary Shelley, sino de otra película que a su vez adaptó el clásico en 1935 llamada La novia de Frankenstein. En esta versión antigua, aparecía por primera vez el personaje de la novia durante muy pocos minutos, cuando era reanimada para acompañar al protagonista en su soledad y no decía ni una línea de diálogo.

Con esta idea en mente, la directora de la nueva versión quiso enfrentarse a la pregunta: ¿qué diría la novia si le preguntaran? Finalmente nuestra sociedad empieza a reflexionar sobre el consentimiento, así que no es casualidad verlo reflejado a través de una sencilla pregunta a la futura pareja del monstruo: ¿quieres ser la novia de Frankenstein? La protagonista se embarca así en un viaje de autodescubrimiento en el que tiene que entender su vida pasada y futura, para decidir algo tan serio como la propia identidad. 

Además, es una película llena de referencias culturales con homenajes no solo al libro clásico sino también a otros iconos de nuestro imaginario como la pareja de criminales Bonnie and Clyde, o a la frase simbólica de resistencia pasiva de “prefería no hacerlo” (del cuento “Bartleby el escribiente” de Herman Melville). 

Pero lo más interesante es la reanimación de la propia autora original Mary Shelley, que aparece en la cinta en varias ocasiones tomando el control de sus propios personajes para forzarles a decir lo que ella quiere decir. Con un lenguaje muy meta y una edición que acompaña (ese primer plano en blanco y negro de la escritora), nos hace enfrentarnos cara a cara con la misma creadora del monstruo. Y no es casualidad que, como la protagonista, ella también nos responda gritando entre signos de admiración y riendo a carcajada limpia

¡La novia! es una película muy cuidada, compleja, exigente, que trata al espectador como una persona inteligente y capaz de reflexionar por sí misma (algo poco común en 2026), y con muchísimas más dimensiones de las que los críticos han sabido ver, que la han tratado de “peñazo”, “woke”, “demasiado feminista”, “poco feminista” y “fanfiction”. 

Tendría que aclarar en este punto un dato importante: “fanfiction” parece ser el término por el que se refieren a las reinterpretaciones hechas por mujeres, mientras que “masterpiece” suele estar reservado para las adaptaciones hechas por hombres (como es el caso de la tediosa Frankenstein de Guillermo del Toro de 2025), pero no querría yo meterme en otro debate en este artículo, así que me limitaré a mencionar la siguiente gran adaptación de 2026: “Cumbres borrascosas”,  de Emerald Fennell basada en la homónima novela de Emily Brontë. 

Fotograma de Cumbres borrascosas.

Es interesante que (además de compartir la acusación de “fanfic”) la propia directora ya quisiera anticiparse a dicha crítica colocando las comillas en el título y asegurando en cada entrevista que se trata de su propia versión de la historia (no como el resto de adaptaciones, supongo).

Afirmo, a riesgo de aguantar a los críticos que cobran por destrozarla, que es una gran película. Con una gran potencia visual y una ejecución técnica impecable, nos enfrentamos a una cinta que busca jugar con la mente del espectador de la misma forma que lo hacía el libro: a través del narrador no fiable. No podemos dejarnos llevar ni confiar en lo que se nos muestra, sino que tenemos que ir recabando las piezas escondidas en la utilería, el vestuario y las engañosas secuencias

Un papel de pared que simula la misma piel de Catherine, una chimenea hecha de manos que aprietan su cuello como si quisieran devorarla, un vestido hecho de plástico como el envoltorio de un regalo al marido, o una casa que oscila entre un palacio y una prisión donde los personajes se encuentran en lugares en los que no deberían poder acceder y actúan como nunca lo hubieran hecho. Si la tomamos al pie de la letra, la película resulta inverosímil y excesivamente dramática, pero para entenderla tenemos que mantenernos despiertos y pensar en el contexto histórico-literario del original con el que dialoga

Esta adaptación reencarna el espíritu del romanticismo puro, pero no del romance que su equipo de márketing nos ha querido vender con poco tino, sino de la corriente literaria del siglo XIX, es decir, de la novela original. 

Cumbres borrascosas es una historia con un fuerte componente crítico de las convenciones sociales de la época, que se centra en la exaltación de las emociones en un momento en el que la opresión y el puritanismo tenían gran peso,  y que se deja llevar por la hasta entonces inalcanzable libertad de expresión y de imaginación. La historia habla de personajes mezquinos que, llevados por el egoísmo, son empujados al desastre hasta que no distinguen la realidad de las pasiones. Y en ese sentido, es una gran adaptación literaria (además de ser las pocas películas que ha conseguido hacerme llorar en el cine). 

Si hay algo que tengo que achacarle a la directora americana es que haya considerado que el actor Jacob Elordi era suficientemente diverso para hacer de Heathcliff (por su origen español), pero el tema identitario en EEUU es tan complejo que daría para otro artículo completo.

Otra película excesivamente trágica estrenada recientemente es Hamnet, la adaptación de  Chloé Zhao de la novela homónima de Maggie O'Farrell. De esta película ya hablé en el artículo sobre Teatro fantástico así que no me detendré más que para decir que es otro buen ejemplo para descubrir las virtudes de las diferencias entre libro y película (el final teatral alternativo de la película es una obra de arte en sí misma).

Y por último, la adaptación más reciente que ha conquistado el corazón de todos los espectadores (Amaze Amaze 👎👎) con la bonita amistad entre Rocky y Grace es Proyecto Salvación, versión del libro Project Hail Mary de Andy Weir. 

Fotograma de Proyecto Salvación.

De una novela clásica del género de la ciencia ficción dura, los directores Phil Lord y Christopher Miller han conseguido convertirla en una película amena, divertida y para toda la familia que es un gran ejemplo de lo que significa adaptar al cine

En lugar del ritmo original pausado y reflexivo sobre el fin del mundo cargado de detalles científico-técnicos que tenían más cabida en la literatura, la versión para la pantalla es prácticamente una comedia en el espacio sobre la amistad en la que Ryan Gosling aparece bailando la macarena para animar a un ser de piedra altamente adorable. 

Y el nuevo tono le queda especialmente bien, porque apela a otra audiencia completamente distinta que la está alabando casi con unanimidad. Solo he oído alguna queja de los fans del libro en relación a la falta de explicaciones científicas, pero aún no he visto a nadie mencionar el término “fanfic”. (¡Ah, no, que esa palabra era para las adaptaciones hechas por directoras!).

Estas cuatro películas no son las únicas adaptaciones literarias que veremos este año (además del exitoso estreno en enero de La asistenta), porque también están anunciadas: La Odisea, de Christopher Nolan; Verity, basado en la novela de Collen Hoover; Rebelión en la granja, una nueva versión de animación para Netflix, Amanecer en la cosecha, de la última novela de Los juegos del hambre; Las Crónicas de Narnia: El sobrino del mago, dirigida por Greta Gerwig; y por supuesto, la última y esperada entrega de Dune.

Este año 2026 está siendo catastrófico en otros ámbitos, pero al menos está siendo bueno para el cine: las adaptaciones literarias han invadido la pantalla y las salas vuelven a estar llenas como no lo habían estado desde hacía años. ¿Será casualidad?

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